El título es fuerte pero también es real. Grupos ideológicos han querido presentar el asesinato de seres humanos en el vientre de sus madres como un derecho. Y lo han resaltado machaconamente en propaganda, libros de texto y programas de televisión que, desgraciadamente, ha ido permeando mentalidades. Tristemente, incluso ha quedado reflejado en legislaciones de diversos países. Se ha dado, por así decir, una salida fácil a la falta de responsabilidad y al libertinaje sexual. Y es que hoy el aborto es un negocio muy redituable.
 
Lo es porque extirpar la vida de un ser humano implica pagar. Y ese dinero va a las arcas de personas muy lejanas a la amarga realidad de la mujer que se enfrenta a un momento donde lo que necesita es ayuda, no agravar su tristeza.
 
Es verdad, ya no es sólo el aborto procurado en clínicas mata infantes. El negocio va más allá. Cada vez es más frecuente la disponibilidad y masificación del uso de la así llamada «píldora del día después» (PDD), remedo de esa actitud que quiere olvidar la falta de responsabilidad aunque eso implique anular la vida de un recién concebido, momento de la vida por el que pasamos todos los que hoy la tenemos.
 
Es un negocio. Un negocio que se aprovecha de la ignorancia, de la desesperación o de la irresponsabilidad. Un negocio presentado como salida, un negocio que facilita el homicidio. El 12 de febrero de 2010, el diario La Razón, de España, mostraba cuán lucrativo es el asesinato.
 
Entre octubre y diciembre de 2009, tras poder vender la PDD sin receta médica, dos laboratorios facturaron ganancias de más de 2,3 millones de euros tan sólo en España, lo que significaba que en tres meses, después de esa liberación, habían vendido más que en los nueve anteriores (más datos en el siguiente enlace).
 
Pero el negocio de que es objeto la mujer no se reduce a un solo país. Mientras se siga haciendo pasar –y se siga aceptando creer– que el aborto es un bien, la mujer seguirá reportando redituables ganancias a quienes, lejanos de ella, agravan su dolor, aumentan su soledad y le venden aparentes salidas que en realidad son entradas al laberinto de la desesperación.