Estos días son un buen momento para levantar el pie del acelerador y pararnos a reflexionar sobre el sentido de nuestras vidas, sobre lo que podemos esperar llegada que sea la fecha de caducidad física de cada uno de nosotros. Pensar de vez en cuando en las cuestiones trascendentes, escatológicas, es muy saludable para el equilibrio mental y emocional. Lo descubrí en mi época de monaguillo, allá por los años cuarenta, acompañando al párroco o vicarios de la parroquia a llevar el viático o la extremaunción a los enfermos terminales, acaso ya moribundos, de mi pueblo de origen. Mirar cara a cara a la muerte, sobre todo en el espejo de los seres más queridos, nos devuelve a la realidad, al hecho fundamental de nuestros existir: nacemos para morir. Y luego, qué.
 
Cristo promete la vida eterna a quienes observan los mandamientos, que en síntesis se reducen a dos: amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo. Es la doctrina quitaesenciada del amor. Pero personalmente quisiera plantear la cuestión del más allá, en esta brevísima reflexión apropiada al tiempo litúrgico de la Semana Santa (lejos de playas y huidas a paraísos turísticos que tanto ha publicitado los días pasados la «emisora de los obispos»), en términos meramente racionales. Veamos: el hombre quiere ser feliz, los hombres –y mujeres, faltaría más- de todas las épocas históricas, desde los más remotos tiempos, han pretendido ser felices, totalmente felices, pero de hecho nadie lo ha conseguido nunca de una manera plena y absoluta. A lo sumo una remota aproximación, una conformidad, un resignarse a las circunstancias de cada cual, un agarrarse a las pequeñeces gratas que a veces la vida nos depara, y, los más sensatos, un reconfortarse con la unión amorosa de las familias bien avenidas. Pero no mucho más. De ello se desprende un primer y fundamental interrogante: los individuos, ¿podemos ser felices en este mundo? En todo caso, ¿en qué consiste la felicidad? ¿En la satisfacción de las pasiones, en el éxito personal o profesional, en la acumulación de poder o de riqueza...? Pero si todo es tan efímero y pasajero. Si la vida misma es como un suspiro que la historia se lleva a todo correr. Los que ya tenemos nuestros años, comprobamos cuánta razón tiene el infante don Juan Manuel cuando dice: «Cómo se pasa la vida,/como se viene la muerte,/tan callando [...], pues se va la vida apriesa,/como un sueño».
 
Sin embargo, la felicidad total y completa debe de existir en algún lugar, estadio o fase del desarrollo del hombre, porque de lo contrario la vida sería un tremendo absurdo, un sarcasmo cruel si todos los hombres, absolutamente todos, desde los primeros pobladores de este mundo, hubiesen pretendido sin excepción ni desmayo alcanzar un fin imposible: la felicidad. Todos los hombres, a la vez, no pueden equivocarse. El objetivo permanente y unánime de la Humanidad no puede ser un espejismo o una quimera. Sería demasiado trágico y terrible. Sería, en rigor, una gigantesca estafa a escala cósmica, la estafa a una Humanidad a la que le es negada la única aspiración universal que comparten todos los hombres de todo tiempo, raza y condición. Sería la negación misma del hombre como ser con significado, como ser hecho para algo y que se dirige a alguna parte. Luego si el testimonio permanente y unánime de la Humanidad es cierto, como no puede ser de otro modo, la felicidad existe, tiene que existir en algún espacio o etapa que no podemos concretar, pero existe de una manera segura y cierta.
 
En la medida, pues, que el hombre que nosotros conocemos, es decir, el hombre vivo o, más exactamente, el hombre físico que percibimos, no ha llegado todavía al nivel o estadio de la felicidad plena, podría decirse que el hombre es un ser inconcluso, un ser a medio hacer, porque no ha conseguido realizarse jamás según su aspiración más primaria, profunda y permanente. El hombre que conocemos, por tanto, no es más que un proyecto del hombre total. Esta conclusión es la clave de toda la cuestión humana, lo que resuelve definitivamente el significado y destino del hombre. La prueba concluyente de que debe de existir un estadio superior al que el hombre accede una vez extinguida su experiencia o noviciado terrenal. Dicho de otro modo, que existe realmente eso que se ha dado en llamar, en términos religiosos, cielo o estadio culminatorio del devenir humano. Tras la fases previas, o sea, germinal o gestante, terrenal o trashumante, se llega a la fase final o concluyente, en la que el hombre, las personas, descansan de su peregrinaje en el reposo eterno de la Casa del Padre. ¿Todos los seres humanos sin distinción, incluso aquellos que no han hecho ningún intento de merecerlo, que han repudiado la misericordia infinita y el amor sin límite de Dios? Bueno, es una cuestión que requeriría por sí misma una nueva reflexión, dada su enorme trascendencia, pero que yo, ahora, no me atrevo a abordar.