En plena campaña militar de 1909, con el enfrentamiento de las tropas españolas y los pobladores nativos de las cabilas próximas a la plaza española de Melilla, que se habían revelado por la presencia de compañías mineras que desde 1907 habían iniciado sus trabajos de explotación de hierro y plomo en los crestones de la cabila de Beni bu Ifrur, a unos 30-35 kilómetros de la Plaza española, y a su vez estaban en plenos trabajos de explanaciones para la colocación del tendido de vías que habría de comunicar las explotaciones propiamente dichas con el puerto de Melilla, el 27 de julio del citado año fue ocupado el poblado de Nador en consideración a su situación estratégica y situado a unos 14 kilómetros de Melilla aproximadamente hacia el sur por la costa, integradas ambas en la cabila de Mazuza.  
 
Siguiendo instrucciones del mando, el ingeniero militar Manuel Pérez Beato emprendió la construcción de un importante campamento. Los edificios y las instalaciones militares, e incluso la propia tropa, favorecieron desde un principio la aparición de una base urbana que con el paso del tiempo se fue transformando en un pequeño poblado que debería dar cobijo a la población civil. A partir de esa fecha fueron muchas las personas civiles que se trasladaron a Nador ampliando el primer núcleo de poblado mediante la construcción anárquica de barracas y otros establecimientos dando lugar a un conjunto urbano irregular y donde destacaba la baja calidad de los materiales empleados. Fue a partir de finales de diciembre de 1909 cuando el ingeniero militar Luis Andrade presentó un proyecto de ejecución de un poblado que se debería atener a unas normas establecidas de lo que debería ser un núcleo poblacional con notables perspectivas a futuro. Fueron pasando los años y la ciudad de Nador fue creciendo de forma muy notable debido principalmente a que la población civil (españoles podrían pasar en poco los 1.000 habitantes en 1917) fortaleció y diversificó las actividades económicas, también a la propia actividad militar con gran presencia de los integrantes de las diversas unidades en el nuevo poblado y la tercera a que Nador fue designada capital de la Región Oriental de Marruecos.  
 
A partir de ese año los españoles se empecinaron en construir una iglesia que sirviera a sus sentimientos cristianos y fuese lugar de recogimiento en unos tiempos tan convulsos como los que estaban pasando. Dirigidos por el franciscano Francisco Sierra empezaron por fomentar una suscripción entre todos ellos y es muy posible que con alguna ayuda por parte del Obispado de Málaga, a la que administrativamente dependía Melilla, y también de las propias autoridades melillenses emprendieran los trabajos que quedaron terminados entre finales de 1920 y mediados de 1921. Se la consagró como la “Iglesia de Santiago el Mayor” y se trataba de una construcción de estilo ecléctico con nave única y con falsas capillas que le daban una sensación de mayor amplitud. Por su sencillez nada más entrar producía una gran sensación de paz y recogimiento que hacía olvidar el mundanal ruido de la vida de fuera. Por el exterior quedaba destacada por dos torres con una cruz en cada pico del tejado a cuatro aguas y su estructura de estilo catedralicio la hacía destacar de las viviendas de planta baja que se habían empezado a construir por sus alrededores. Estaba bajo la dirección y control de los padres franciscanos.
 
El día 22 de julio de 1921 empezaron a llegar noticias a Nador sobre la caída de la posición de Annual (que hacía de Campamento General de toda la circunscripción) a manos de los rifeños capitaneados por Muhammad ibn Abd el Krim al Khattabi y de todas las que estaban asentadas en la primera línea de avance. Los militares y civiles que llegaban huyendo contaban el comportamiento cruel y sanguinario que los rifeños rebeldes ejercían sobre los desgraciados que quedaban mal heridos o cogían prisioneros. El teniente coronel de Infantería Francisco Pardo Agudín, máxima autoridad militar en Nador, se dispuso a organizar la defensa de la ciudad ante un ataque inminente por parte de los rebeldes contando con el auxilio de los comandantes Juan Almeida Vizcarrondo de la Brigada Disciplinaria y Wenceslao Sahún de Infantería. Tenía bajo su mando una guarnición que había quedado notablemente disminuida al marcharse muchas de las unidades que la integraban al frente de Annual y en esas fecha solo habían quedado bajo su mando dos secciones de la Brigada Disciplinarias así como un número importante de guardias civiles integrantes de los puestos que conformaban la Línea que tenía la cabecera en Nador al mando del teniente Ricardo Fresno Urzay. Incluyendo a todos los soldados que el citado teniente había recuperado cuando huían desmelenadamente hacia Melilla e incluso paralizando en la propia estación de ferrocarril al tren que procedente de Monte Arruit se dirigía cargado de infantes hacia la plaza melillense. Contando con los guardias civiles que en unión de sus familiares habían llegado procedentes de los puestos de San Juan de las Minas y Segangan se llegaron a concentrar unos doscientos españoles.
 
Siguiendo las instrucciones del teniente coronel Pardo Agudín, ese mismo día 22 los concentrados se repartieron en dos baluartes en espera de la llegada de tropas de auxilio procedentes de Melilla: la iglesia de Santiago el Mayor para vigilar la entrada a Nador por Melilla y la Fábrica de Harinas, un sólido edificio de planta baja y dos plantas superiores que se ofrecía como una mejor posición defensiva. Para guarnecer y proteger la iglesia, que había sido fortificada por órdenes del teniente Fresno, fue designado el alférez Lisardo Pérez, quien hasta esa fecha era el comandante de puesto de Segangan, con los guardias civiles que habían estado bajo sus órdenes y parte de una sección de la Brigada Disciplinaria. El día 23 empezaron a sufrir ataques esporádicos ya que los moros desde el día anterior estaban dedicados al saqueo y destrucción de las viviendas y comercios que habían dejado abandonados los españoles. Desde las dos torres de la iglesia los guardias civiles y soldados pudieron comprobar el espíritu destructor y el sentimiento vengativo que envolvía a aquella masa incontrolada.
 
El día 24 se generalizaron los ataques, en ocasiones tremendamente furibundos, contra las dos posiciones españolas que respondían con gran bravura. En un principio los defensores de la iglesia pudieron aprovisionarse con los alimentos acumulados en cierta cantidad porque los frailes franciscanos esperaban la llegada del obispo de Málaga, a la que administrativamente dependía Melilla, para festejar el inicio al culto del edificio. Sin embargo el acopio de agua era muy escaso para satisfacer la sed del grupo pensando que aquel mes de julio el calor era sofocante. Los moros habían cortado la tubería de agua salobre que procedente de un pozo situado en Tahuima a dos o tres kilómetros hacia el sur suministraba a la ciudad el preciado líquido (con los años fue lugar donde se asentó el Campamento de “La Legión”). Desde los campanarios los defensores rechazaban una y otra vez los ataques de los rifeños rebeldes que arreciaban las descargas al anochecer protegidos en la oscuridad de los alrededores. Al chocar las balas en las campanas salían rebotadas produciendo un maullido estremecedor. Empezaron a sufrir heridas de mayor o menor consideración y se llegó a producir la muerte de un civil al carecer de medicamentos para poder curarlo. Ese día 24 ya no tenían agua ni ningún tipo de líquido que pudiese calmar la sed que resecaba sus labios y agarrotaba sus gargantas. Las vituallas empezaron a ser racionadas dada su escasez y los síntomas del hambre ya se dejaban manifestar en todos los hombres que defendían la iglesia a los ataques de los rifeños. Pasada la media noche y ya en los comienzos del día 25, un par de soldados, desesperados por la sed y el hambre, intentaron escapar aprovechando la oscuridad pero fueron apresados y sufrieron una cruel muerte. Los demás defensores se mantuvieron en una permanente alerta para rechazar cualquier intento de los rebeldes de apoderarse de la iglesia. Durante todo ese día no cesaron de aprovechar las atalayas que les servían de refugio, como eran los campanarios, para mirar hacia el Atalayón por donde habrían de llegarles las tropas de auxilio procedentes de Melilla.
 
Desesperados por la situación que atravesaban y como quiera que las municiones estaban a punto de agotarse, el alférez Lisardo Pérez en la madrugada del 25 al 26 ordenó la evacuación en dirección a la Fábrica de Harinas, donde estaba resistiendo el resto de la guarnición a los ataques rifeños. Durante la marcha fueron sorprendidos por un grupo de moros muriendo unos cuantos y otros fueron hechos prisioneros, el resto consiguió alcanzar el puesto amigo. Allí quedó la iglesia en poder de una horda de salvajes que no cesaba de saltar y gritar enarbolando los fusiles por encima de sus rapadas cabezas. Las dos torres y parte de la fachada graneada de pequeños orificios y desconchones daban testimonio de la lucha sin cuartel llevada a cabo entre los moros y un grupo de bravos soldados españoles que aguantaron su defensa hasta la extenuidad. La Lucha en la Fábrica de Harinas continuó hasta el 2 de agosto de 1921 en que con casi todos los defensores heridos de mayor o menor consideración, con los muertos colocados en un rincón de la planta baja hasta tener ocasión y lugar para su entierro, soportando una sed abrasadora y con las vituallas acabadas, el teniente coronel Francisco Pardo decidió aceptar la propuesta del cabecilla rifeño Bu Ahmed y entregando las armas fueron escoltados hasta el Atalayón y entregados a las tropas españolas.
 
Por los años 50 yo visité la iglesia de Nador un par de veces cuando residía en el poblado minero de Setolazar de la Compañía Española de Minas del Rif. En la lejanía de los tiempos tengo un recuerdo muy vago de las dos torres y de una fachada de color blanco, aunque he leído a unos visitantes de estos últimos años que el color es vainilla, y del interior no recuerdo imágenes, ni nada relacionado con el altar, pero sí me llegan sensaciones de una especie de catedral “de juguete” muy silenciosa y muy recogida. Estaba bajo el control de los padres franciscanos que eran los que iban a los pueblos mineros a celebrar la misa todos los domingos y fiestas significativas. Aún los recuerdo allá por los años 40 y 50 con sus hábitos de color marrón con capucha, con un cinturón (tipo cuerda) de color blanco y que les colgaba por un lado, también tengo en la memoria que calzaban todos unas sandalias, de esas de tiras, de cuero.
 
Sin embargo el recuerdo que me produce una gran emoción y me trae recuerdos muy gratos se centran en la figura del padre Pacífico. Sobre 1955 o 56 este franciscano fue destinado al poblado minero de Setolazar para ejercer su acción apostólica con los vecinos que por la gran actividad que en esas fechas habían alcanzado las explotaciones habían aumentado considerablemente en número. Yo lo recuerdo con su hábito, sus sandalias, con sus gafas oscuras y con su eterna sonrisa. Daba las clases de catecismo en la escuela separada entre niños y niñas, visitaba los enfermos y atendía a todos los vecinos para que le expusieran sus necesidades que él solía transmitir a la Dirección de la mina y que en casi todas las ocasiones solían atenderle. Yo tuve con él una relación muy directa e incluso “me tiró de las orejas” una cuantas veces porque me decía que llevaba una vida de soltería “demasiado alocada”. En octubre de 1962 le pedí que celebrase mi boda en la iglesia del Sagrado Corazón de Melilla; solicitado el permiso me fue concedido. Tengo encima del escritorio una fotografía del ágape celebrado después de la ceremonia y aparece sentado al lado de mi padre; parece que algo me quiere decir, es posible que me esté indicando un lugar en el Cielo que tengo preparado para estar junto a él y junto a mis padres en la eternidad. Tengo el presentimiento de que antes habré de pasar algún tiempo en el purgatorio… ¡que sea lo que Jesús decida! Aquellos franciscanos hicieron una magnífica labor en todo lo que fue el Protectorado de España en Marruecos. Nunca los olvidaré, y en especial al padre Pacífico que lo tendré siempre en mis recuerdos. Antes de terminar quiero expresar mi admiración y mi reconocimiento a tantos soldados y guardias civiles que entregaron sus vidas en la defensa de los ideales y de los compromisos de nuestra querida España en unas lejanas tierras que me vieron nacer.