El padre Rosario Esposito (1921-2007), religioso paulino que al final de su vida decidió hacer pública su pertenencia a la masonería, calcula que la Iglesia ha lanzado 586 condenas contra la orden de los francmasones. Muchísimas. La razón de tan reiterado interés por parte de los Papas es principalmente la incansable acción de lobby de los hermanos, que no cejan jamás, al día siguiente de cada nueva condena, de proclamarse para nada hostiles a la Iglesia católica: a cada ocasión, los Papas no demostrarían no haber comprendido que el nuevo tipo de masonería habría abandonado toda forma de animadversión contra la Iglesia.

La primera condena antimasónica fue lanzada por Clemente XII en 1732, solo pocos años después de la fundación de la Gran Logia de Londres en 1717. Habida cuenta de los reiterados juramentos que obligan a los hermanos masones al secreto sobre todo lo concerniente a la vida de la logia, y habida cuenta también de que la violación de dicho pacto implica la pena de muerte, la rapidez de la condena es prodigiosa. En la carta apostólica In Eminenti, el Papa Lorenzo Corsini especifica que su pronunciamiento se refiere a todas las asociaciones de tipo masónico, independientemente de cómo se denominen. Precisión de no poca importancia.

El último pronunciamiento sobre la masonería lo emitió el 26 de noviembre de 1983 el cardenal Joseph Ratzinger, entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, escribiendo con la explícita aprobación del Santo Padre Juan Pablo II. La condena secular se reitera en términos clarísimos. La causa de este nuevo pronunciamiento es –una vez más– que el Código de Derecho Canónico de 1983 no condenó explícitamente la masonería: al no mantenerse la excomunión, las logias deducen (mejor dicho: afirman y proclaman que deducen) que la hostilidad eclesiástica hacia ellos se ha terminado.

En un artículo de 2016 titulado "Queridos hermanos masones", el cardenal Gianfranco Ravasi reseñaba “un interesante volumen” que, además de la declaración de Ratzinger, incluye “dos documentos de sendos episcopados locales, la conferencia episcopal alemana (1980) y la de Filipinas (2003)”. Analizando estos textos, Ravasi llega a la conclusión de que, como escriben los obispos alemanes, “hay que ir más allá ‘de la hostilidad, de los agravios, de los prejuicios’ recíprocos, porque ‘respecto a los siglos anteriores han mejorado el tono, el nivel y el modo de expresarse las diferencias’, las cuales, sin embargo, siguen existiendo de forma clara”.

¿Qué dicen los obispos alemanes? Recorramos los puntos principales de su texto en el orden en el que se mencionan.

¿Es posible plantear una nueva relación entre la Iglesia católica y la masonería?, se plantean los prelados. “La opinión según la cual la masonería se habría transformado hasta el punto de que la posición anterior de la Iglesia quedaría superada” se ha difundido por medio de “una amplia actividad dirigida a la opinión pública en forma de congresos, puertas abiertas de las logias, publicación de libros, artículos en diarios y revistas” (curiosamente, habla de artículos en diarios...).

Los obispos precisan: esa opinión se vio favorecida por una cierta forma, completamente falsa, de interpretar el último Concilio “como si la Iglesia hubiese abandonado la idea orientadora de una verdad objetiva, sustituyéndola por la de dignidad humana, de donde se seguiría una relación de proximidad entre la Iglesia católica y la masonería”.

Los cosas no son así, porque “la masonería cuestiona la Iglesia de modo fundamental”. Es cierto que “han mejorado y cambiado el tono, el nivel y el modo de expresarse las diferencias”, como también es verdad que la Iglesia sabe que debe colaborar “cuando se trata de alcanzar fines humanos y caritativos” (¿y cuándo ha sucedido lo contrario?), pero también es verdad que “la masonería, en su esencia, no ha cambiado” y por tanto “queda excluida la pertenencia simultánea a la Iglesia católica y a la masonería”.

Las declaraciones de incompatibilidad no “impiden, sin embargo, el diálogo”, escribe el cardenal. Es curiosa la alusión, porque no hay ningún periodo histórico en el que la Iglesia no haya estado abierta a la discusión. Y esto vale desde el principio, empezando por la primera carta de Pedro (“estad siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza, pero hacedlo con dulzura y respeto”, 1 Pe 3, 15-16), y continuando con todo el pensamiento filosófico cristiano (véase la Ciudad de Dios de Agustín o la Summa de Tomás). Por el contrario, es característica de la masonería la definición de un tipo muy particular de diálogo, apto para que desaparezca la verdad católica: “El punto principal consiste en separar del Papa al mayor número posible de católicos… Un modo lento, pero seguro, de combatir y apagar ese monstruo llamado superstición católica, que se encarna en el Papa y en el ejército clerical, tan numeroso y bien organizado, es la libre discusión, cuyo sonido resuena ahora por fin dentro de los muros del Vaticano”, escribe en 1871 el masón Giuseppe Ricciardi.

Tras haber hablado de diálogo, el cardenal escribe una frase alusiva decididamente incomprensible: hay que “superar esa actitud de ciertos ambientes integristas católicos que, para atacar a algunos representantes de la Iglesia –jerarquía incluida– que no les gustaban, recurrían al arma de la acusación apodíctica de su pertenencia masónica”. ¿A quién se refiere Ravasi? ¿Quiénes son los que desacreditan a algunos miembros de la jerarquía -y a cuáles- atribuyéndoles una pertenencia masónica no demostrada? Ese arma de la que habla Ravasi tiene un nombre preciso: se llama calumnia. Habría pues que concretar la acusación, al tratarse de una materia grave. De otro modo, se mete todo en el mismo saco, mandando mensajes más de tipo mafioso que erudito.

Además del análisis de un documento producido por una conferencia episcopal concreta, quizá no habría estado mal hacer alguna mención al riquísimo magisterio pontificio, siempre claro y neto, magisterio que reiteradamente pone en evidencia el carácter satánico del proyecto masónico. ¿Qué queda tras la lectura del artículo de Ravasi? La sensación de que el diálogo entre la masonería y la Iglesia católica debe oficializarse, superando la secular contraposición frontal. No estaría mal si, por enésima vez, la Santa Sede se pronunciase de nuevo contra la masonería.

Publicado en 2016 en La Nuova Bussola Quotidiana, republicado ahora por dicho periódico a raíz de nuevas propuestas de "diálogo" católico-masónico.

Traducción de Carmelo López-Arias.