Ha pasado por Madrid el autor del libro Por qué dejé de ser masón, (LibrosLibres, 2015), Serge Abad-Gallardo, exmasón, arquitecto, francés hijo de españoles, que presentó su obra en dos parroquias y concediendo algunas entrevistas a periodistas interesados en el tema, que no abundan.

Después de la presentación en el magnífico salón parroquial de Santa María del Monte Carmelo, lleno de público, sito en el cogollito del barrio más señorón de Madrid, nos fuimos a cenar de picoteo bajo un diluvio universal, a una cafetería chic de la Calle de Velázquez. Estuvimos el autor, su señora, muy fina y sonriente, aunque solo se enteraba de lo que le traducía el marido, el editor, su mano derecha y este amanuense, interesado desde que llevaba pantalón corto en el galimatías masónico.
 
El libro de Abad Gallardo, publicado inicialmente el año pasado en Francia, tiene un mérito especial: cuenta desde dentro con cierta minuciosidad los ritos de cada grado de la masonería azul o básica –aprendiz, compañero y maestro- a la que perteneció durante más de veinte años, así como el significado de su simbolismo teatral. Cuestión muy importante y de gran interés, porque en la masonería nada es lo que parece, sino que basada en un ritualismo metafórico y un lenguaje exclusivo se hace opaca al resto de los mortales. O sea, algo así como el caló de los gitanos.
 
El autor perteneció a la “orden masónica mixta internacional El Derecho Humano”, de origen francés, una escisión del Gran Oriente de Francia, a su vez otra escisión impuesta por Napoleón de la Gran Logia Unida de Inglaterra, madre de todas las obediencias del mundo. Como invento protestante, tiende al fraccionamiento, a la ruptura por un quítame allá esa paja. Y aunque se pelean a “muerte” entre las distintas corrientes, frente a los “profanos” suelen apiñarse y formar un sólido frente común.


 
El Derecho Humano fue fundado el 4 de abril de 1893 por la masona feminista María Deraismes, iniciada irregularmente once años antes en la logia “Los librepensadores” de la pequeña localidad francesa de Le Pecq, departamento de Yvelines, región Isla de Francia, con el apoyo del “hermano” Georges Martin. Comparte el laicismo radical de los Grandes Orientes, de donde procede, pero añade el matiz de ser mixto, es decir, que comparten las logias hombres y mujeres, circunstancia que no se da en las órdenes más clásicas, que son exclusivamente masculinas. En España existe otra congregación masónica mixta: la Gran Logia Simbólica Española-Gran Oriente Español Unificado.
 
El Derecho Humano tiene poca implantación en nuestro país, aunque suele manifestarse públicamente con sus emblemas y mandiles en ruidos callejeros por supuesto de izquierdas. En Francia, sin embargo, tiene un peso muy considerable. Francia es una país altamente masonizado, como Cataluña en España
 
Una de las partes más interesantes del libro, siendo todo el sumamente ilustrativo, es la dedicada a la búsqueda de la Verdad en los talleres masónicos, que lógicamente no encuentran. Al final el autor se desengaña y acaba rindiéndose a la evidencia de que no hay más Verdad que la revelada: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.
 
¿Cómo ocurre esta metamorfosis? Lo explica el autor con pasión como remate de su largo periplo masónico. Son las páginas más brillantes e interesante del libro, siendo todo él de gran interés, aunque no voy a desvelar el desarrollo de este capítulo final. No quiero chafar el guitarrico a los posibles lectores del libro, que recomiendo vivamente.
 
Abad Gallardo comprobó, tras su conversión, que era incompatible ser masón y católico. Al convencerse de ello, decidió escribir el libro para aviso de navegantes, revelando los secretos de la masonería, que en realidad no son tan secretos. Sólo uno permanece bajo siete llaves, el más peligroso: la lista de los miembros de las distintas obediencias.
 
Ahí está su peligro porque es posible que estemos viviendo bajo el gobierno de personas sin que sepamos realmente lo que son. En España, añado por mi cuenta, no serán más allá de cinco mil “hermanos” sumando todas las obediencias, pero introducidos en puestos clave de casi todos los partidos (en el PP y en el PSOE por supuesto), en la judicatura, en la universidad, en los sindicatos, en grandes ayuntamientos, etc. Y el que no lo ve es porque no quiere, pues como dice el Evangelio, “por sus frutos los conoceréis”.