La semana pasada, ante la fiesta inmediata de la Concepción Inmaculada de la Virgen María, evocaba la esperanza inmensa a la que este hecho nos abre frente a la desesperanza que nos atenaza. La desesperanza es una verdadera tentación, una auténtica amenaza que, dadas las circunstancias, hoy nos corroe. Es cierto que hay muchas dificultades, grandes y graves, en la Iglesia y en el mundo, también en España.

Es hora de la humildad y de la confianza, seguros de que nuestra debilidad actual, en la debilidad de nuestra cultura y de nuestra sociedad, de nuestras comunidades cristianas y de nuestra actual situación de precariedad y de crisis, se manifestará también el poder de la gracia de Dios y de su misericordia. Tras la fiesta de la Inmaculada y en los umbrales de la Navidad, somos llamados a la esperanza que brota del Amor de Dios: es el triunfo del amor de Dios el que tiene su última palabra, es Cristo, Hijo de Dios vivo venido en carne de María, donde está todo el Amor, porque es Dios con nosotros, que no deja a los hombres en la estacada.

No es ñoñería, ni pietismo fácil, ni infantilismo alguno poner nuestra mirada en María toda santa. Haremos bien en otorgar a esta mirada atenta una importancia reformadora, consoladora y esperanzadora. Santa María, purísima, toda santa, a la creciente degradación permisiva de las costumbres y a la quiebra moral imperante opone la serena y resuelta energía de la vida en Dios, y de la conciencia de la real dignidad personal del hombre regenerado por la gracia y el don de Dios, de su vida nueva y nueva creación. María nos lleva y acerca a Cristo. Es la primera y más grande cristiana. Es modelo para todos los fieles, y lo que nos mueve a imitarla en las actitudes fundamentales de la vida cristiana. María es el ejemplo de ese culto verdadero que consiste en hacer de la propia vida una ofrenda a la voluntad del Señor.

Es la mujer creyente, madre de los creyentes, «dichosa porque ha creído» y obedecido.
No hay mayor desamparo ni mayor pobreza para una persona, y para un pueblo, que la pérdida de la fe, sobre todo si se minimiza el daño y se intenta pasar de largo ante sus efectos destructivos y deshumanizadores, porque es entonces cuando el interior de las personas y de los pueblos se convierten en un desierto inhóspito. Para nosotros, como para el Señor que ha venido al mundo por el «sí» de María, no es indiferente que muchas personas y nuestra misma sociedad vaguen por el desierto: el desierto de la pobreza, del hambre, de la sed, y de la nada; el desierto del abandono, de la soledad, y del amor quebrantado; el desierto de la ausencia y de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre. Los desiertos exteriores se multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos del hombre, que denotan un desplome y un vacío de humanidad. Efectivamente, perdida la fe, el hombre se queda sin luz que ayude a su razón a encontrar la verdad plena: la de su dignidad y la de los caminos de su salvación y de su futuro en esperanza. ¡En ese tipo de existencia, vacía y quebrada interiormente, es imposible que alumbre la esperanza!

Abrir las puertas de nuestras vidas, de par en par, a la Madre de Dios, Inmaculada, sin cortapisa alguna, abrirlas a la que es Madre de nuestra fe, es abrir las puertas a la esperanza. Lo necesitan hoy, más que el pan, urgentemente, los niños y los jóvenes. No nos engañemos: muchas y poderosas son hoy en día algunas fuerzas sociales y culturales que, tan irresponsable como ciegamente y tan en contra del hombre y su futuro, pretenden arrebatar, con una cultura sin Dios, a esos niños y jóvenes la fe de nuestros padres, o, al menos entorpecer al máximo su debida transmisión; son muchas fuerzas las que hoy, por ignorancia del don de Dios, que es gloria y luz del hombre, pretenden equivocadamente cambiar todo para que llegue una sociedad solo del hombre, abandonado a sus fuerzas, sin otros caminos o salidas que los que ya en el mito de Prometeo o de Sísifo, en el Génesis y en el primer pecado del hombre, se vieron abocados al fracaso, a la división, a la ruptura, a la destrucción, a la tristeza y desesperanza del hombre. Sólo Dios y Dios en el hombre y con el hombre, es el gran mensaje, con vivísima y radiante actualidad, de la Virgen María, Inmaculada; es la respuesta que necesitamos asumir y testificar en nuestro mundo para abrirnos a la esperanza, y caminar por sus sendas, sendas de santidad, sendas de la gracia, sendas de una vida que supera la mediocridad por el amor, la fe, la humildad, la confianza en Dios y las bienaventuranzas: ahí está el cambio y la novedad más grande.

Que María, toda santa y llena de gracia, fiel esclava del Señor, fortalezca la fe de los débiles, alimente la fe de los que la viven con vigor, aliente el remar mar adentro hacia la santidad, condición básica y necesaria para todo apostolado fecundo, para un nuevo y decidido impulso a la urgente y apremiante nueva evangelización de nuestra sociedad. Que Ella, renovando el rostro de los cristianos, los ayude a dar testimonio diario del Redentor único de los hombres, para que en esta España nuestra y en el mundo entero resulte claro a todos que la fidelidad a Cristo cambia la existencia personal y colectiva, modela un futuro de paz, de convivencia auténtica, un mejor progreso y porvenir para todos. Que ayude a hacer resurgir la nueva sociedad española del espíritu, fiel a sus raíces cristianas, consciente de estar llamada a ser evangelizadora de nuevo, faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo.