Si hay algo que me solivianta de los días navideños que ya hemos dejado atrás es el tono pasteloso, empalagoso y dulzón que suelen adoptar muchos curas en sus homilías. El clímax, lo tengo comprobado, se suele alcanzar en la Jornada de la Sagrada Familia, que se presta a obviedades y a consejos de baratillo tipo “hay que obedecer a los mayores”, “hay que llevarse bien con los hermanos” y cosas por el estilo. “¿La homilía amable, buenista y bienintencionada que acaba de dar ese cura la podría haber pronunciado un educador social, un profesor, un Hare Krishna o un político almibarado? Entonces ha sido una mala homilía”, escribí ese día en Twitter nada más salir de la iglesia.

Les voy a ser franco: creo que una de las causas más importantes y menos reconocidas de la atroz desbandada de feligreses que ha sufrido la Iglesia católica en las últimas décadas se debe a la pésima predicación por parte de sus sacerdotes. Sencillamente, parece que no hay fe en el que predica. ¿Qué ocurre entonces? Que se cae en los tópicos, en las frases hechas, en las expresiones grandilocuentes pero vacuas, en la idea manida y de chichinabo, en las palabras biensonantes sin apenas carga ni profundidad. En una cosita correcta y amable, sin más. En una charlita cordial de buenas costumbres. En un discursito soso y birrioso cargado de bondades que podría haber dado el alcalde del pueblo o el panadero.

Nunca prediques sobre algo que aún no hayas experimentado. Sonará falso, hueco y de manual”, escribí unos días más tarde en la misma red social.

El feligrés medio no está acostumbrado a recibir mucho más. Nunca ha salido espoleado de una homilía, y seguramente desconozca que una buena predicación puede incluso remover los cimientos de su alma. El feligrés medio llega a misa con sus problemas y sus cosas en la cabeza, escucha unas ideas vagas y bonitas y regresa a su casa igual que como vino. Pero ni siquiera se va consolado o reconfortado, porque el consuelo es una cosa mucho más seria y profunda que unas palabras bonitas. El consuelo proviene de la Verdad y sana el corazón. Las palabras bonitas acarician el oído porque suenan bien y, como mucho, alcanzan al intelecto, pero no llegan al corazón.

Cuando Cristo predicaba, a la multitud le entraban ganas de dejarlo todo, seguirle adonde fuera y dar la vida por Él y su Palabra o, por el contrario, de despeñarle por un barranco o de crucificarle. Desde luego, no dejaba a nadie indiferente. En las predicaciones de hoy, muchas veces lo más que se consigue es un bostezo. “Pues hay curas que predican bien”, algún lector me rebatirá. Claro que los hay. Pero, en mi opinión, son los menos. En un interesante artículo aparecido hace unos días en Religión en Libertad titulado 5 claves para que las homilías lleguen mejor al feligrés en misa, la foto que le acompañaba era precisamente la de un niño tapándose la boca y tratando de disimular su bostezo.

Sin ánimo de ser exhaustivo, les propongo un listado de los cinco tipos de predicadores que hay que evitar (y por los que hay que rezar, ciertamente):

1. El farragoso. La propia definición que recoge el diccionario lo explica bien: “Que es poco claro e incluye cosas o ideas superfluas y desordenadas que lo hacen confuso y pesado”. En el Evangelio de San Lucas, en su capítulo 10, Cristo alaba a su Padre porque “has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños”. Él explicaba con parábolas precisamente para hacerse entender por todos. El farragoso, por el contrario, toma esas explicaciones sencillas y las eleva a unas categorías que ni él mismo comprende. Hace complicadas, ásperas e ininteligibles las cosas de Dios.

2. El meloso. Se trata de aquel predicador que edulcora sus palabras, su tono de voz aflautado y hasta sus gestos. Todo en él es suave, afectado y cursi. Su mensaje es blando, fofo, dulzón y sentimentaloide. Es decir, una deformación del Evangelio. Más que en sal de la tierra, se ha convertido en azúcar.

3. Los vendedores de misericordia barata. Son los que confunden la verdadera misericordia con el “todo vale”. Suelen ser presa fácil del relativismo. Presentan a una especie de Dios bobalicón que transige con todo, quizás porque ellos mismos son así. Tratan de ganarse a todos y de caer bien a todo el mundo, cosa loable si se hace a imitación de San Pablo, pero repudiable si es por puro narcisismo o por incapacidad para llevar la contraria al pensamiento dominante. Su gran pecado es negar el pecado o reducirlo a algo abstracto o comunitario, donde apenas hay responsabilidad personal. Sus homilías recuerdan con frecuencia más al discurso de un activista social que al de “un embajador de Cristo” (2 Cor 5, 20).

4. El pelagiano. Aquellos predicadores que, como afirmaba Santa Teresita de Lisieux, “truenan” y atemorizan desde el ambón. Sus homilías suelen ser eminentemente moralistas. Son ortodoxos doctrinalmente, por eso parecen “sanos”, pero presentan a un Dios al que sólo se le alcanza con las buenas obras. No acostumbran a hablar de Amor, y si lo hacen es de un modo mecánico y frío, porque no están enamorados. Como los fariseos de antaño, “cargan pesados fardos a los hombros de la gente” (Mt 23, 3). No consuelan, no acogen, sus homilías son con frecuencia una bronca a los oyentes y un lamento por “lo mal que está el mundo”. En el fondo sólo confían en sus propias fuerzas y han olvidado del poder del Señor.

5. El ramplón. La homilía es un mal trago por el que tiene que pasar una vez a la semana. Predicar para él es una carga, y se le nota. Habla por llenar un tiempo. Le da poca importancia a la predicación, y se dedica a concatenar vaguedades y generalidades. A veces se limita a bajarse una homilía de internet y a leerla. Nunca mira a los feligreses a la cara cuando están en el ambón.

Predicar bien no es cuestión solo de técnica. Yo soy periodista y disfruto cuando veo a un buen comunicador. Pero, como les digo, predicar bien tiene que ser algo más que aplicar unas técnicas comunicativas. Conozco sacerdotes que predican “con muy poca técnica” pero con una profundidad y una autenticidad extraordinarias. Hablan con autoridad, porque hablan de lo que conocen y han experimentado. Y conozco también sacerdotes que predican “con mucha técnica”, con soltura y tablas, pero apenas van más allá de repetir tópicos e ideas prestadas. Quizás, la primera norma para predicar bien sea, como siempre, la conversión profunda y continua del corazón; recuperar el asombro del converso, del que ha sido tocado por la gracia, del que se sabe amado y quiere transmitir ese Amor. Porque sólo los enamorados están capacitados para hablar de Él.