Aun cuando son varios los países que celebran al padre en el mes de junio, en varios lugares, alegando la existencia de diversos tipos de familia, se está tratando de sustituir la figura del padre por el de “la persona especial”, como ya sucedió en un par de colegios en España el pasado marzo.

Desafortunadamente, esta nueva tendencia amenaza con aumentar, puesto que la guerra contra la masculinidad que comenzó hace ya varias décadas ha repercutido en la disminución de la figura paterna. El aumento tanto de los divorcios como de la separación de los padres que cohabitan, las nuevas relaciones románticas cada vez más comunes entre los padres que se separan, el incremento de madres solteras y un desprecio de la familia natural han traído como consecuencia que sean cada vez más los niños que crecen sin la presencia de su padre en el hogar.

Aun cuando hay madres solteras que hacen una extraordinaria labor criando solas a sus hijos, la ausencia del padre biológico en el hogar es devastadora para los niños e incide, especialmente entre los varones, en varios problemas de comportamiento, tales como déficit de atención, falta de disciplina, bajo rendimiento y deserción escolar. Además, la correlación entre la falta de padre y la pertenencia a pandillas callejeras es muy estrecha, puesto que éstas suplantan el vacío de autoridad y el anhelo de pertenencia que deja en los varones la ausencia del padre. No es casual que los varones criados sin el padre son más proclives a la drogadicción, a la violencia, al crimen y al suicidio.

En las niñas, los efectos de la ausencia del padre son especialmente evidentes durante la pubertad, en la cual tienden a presentar baja autoestima, trastornos alimenticios, ansiedad, depresión y/o agresividad así como miedo al abandono, lo cual puede degenerar en conductas dependientes o en aislamiento social así como en la degradación de la madre y la idealización del padre. Además, son proclives a tener relaciones sexuales precoces así como a la promiscuidad, mostrando mayores dificultades para formar relaciones sentimentales sanas y duraderas. Las niñas que crecen en familias monoparentales tienen casi el doble de probabilidades de divorciarse y más de dos veces y media de probabilidades de dar a luz fuera del matrimonio que quienes crecen junto a su padre y su madre.

A lo anterior se suma que los hogares monoparentales tienen más posibilidades de sufrir inestabilidad económica y pobreza. La dependencia de la asistencia social es muy alta entre los niños sin padre y cerca del 50% de las familias encabezadas por mujeres reciben alguna ayuda pública. Otro hallazgo sumamente interesante es que las investigaciones de los últimos años demuestran que los niños que crecen en familias reconfiguradas con un padre o una madre (y en ocasiones hermanos) que no son los propios, no sólo sufren muchos de los problemas que afectan a los niños en hogares monoparentales sino que en ocasiones dichos problemas se agudizan aún más. Esto prueba que la tan promovida moderna familia reconstruida artificialmente con toda clase de parches no puede, en modo alguno, sustituir a la familia natural.

Por otro lado, se ha observado que si bien la ausencia del padre impacta negativamente en el desarrollo de los hijos, el impacto depende del motivo de dicha ausencia ya que los efectos negativos disminuyen en gran medida cuando la falta del padre se debe a la muerte natural del mismo y no al abandono o a la separación, pues al parecer los hijos resienten especialmente la ausencia del padre cuando ésta es voluntaria (bien sea por abandono, divorcio u otra causa).

Por otro lado, y pese a que actualmente se pregona que las diferencias entre el hombre y la mujer son meramente constructos sociales, varios estudios demuestran que, independientemente de la cultura, el comportamiento de ambos ante el hijo es diferente. Las madres tienden a proporcionar seguridad y cariño incondicional al infante mientras que los padres, de manera innata, se inclinan por el juego y la estimulación. Conforme el niño crece, el padre le enseña el mundo y a relacionarse con éste animándolo a explorar sus límites, a fomentar su independencia y a tomar ciertos riesgos. El padre también tiene un papel preponderante en el desarrollo de la disciplina, el autocontrol y la resistencia a la frustración. Además, los padres tienden a ser mucho más efectivos en la disciplina, sobre todo con los adolescentes, los cuales necesitan de manera especial la aprobación y el reconocimiento del padre. Asimismo, se ha observado que la presencia de éste es crítica en la identificación ya sea masculina o femenina de los niños, ya que su presencia ayuda a que, tanto el varón como la niña, desarrollen una identidad sexual fuerte y sana.

La evidencia delata el falso discurso de los progresistas de que los sexos, los roles y la familia natural son simples constructos sociales y por ende intercambiables. Desafortunadamente, desde hace algunas décadas, nuestra sociedad emprendió una guerra contra el hombre, al cual acomplejó y debilitó bajo el supuesto de que su “masculinidad tóxica” es culpable de todos los males habidos y por haber. Esto ha tenido como consecuencia el que muchos hombres, por resentimiento, cobardía o desánimo, hayan renegado de la gran misión que Dios les ha encomendado, dejando, no sólo a muchas familias sino a gran parte de la sociedad, gimiendo en la orfandad.

Si algo necesitamos urgentemente son hombres viriles, audaces, fuertes y valientes que no tengan miedo de asumir el papel que Dios les ha confiado como cabezas de familia. Hombres que enseñen a sus hijos las virtudes cristianas que les ayudarán a enfrentar las vicisitudes de la vida manteniendo siempre la mirada en su objetivo final, el cielo; haciendo suya la frase de San Francisco de Asís: “Santifícate a ti mismo y santificarás a la sociedad".