Con la aprobación de la ley de eutanasia ya puede decirse sin exageración que hemos dimitido de todas las inclinaciones propias de los seres vivos. Decía Santo Tomas que existen tres inclinaciones naturales en el ser humano que la ley debe proteger: una específica del hombre, que es la inclinación a vivir en comunidad y conocer a Dios; otra que el hombre comparte con los animales, que es la procreación; una tercera, que el hombre comparte con todo lo que existe, que es la conservación de su ser. Primero hicieron leyes que disolvían la comunidad política y mataban el anhelo de conocer a Dios, después hicieron leyes contra la procreación y ahora -con irreprochable lógica- hacen una ley contra la conservación del ser. Ya puede decirse con propiedad que hemos alcanzado el estado de la materia inerte, ese nirvana democrático.

Detrás de esta involución hacia la materia inerte, anida el concepto corrosivo de autodeterminación, la libertad que no acepta el orden del ser, la libertad que no se atiene a la verdad de la realidad humana y se cree capaz de reconfigurarla a su gusto. Una libertad que promete endiosar al hombre (aunque sólo lo animaliza, hasta convertirlo finalmente en materia inerte) y le concede instrumentos jurídicos para deshacerse de todo cuanto lo «limita» o «coarta» (o sea, lo mantiene en el orden del ser), exaltando sus pasiones más torpes y sus ambiciones más egoístas, en aras de alcanzar una individualidad soberana, autónoma, independiente de todo, incluso de sí misma. Esta autodeterminación (que no es, como los panolis que ponen tronos a las causas y cadalsos a las consecuencias piensan, un problema catalán) concede el derecho a liberarse de los vínculos familiares, concede el derecho a liberarnos de la vida gestante que portamos en nuestras entrañas, concede el derecho a liberarnos de nuestro propio cuerpo, haciendo realidad nuestras fantasías penevulvares más aberrantes. ¿Cómo no iba a concedernos el derecho a liberarnos de nuestra propia vida? La eutanasia es la estación final de la libertad autodeterminada, que primero despoja al hombre de Dios, después lo priva de su naturaleza, para arrastrarlo hasta un vacío perfumado por el disfrute de placeres plebeyos; y, cuando aparece en escena el sufrimiento y esos placeres se convierten en desesperación y angustia, le concede la eutanasia. Las ideas tienen consecuencias.

Y contra las ideas cuya estación final es la eutanasia no valen soluciones «conservadoras» o «progresistas», «liberales» o «totalitarias». Porque todas las ideologías modernas comparten un meollo de premisas filosóficas, que se resume en la aceptación del concepto de autodeterminación, de libertad que no acepta el orden del ser. Contra las ideas cuya estación final es la eutanasia sólo existe un antídoto, que es el pensamiento tradicional. Todo lo demás son querellas intestinas de facciones que disfrazan su ansia de poder de un «carácter cósmico», para engañar a los panolis, mientras los convierten en materia inerte.

Publicado en ABC.