¿Cuál es el papel del hombre por antonomasia, de aquel que sigue a quien «reveló el hombre al propio hombre»? Junto al debate del estado de la nación deberíamos hacer, en pequeño, un debate del estado de mi humanidad.


 
Las portadas de los periódicos siguen centradas en España; pero ha cambiado radicalmente la perspectiva con la que retrata este tema. Hace 2 ó 3 días ondeaba la bandera de España, junto a futbolistas, camisetas de la selección, banderines y cara de satisfacción y felicidad. Hoy las banderas han cedido su lugar  al estrado del Congreso de los diputados, los futbolistas han sido sustituidos por Zapatero y Rajoy, y las caras sonrientes se han transformado en rostros aburridos escuchando discursos, datos, palabras, palabras y más palabras.

 
Se continúa discutiendo la oportunidad en la fecha de este debate. Unos lo ven como oportuno para el gobierno, sacando rédito a la euforia deportiva que sigue rondando por nuestras ciudades. Otros, tratando de quitar leña al fuego, acuden a explicaciones de agenda, de necesidad de cuadrar fechas. ¿Cómo íbamos a conocer tan de antemano la victoria de la selección española? Muchos comentaristas deportivos a nivel mundial ya lo vaticinaban, así que tan descabellada no parece la idea.

 
Dejando este juicio para los analistas políticos, lo cierto es que julio tiene muchas papeletas para convertirse en «mes de examen». Y eso debe ser este debate, un examen de final de curso, en el que evaluar los macro – problemas de España (su presidencia y presencia europea, su crisis económica, social y laboral…), y sobre todo sus micro – problemas, su micro situación, esa que preocupa a los ciudadanos de a pie.

 
Después de una mirada rápida, parece triunfar la corrupción política y económica. Políticos de las principales ideologías aparecen implicados en tramas urbanísticas y económicas, tráfico de influencias, aprovechamiento personal y desmedido de su función pública. La calidad de la clase política, calidad cultural y personal, brilla por su ausencia. Muchos políticos, a nivel estatal, regional o municipal, son «políticos de carrera… trepadora»: han ido corriendo y trepando en esa empresa llamada partido, olvidando la vocación del político al servicio del bien común.

 
En este entorno, ¿cuál es el papel del hombre por antonomasia, de aquel que sigue a quien «reveló el hombre al propio hombre»? Junto al debate del estado de la nación deberíamos hacer, en pequeño, un debate del estado de la razón – voluntad – corazón, o sea, un debate del estado de mi humanidad. Acaba el curso, y muchos padres lo notan en sus malabarismos por cuidar de sus hijos, ya sin colegio. Es momento de pensar ¿cómo he acabado mi curso? ¿Qué he logrado, más allá de conservar mi trabajo (heroico en la situación actual), haber acumulado abundantes horas de fútbol y de televisión y haber pasado un curso más?

 
Uno de los grandes escritores espirituales del medioevo, Tomás de Kempis, afirmaba que si cada año quitáramos un vicio de nuestro corazón, presto llegaríamos a final de curso, el término de un período, es un buen momento para analizar si he quitado algún vicio de mi corazón, y sobre todo si he conquistado alguna virtud. Vemos con gran claridad ciertos vicios públicos de nuestros políticos; y no está de más denunciarlos y protestar por ello. «Con gente de este tipo, así va España, y no hay nada que hacer». A corto plazo, y a esos niveles, tal vez tengamos razón. Pero podemos cambiar algo a un nivel más cercano, en nuestra pequeña micro-nación, compuesta por nuestros amigos, nuestra familia, yo mismo. Ahí podemos, y debemos, iniciar el cambio, empezar a borrar una esquina de nuestros vicios. El cambio de una macro – nación, y aunque sólo seamos 46 millones, somos una macro – nación, empeza en el cambio de los micro – grupos que componemos esta nación.

 
El cambio es posible; depende de mí.