Es imposible pasar un día sin tropezar con alguna forma de cinismo. Alguna vez incluso uno se encuentra ante un cínico. No resulta difícil detectarlo. El cínico busca antes la frase ingeniosa que la verdad, somete el juicio al ingenio. Es un hábito, un modo de acercarse a la realidad. Siempre atento a segundas intenciones, a motivos ocultos, a lo oscuro o lo ridículo… Amargura plagada de ocurrencias.
 
Al cínico se le reconoce cierta elegancia; ha optado por un modo de acercarse a la realidad estéticamente valorado. Leí en algún sitio (no recuerdo dónde) que el cinismo es la “forma burguesa, socialmente aceptada, de maltratar con inteligencia”. Y yo añadiría, “maltratar con inteligencia y humor”. Bufones.
 
Desprecia el fervor y cualquier forma de entusiasmo. En realidad, exalta la decadencia, la desilusión, la confusión y la amargura. Desenmascarémoslo. Encierra una gran mentira aderezada con algunas verdades. No nos sentemos en la eterna reunión de los cínicos, que vienen reuniéndose desde el Salmo 39.

Eso sí, no renunciemos al auténtico sentido del humor. No nos demos tanta importancia, procuremos fluir y caminar ligeros. Basta de espasmo, rigidez intelectual y tensión interior, basta de egos demasiados grandes replegados sobre sí mismos.

Descender del pedestal en el que nos hemos colocado y recuperar el gusto por lo verdaderamente divertido, que es mucho.

“¡Gloria a la risa, que nos hace bajar del estribo! Aquel señor quiere darse importancia…pero de pronto empieza a reír y desciende del caballo. Ahora irá a pie, honorablemente, junto a nosotros hasta el final del camino" (Eugenio d´Ors).
 

No niego la oscuridad, pero no quiero vivir dentro de ella.
 
Todos estamos tentados por la melancolía, el cinismo y el mal humor. Si tenemos arraigado el hábito de ver lo feo antes que lo bello o la tristeza antes que la alegría, podemos usar una técnica que nos ofrece la psicología cognitivo conductual (admito haberla leído en un libro de autoayuda hace años). En temporadas más oscuras, lo he hecho y me ha dado buen resultado. Es muy sencillo. Yo lo llamo el “diario de la alegría”, pero también podría ser “el diario de la belleza”. Cuando mis hijos protestan demasiado, lo hago con ellos y, sorprendentemente, les encanta.
 
Consiste en repasar por la noche todas las cosas bellas del día. Puede que suene a lugar común, al más que manido consejo de disfrutar de lo pequeño. Pero con un matiz distinto: buscadores de belleza. Cosas muy sencillas y de lo más variado: el sabor del café de la mañana, el olor del jabón, la despedida llena de besos y abrazos de mi hija pequeña, el paseo hacia el trabajo, las palabras de una compañera, una sonrisa, un gesto amable, la conversación pausada durante el almuerzo sin niños que interrumpan, esa canción que he escuchado en bucle mientras volvía, lo rica que estaba la comida, lo bonita que es mi casa mientras repaso con la mirada todos los objetos que me gustan, el trozo de cielo que veo a través de la ventana, la ventana misma, las flores del balcón, la alegría de recoger a los niños en el colegio, los árboles que amo y que tengo bien identificados en los parques y calles de mi ciudad…
 
Aunque vivamos en entornos muy urbanos siempre nos quedarán los árboles, testigos silenciosos de la belleza de la creación. Nobles y fuertes. Mientras los hombres miramos hacia abajo, los árboles apuntan a lo alto. El crecimiento hacia arriba, el silencio, la paciencia infinita, “esos pilares que irradian sabiduría y representan lo eterno” (Herman Hesse). Identifica qué árboles de tu calle o de tu ciudad te gustan especialmente y obsérvalos, verás pasar las estaciones y te hablarán del Creador. Podemos descubrir belleza también en el corazón de la ciudad.
 
Poco a poco, ese mínimo esfuerzo nos cambia la mirada y nos ayuda a estar atentos a todo lo bello, que es mucho. No hagamos de altavoz del mal, que a veces también es mucho. Elegir la luz exige cierta disciplina.
 
En la Casa del Padre hay música y baile ¿Podemos oírlo? Disfrutemos de la fiesta. Amemos la vida.