No hablo en primera persona; la frase es de un amigo y compañero. Pero igualmente es merecedora de alegría y felicitación. La frase me ha llamado la atención. Sobre todo por su corrección, o imprecisión. ¿Hemos olvidado la precisión lingüística, o mejor dicho, físico-biológica? La biología nos enseña, y no es un hecho opinable, que quien “está embarazada” es la mujer, mientras se encuentra en período de gestación. El cuerpo de la mujer, y por tanto toda la mujer, es quien gesta al nuevo hijo, aunque el hijo haya sido engendrado tanto por el padre como por la madre. Es comprensible afirmaciones como “estamos esperando un hijo” o “nuestra familia sigue creciendo”, pero “¿estamos embarazados?”

Más allá de la precisión lingüística, sobre la que se podría debatir mucho, tal afirmación es muy interesante. Constituye un reflejo en el hablar popular de lo que los estudiosos llaman unión sustancial del matrimonio, o de la afirmación bíblica que hemos escuchado en muchas bodas: “Serán los dos una sola carne”. El matrimonio, y no sólo el matrimonio cristiano, es una nueva realidad, un hecho que crea algo nuevo en el tejido social. No se trata de una mera yuxtaposición de personas, como el niño pequeño junta las piezas del lego para construir un gran castillo. Ni siquiera se trata de dos personas que están físicamente juntas, como está unida la nata con el flan que nos han puesto de postre en el restaurante.

El matrimonio es algo que va más allá, más a fondo. Una realidad nueva en la que los cónyuges no están unidos sino son uno, una sola carne, una nueva y única creación. En esta óptica tiene plena validez una frase como “estamos embarazados”. Esta afirmación nos trae a la mente una imagen física, sensible, de la unidad matrimonial: estamos, tú y yo, embarazados.

Usamos con mucha frecuencia la primera persona del plural para referirnos a nuestro matrimonio. Hemos ido a comer a Aranjuez. Vamos a ir de vacaciones a Cartagena, o este fin de semana nos hemos quedado en casa. A los pocos días de nacer, cuando el padre se dirige al Registro para inscribir civilmente al nuevo niño, tendrá un nombre, signo de su identidad propia, y dos apellidos, uno paterno y otro materno, expresión de su origen familiar. Y en este detalle, que me perdonen muchos extranjeros, me gusta el apellido doble del hijo. ¿Por qué no usarla, aunque sea forzar un poco el lenguaje, en una realidad tan vital del matrimonio como es la procreación, el engendrar a un nuevo hijo?

Se puede llamar a esta unión sustancial, unión de dos partes que se reclaman recíprocamente. Es la unión que vemos en la moneda con la que pagamos el café. Tiene dos caras, “cara y cruz”, y se puede ver por un lado o por otro. Pero es imposible separar ambas caras, sin que la moneda deje de ser moneda. O con una imagen de la química y la biología, el matrimonio es una molécula, unión indivisible de dos átomos. Cuando las partes estaban separadas teníamos dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno; ahora, en esta molécula de agua, ya no hay un conglomerado de átomos; hay una molécula de agua, una realidad química nueva y distinta.