El día en que escribo este artículo, hace ahora cinco años, visitaba por última vez al Papa Juan Pablo II; al día siguiente comenzaba la última fase de su enfermedad que acabaría con su vida. Desde aquel día traigo y llevo sobre mí un recuerdo imborrable: el regalo de una Cruz pectoral que llevo siempre en mi pecho. Como homenaje agradecido, permítanme esta breve reflexión sobre Juan Pablo II, como «el Papa de los derechos humanos».

En el libro entrevista de André Frossard con Juan Pablo II leemos en una de sus páginas: «Ya Chataubriand decía: ‘En todo tiempo, la misión de los Papas ha sido mantener o vengar los derechos del hombre’». En muy poco tiempo, Juan Pablo II se ha convertido a los ojos de la opinión pública en el «Papa de los derechos del hombre», y es verdad que nunca ha dejado de recordarlos, no sólo en Roma, sino en todos los países que le han abierto sus puertas e incluso delante de los Gobiernos que no están libres de reproches a este respecto. Así fue, Juan Pablo II, el Papa venido de Polonia, tierra que tanto ha sufrido a lo largo de siglos y que ha visto tantas veces conculcados los derechos de sus gentes hasta la caída del régimen comunista. Fue «el Papa de los derechos del hombre».

Desde el comienzo de su pontificado constantemente lo vimos y escuchamos saliendo al paso de la defensa del hombre y de sus derechos. Ya en su primera encíclica, «Redemptor Hominis», dedicó un espacio importante a este asunto tan trascendental, e hizo sobre este tema una reflexión de máximo interés.

Posteriormente, se ocupó también de él en otras «Encíclicas», «Laborem Exercens», «Sollicititudo Rei Socialis», «Centessimus Annus»; sus enseñanzas en «Veritatis Splendor», «Evangelium Vitae» y «Fides et Ratio», son también básicas para comprender la posición de aquel gran Papa sobre los derechos humanos. No faltaron tampoco reflexiones sobre los derechos humanos o su fundamentación en algunas Exhortaciones Apostólicas, por ejemplo en «Familiaris Consortio», «Christi Fidelis Laici», «Ecclesia in Asia», «Ecclesia in Africa», «Ecclesia in America» asimismo fueron importantes sus Mensajes con ocasión de la Jornada Mundial de la Paz el primero de cada año, sus discursos ante la ONU o ante el Parlamento Europeo, así como sus palabras en la casi totalidad de sus viajes apostólicos, en sus posicionamientos públicos sobre temas que tienen que ver sobre cuestionamiento o violación ocasional de los derechos, y en numerosas audiencias. Con toda certeza, la voz de Juan Pablo II que se escucha en sus palabras habladas o escritas o en sus gestos, los más  sobresalientes o los más sencillos, «es de entre todas las que se alzan en el mundo, la que habla de los derechos del hombre con mayor claridad, fuerza y constancia» (Cardenal J. Etchegaray).

No podía ser de otra manera para quien «el hombre es el camino», como dirá en su primera encíclica programática «Redemptor hominis». Si Juan Pablo II se ha hecho el evangelizador, el peregrino infatigable de los derechos del hombre, es porque los considera como el lugar geométrico clave de toda afirmación sobre la persona humana. Más aún, esta cuestión no es para él un simple ejercicio teórico, sino que le ha nacido a fuerza de lágrimas y sangre. En la tribuna de las Naciones Unidas (2 de octubre de 1979), se impuso el deber de recordar su proveniencia de un país sobre cuyo cuerpo vivo fue construido Auschwitz, y subrayó: sin embargo, yo lo evoco, antes que nada, para demostrar de qué sufrimientos por parte de millones de personas nació la Declaración de los derechos del hombre». (J. Etchegaray).


* El cardenal Antonio Cañizares es prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos.

*Publicado en el diario La Razón