En la Primera Carta de San Pablo a los Corintios leemos: “Pero el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor es para el cuerpo. Y Dios que resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros con su poder. ¿No saben acaso que sus cuerpos son miembros de Cristo? ¿Cómo voy a tomar los miembros de Cristo para convertirlos en miembros de una prostituta? De ninguna manera. ¿No saben que el que se une a una prostituta, se hace un solo cuerpo con ella? Porque dice la Escritura: Los dos serán una sola carne. En cambio, el que se une al Señor se hace un solo espíritu con él. Eviten la fornicación. Cualquier otro pecado cometido por el hombre es exterior a su cuerpo, pero el que fornica peca contra su propio cuerpo. ¿O no saben que sus cuerpos son templo del Espíritu Santo, que habita en ustedes y que han recibido de Dios? Por lo tanto, ustedes no se pertenecen, sino que han sido comprados, ¡y a qué precio! Glorifiquen entonces a Dios en sus cuerpos” (6,13-20).
 
La persona es siempre un fin y nunca un medio, lo que supone que hemos de amar y respetar a ese componente esencial de la persona que es el cuerpo, en nosotros y en los demás, por lo que no es aceptable ni su cosificación ni el dualismo que rechaza el cuerpo, tanto más cuanto que el Cristianismo afirma que también los cuerpos están destinados a la resurrección y a la vida eterna. Está claro que toda persona normal ha de saber respetar su propio cuerpo, que es el que me sitúa en el mundo, lo cual supone una limitación espacial y temporal, pero a la vez mi componente espiritual me abre la puerta hacia la esperanza y demás experiencias de Transcendencia.
 
En cambio en la ideología de género en el binomio biología y cultura se minimiza al máximo el aspecto biológico, para hacer prevalecer el aspecto cultural. Si aún hoy hay diferencia entre los sexos, ello no se debe al elemento biológico, sino a la educación sexista que hemos recibido. Para esta ideología las mujeres no nacen mujeres, sino que las hacen ser mujeres, lo mismo que el varón no nace varón, sino que le hacen ser varón. Importa muy poco los órganos sexuales que tengamos, pues la diferencia entre varón y mujer es efecto de un condicionamiento histórico y cultural. Por ello se subraya al máximo y se considera primaria la dimensión cultural, hasta el punto que cada individuo escoge el sexo y el modo de vida que más le atrae. Con esta concepción lo que se busca realmente no es que hombres y mujeres tengan los mismos derechos, sino que no existan ni hombres ni mujeres.
 
Es evidente, al menos para las personas civilizadas, que hombres y mujeres somos iguales en dignidad y derechos. Pero una persona que tenga sentido común te dirá que hombres y mujeres somos biológicamente distintos y complementarios, aunque sólo sea porque es necesario para la supervivencia de la especie. Desde luego no nacemos sexualmente neutros, como creía una mujer embarazada a quien le preguntaron si esperaba un niño o una niña y contestó: “No lo sé, ya lo decidirá de mayor”. Aunque nos eduquen igual, aunque yo pueda ir a un Juzgado y salir de él llamándome Petra Trevijano, yo no puedo parir un hijo y además estoy convencido que por muchos tratamientos que demos a alguien biológicamente varón desde la infancia, ese tal, como he señalado en varias ocasiones, con el paso de los años podrá ser operado de próstata, pero no de cáncer de matriz. Por cierto las operaciones de cambio de sexo, parece ser no dan gran resultado y así la clínica Johns Hopkins de Baltimore, siguió la pista a cincuenta transexuales tratados por el Dr. Money para llegar a la demoledora conclusión que ninguno de ellos había obtenido beneficio con los programas de identidad sexual.
 
Incluso en los casos donde se ha dado una educación muy igualitaria, como los kibutz israelitas, o en países donde no hay diferencias educativas, como Noruega, o enormes, como Arabia Saudí, los resultados de gustos, intereses y deseos han sido muy semejantes en la gran mayoría de los hombres y lo mismo de las mujeres, pero han sido muy diferentes entre ambos sexos. Ante estos hechos, hay que preguntarse, ¿cómo se manipula más, afianzando tendencias biológicas o tratando de erradicarlas?
 
Resumiendo, son los hechos y la biología los que determinan la realidad, por mucho que les pese a gente que debiera ser seria como la Unesco, la Defensora del Pueblo, o nuestros diputados y senadores, quienes al defender la ideología de género nos demuestran que eso que llamamos sentido común no saben lo que significa. La sexualidad, aunque tiene también un aspecto cultural, es fundamentalmente un rasgo biológico objetivo.
 
Me gustaría terminar con unas preguntas dirigidas a nuestros parlamentarios: ¿Os gustaría que a vuestros hijos o nietos que están en edad escolar, se les eduque de acuerdo con la ideología de género? El Papa Francisco el 2 de octubre lo ha dicho claramente: “Educar a los niños en la ideología de género es una maldad”. ¿Estáis dispuestos no ya a tolerar, sino a fomentar y a alentar esa maldad?