A las tres de la madrugada salen dos largas columnas de autobuses de la localidad de Matanzas rumbo a La Habana. Miles de cubanos de la campiña en torno a la capital no van dormir esta noche para encontrarse con el Sucesor de Pedro. Nos lo cuenta en la COPE el franciscano conventual José García, originario de Toledo pero desde hace diez años en la isla para servir a aquellas comunidades. Es sólo un apunte entre mil, una nota en este hermoso pentagrama que han tejido con sus cantos, su alegría y su devoción los católicos de México y de Cuba en este viaje recién terminado.

Mientras, una parte importante de la prensa occidental sigue ciega y sorda para lo que en verdad sucede. Se notan la inseguridad, los palos de ciego, los parches a la información, los análisis de salón. Algunos hablan de oportunidad perdida (pero ¿desde cuándo Benedicto ha significado para ellos una oportunidad?) y se detienen en las pequeñas polémicas, pero no atisban (o no quieren mirar de frente) el revivir de un pueblo. Decía el gran Alberto Methol que Benedicto XVI podía comprender mejor que nadie el alma católica de América, y podía también por eso, ayudar a curar sus heridas y lanzarla a una nueva construcción.
Desde que su vuelo despegó de Roma, el Papa ha sabido mostrar cuál es la naturaleza del cristianismo y cuál su incidencia histórica. Ese es un tema que ha atormentado a teólogos y líderes sociales latinoamericanos desde mediados del siglo XX, una pasión que con demasiada frecuencia ha naufragado en los acantilados de la ideología o se ha marchitado en las playas del dualismo y la superficialidad. Pero ¿cómo cambia la fe nuestro mundo?
Ha sido una pregunta en forma de desafío desde el minuto uno de este viaje. Y el Papa, con paciencia, ha desgranado la respuesta. Por ejemplo al describir la idolatría de la droga y sus falsas promesas, que pueden arramblar con una generación de mexicanos. El hombre tiene sed del Infinito, explica el Papa, y cuando no lo encuentra entonces crea sus propios paraísos que son sólo mentiras. Frente a eso la Iglesia debe hacer presente la verdad y la bondad de Dios, el verdadero infinito del que tenemos sed.

Es una presencia distinta lo que atrae el corazón extraviado, es Dios en medio de nosotros quien puede cambiar la conciencia y liberar a los hombres del peso del mal y de la mentira. De ahí nace la misión educadora, el servicio de purificar la razón, la forja de una comunidad que cambia el rostro, incluso físico, de una ciudad.
Lo quiso decir especialmente a los pies de la estatua de Cristo Rey, en el Cerro del Cubilete, explicando que Su reinado no consiste en el poder de las armas, sino que se funda en el amor de Dios que Él ha traído al mundo con su sacrificio, y en la verdad de la que ha dado testimonio. Se entiende el sobrecogimiento de ese instante, como un latigazo que recorre la piel de México y de América entera. Y después, como un padre, les habla de ese cansancio de la fe que también tiene su forma latinoamericana, a pesar de los santuarios y de la religiosidad popular. Es el cansancio que conduce al dualismo en la vida, que reduce el alcance de la fe impidiendo que se transforme en caridad operante y en cultura, que lastra su potencial de transformación porque no genera sujetos conscientes y libres en medio de la gran marea del relativismo. Y así, a este pueblo cien por cien guadalupano el Papa le propuso seguir la invitación de María en las bodas de Caná: "haced lo que Él os diga".

Benedicto XVI llegaba a Cuba tras decir en el avión que ya es evidente que el marxismo no está en condiciones de responde a la realidad y de construir una sociedad. Y para quien tuviese dudas, subrayó que la Iglesia está siempre del lado de la libertad. Ya en tierra cubana el Papa quiso saludar a todos los cubanos, dondequiera que se encuentren. Recordó a los presos y a sus familias, a los pobres y a los descendientes de los esclavos; reivindicó una nueva sociedad abierta y renovada, construida con las armas de la paz, del perdón y la comprensión.

En Santiago de Cuba el Papa afirmó que la obediencia de la fe es la verdadera libertad, mientras que excluir a Dios nos aleja de nosotros mismos y nos precipita al vacío. Quizás hemos perdido la capacidad de asombro para imaginar cómo han restallado estas palabras en un país dominado por un régimen que ha promovido por decenios el ateísmo y ha marginado cruelmente a los creyentes. Pensando seguramente en las penalidades sufridas por muchos militantes católicos en los días previos a su llegada, Benedicto XVI invitó al pueblo a "aceptar con paciencia y fe cualquier contrariedad o aflicción, con la convicción de que Él ha derrotado el poder del mal... y no dejará de bendecir con frutos abundantes la generosidad de su entrega".

En la emblemática Plaza de la Revolución, en La Habana, el Papa tejió un canto a la libertad religiosa delante de los jerarcas del Partido Comunista cubano, y a la sombra de la efigie del Che Guevara. Justicia poética. Esa libertad "consiste en poder proclamar y celebrar la fe también públicamente, llevando el mensaje de amor, reconciliación y paz que Jesús trajo al mundo... tanto en su dimensión individual como comunitaria manifiesta la unidad de la persona humana, que es ciudadano y creyente a la vez... y legitima que los creyentes ofrezcan una contribución a la edificación de la sociedad". Recordemos que hoy en Cuba, a pesar de los avances en la libertad de culto, son encarcelados y apaleados todavía hoy, quienes pretenden contribuir, desde la experiencia de su fe, en la construcción del futuro de Cuba.

El Papa señaló el camino de la paciencia, de la cooperación, del perdón y la reconciliación, pero también recordó el camino del martirio, evocando a aquellos que prefieren afrontar la muerte antes que traicionar su conciencia y su fe. La comunidad cristiana en Cuba ha sido fortalecida eficazmente por la presencia de su pastor. Sería estúpido pretender medir la incidencia histórica de este acontecimiento en términos políticos. Pero no hay nada tan revolucionario como la fe acogida y vivida, la fe que crea comunidad, abre la razón y sostiene el empeño de la libertad. Benedicto XVI tenía muy clara la brújula de este viaje.

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