Estos días Valera [ciudad de Venezuela ubicada al pie de los Andes, en el Estado Trujillo] recuerda al padre Javier Sarrasqueta, hombre con vocación, que dejó huellas imborrables en la colectividad donde estuvo por espacio de 32 años y de ellos 27 como párroco de la iglesia El Carmen.

El padre Javier Sarrasqueta, fue un hombre apostólico, humilde, caritativo, servicial, atento y muy buen amigo.

La actividad del padre Javier en Valera fue maravillosa, le dedicó gran parte de su vida a toda la parroquia. Fue fundador de la parroquia y apenas llegó comenzó a trabajar en beneficio de todos los feligreses del sector.

El muy querido y recordado prelado se destacó por ser una personalidad que siempre tuvo como norte la acción social en favor de los más necesitados. Durante sus 32 años en la ciudad de Valera, el padre Javier Sarrasqueta dejó grandes obras en el sector la Plata como fue el templo, la U.E. San Vicente de Paúl, la casa parroquial, los salones parroquiales, la farmacia, el ropero, los alimentos, fue un hombre que se distinguió por su humildad, por su sencillez, con un carácter firme, pero en función de los más necesitados y desposeídos.

Un sacerdote excepcional

Su labor pastoral se extendió mucho más allá de las cuatro paredes de su templo, actuaba como amigo y como hermano, llevando palabras de esperanza y de fe a todos los cristianos.

"Lunes cívicos" con misa que organizaba el padre Sarrasqueta. Año 1961.

Para la ciudad de Valera y sus habitantes el fallecimiento de Sarrasqueta ocurrida el 8 de febrero del 2005 en Caparroso (Navarra), constituyó un motivo doloroso porque aparte de su condición de sacerdote, se identificó con todas las clases sociales de la urbe de las Siete Colinas. Gracias a su vocación de servicio supo llegar al pueblo, así se ganó el corazón de pobres y humildes tocando las fibras también más sensibles de ricos, de los pudientes de manera se hizo un gran trabajo pastoral.

Gran párroco

Es que el padre Javier era de esas personas que se quedan grabadas para siempre en la memoria del ser humano para siempre. Los recuerdos llegan a medida que esa memoria hace su trabajo retrospectivo. Esos recuerdos son muchos y muy gratos, que han quedado en la historia de esta Valera cumpleañera, la ciudad que lucha por un futuro posible y que por más de 30 años albergó al padre Javier como a uno de sus hijos más queridos, distinción que se ganó gracias a su alma y corazón bondadoso, padre de los pobres y más humildes, de los más necesitados quienes en él siempre encontraron la mano amiga.

Hombre de una excepcional obra social. Subía los cerros y caminaba los barrios llegando a donde él sabía que lo necesitaban, conoció la historia y dolor de muchas familias, tenía además un don que Dios le dio, la paciencia social, escuchar al afligido que no pocas veces lo buscaban para pedirle cosas materiales sino simplemente para recibir sus consejos, para desahogar sus penas y sufrimientos, para recibir una palabra de aliento y una mano en el hombro dando amor y cariño.

Su obra social logró arropar como manta y cobijo para calmar el frío de muchos, se preocupó y ocupó por darle aliento y atención al sector más afligido, el padre Javier siempre consiguió el medicamento requerido para el enfermo. Su palabra contribuyó al crecimiento y educación de centenares de valeranos en su mayoría vecinos de la parroquia El Carmen.

Siempre vestido con su impecable sotana blanca sacaba tiempo de sus ocupaciones parroquiales para dedicarles una visita diaria a los enfermos del hospital Pedro Emilio Carrillo y de la Clínica María Edelmira Araujo, de los cuales era su Capellán. A diario su palabra de aliento, fe y esperanza era bien recibida por quienes desde una cama esperaban mejorías.

Un agradecimiento eterno

Todos los valeranos que tuvimos la fortuna y dicha de conocer y tratar a padre Javier debemos de estar eternamente agradecidos de Dios por haberlo puesto entre nosotros. Al mismo padre Javier gracias eternas por todo lo que realizó a favor de esta ciudad y por sus hijos, por sus enseñanzas y orientación. Fue más que un párroco, fue un amigo, un padre, un ser humilde, sencillo que sirvió a todos, y que todos los valeranos con profundo amor lo recordarán siempre.

EL MÁS QUERIDO

Sus ojos color noche miraban al sacerdote vestido de blanco.

El sacerdote, por su parte, desnudaba al hombre de la mirada tenue con sus ropas llenas de mapas.

Unas manos huesudas se extienden y reciben una moneda.

Un silencio sepulcral lo embarga todo. La soledad resucita.

Pero el sacerdote se fue.

En la casa celestial, con su alegría, estará.

Él fue un camino. Él fue agua fría en una tarde calurosa.

Él fue café cerrero en una madrugada fría. Él fue quien fue.

Javier Sarrasqueta se llamaba y no tenía casa propia, su aposento fue Valera.

Por ella se esmeró. Por ella vivió. Por su gente luchó.

Él fue el padre Javier, el más querido.

Publicado en El Diario de los Andes.