Estos mismos días, en el Palacio de Congresos de la Castellana, se está celebrando un Congreso sobre La Sagrada Escritura, o más exactamente, sobre la Palabra de Dios. Sin duda se trata de un acontecimiento merecedor de toda atención: por su importancia, por el número de asistentes, por la representación tan cualificada de la Jerarquía de la Iglesia y de colaboradores en la acción pastoral de la Iglesia, por la misma calidad de los ponentes y la hondura y rigurosidad de sus planteamientos, por tantas otras cosas. ¿Cuál es el motivo o la ocasión de este magno Congreso? El más inmediato es el de la presentación al gran público, a todos los fieles y a quienes estén interesados, de la nueva traducción oficial de la Conferencia Episcopal de la Sagrada Escritura. Es la primera vez que esto ocurre.

De todos es conocido, –y todos se han beneficiado–, el gran impulso dado por el Concilio Vaticano II al conocimiento, lectura y difusión de la Sagrada Escritura, especialmente en el texto de su Constitución sobre «la Revelación divina». La Liturgia ha sido uno de lo cauces privilegiados y principales por el que se ha llevado a cabo la disposición conciliar de «abrir los tesoros de la Biblia con mayor amplitud», de modo que la mesa de la Palabra de Dios se preparara con mayor abundancia para los fieles.

En la espléndida, difícilmente mejorable, lúcida e iluminadora introducción de la Conferencia Episcopal a esta versión oficial –que no se puede ni se debería dejar de leer, rumiar y asimilar– se recuerda que «este mandato del Concilio lo concretó la reforma litúrgica aumentando notablemente las lecturas obligatorias u opcionales que se incluyeron en los leccionarios de la Misa y de la Liturgia de las Horas. Se logró así que el pueblo cristiano pueda escuchar en la Liturgia las partes más significativas de la Sagrada Escritura».

Al mismo tiempo, tanto en la catequesis, en las aulas, en la teología, en las distintas formas de predicación y de transmisión de la fe, como en la misma vida de las comunidades, de las asociaciones y movimientos, y de sacerdotes y fieles ha ido creciendo el interés innegable por el conocimiento y profundización de las Sagradas Escrituras, constituyendo este impulso uno de los más fecundos y renovadores de las últimas décadas dentro de la Iglesia. Son muchas y valiosas, sin duda alguna, las traducciones que distintas casas editoriales o grupos de expertos biblistas han hecho; su contribución a que la Palabra de Dios sea alimento principal de todo el pueblo de Dios ha sido extraordinaria y merecedora de todo agradecimiento y de gran admiración. «Ocurre, sin embargo, –señalan justamente los Obispos en la mencionada introducción–, que en el caso de los textos bíblicos que se proclaman en la Liturgia y, de forma muy significativa, en el de los salmos, himnos y cánticos, la traducción que se escucha en las celebraciones litúrgicas difiere de la que se puede leer en las otras muchas versiones de la Biblia que se han venido realizando antes de y, sobre todo, después del Concilio Vaticano II.

En relación con estas versiones cabe afirmar que, cuando se han realizado de acuerdo con los criterios señalados por el Vaticano II, es decir, con exactitud respecto a los textos originales y adaptación al genio propio de la lengua, han facilitado el encuentro de los fieles con la Palabra de Dios. Con todo, no parece exagerado afirmar que el hecho mismo de la proliferación de traducciones a la lengua vernácula y, en particular, las diferencias ya señaladas en la versión que se proclama en la Liturgia no contribuyen a que las palabras sagradas se vayan grabando en el corazón de los fieles y puedan aflorar espontáneamente, la catequesis, la oración, la celebración litúrgica y cualquier otro ámbito de la existencia cristiana». Por eso esta versión oficial.

Además de la excelente y concienzuda obra realizada durante años por el grupo de expertos biblistas, de su espléndido y bello lenguaje literario, del cuidado riguroso seguido por toda la Conferencia a lo largo de tantas reuniones de trabajo en diferentes organismos, así como el detenido examen de la Congregación para el Culto Divino, es necesario señalar y justamente encarecer y agradecer el primor y belleza de la edición o de la presentación tipográfica que la Biblioteca de Autores Cristianos ha realizado. Merecía hacerlo así.

No hay hechos casuales. Todo ocurre bajo la Providencia de Dios. Y Providencia es que aparezca esta versión oficial, al mismo tiempo prácticamente que el Papa dio a conocer su Exhortación Apostólica postsinodal «Verbum Domini» sobre la Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia. Esta nueva versión oficial española contribuirá de manera muy decidida y vigorosa a que, en España y otros países, la Palabra de Dios ocupe el lugar que corresponde en la vida de todos los fieles, a que vivamos de ella, y demos frutos abundantes de santidad, de caridad, de fe, de justicia, de vida y humanidad nueva, ..., que sólo pueden venir del riego, de la lluvia y de la fuente del agua viva de esta Palabra que sale de la boca de Dios. Esta sí que es una buena e importantísima noticia. Un camino de esperanza. Más de lo que se puede pensar.