Por qué el gobierno de ZP-Rubalcaba –me cuesta trabajo llamarlo español- está siempre arrodillado ante las barrabasadas del molesto y peligroso vecino del sur. Eso es, ¿por qué? ¿Sabe más de la cuenta el “mojamé” de Rabat, digamos, por ejemplo, de la matanza del 11-M? Es que tanta sumisión y pleitesía, desde que Aznar dejó el Poder, tiene muy difícil explicación, a menos que... En todo caso, el papelón que están haciendo doña Trini y su jefe, ante la brutalidad de las ropas marroquíes con los indefensos saharauis, es de antología. Nunca España representó un papel tan infame y sumiso ante el bravucón de turno. Nunca nuestra dignidad nacional ha estado tan por los suelos. Repito, ¿por qué, a causa de qué? ¿Qué le debe el gobierno de ZP al sátrapa alauita para postrarse de ese modo a sus pies?
 
Recordemos que el Sáhara Occidental fue provincia española. Los más viejos de la aldea, y los no tan viejos, recordarán a los procuradores de la provincia saharauí en las Cortes franquistas, aquellos tipos enflaquecidos, altos como cipreses, curtidos por el sol del desierto y vestidos siempre con túnicas blancas hasta los pies. Esa porción de territorio nacional, ¿ha dejado de ser provincia española a efectos del derecho internacional? No sabría contestarlo, sobre todo después de tanto plan de la ONU, acuerdos de su asamblea general y las numerosas idas y venidas de unos y otros. Pero si no es, al menos en teoría, provincia española, ¿qué es? Quizás un experto en relaciones internacionales podría aclararlo, aunque me temo que necesitaría mucho espacio para ello. De cualquier modo, lo que no es en absoluto, es territorio marroquí de pleno derecho, por mucho que Marruecos hable de sus provincias meridionales y mantenga a la población saharaui en arresto domicilio dentro su propia casa o expatriada en los campamentos de Tinduf. La posesión actual de aquel territorio por parte de Marruecos es fruto de una rapiña, de un asalto perpetrado por los vecinos del norte con la mascarada aquella de la “marcha verde”, hace ahora treinta y cinco años, aprovechando el estado de confusión y aturdimiento de las autoridades españolas, provocado por la agonía de Franco.
 
El reino alauita vive en permanente tensión o en conflicto con todos sus vecinos: saharauis, Argelia, Mauritania y España, a los que considera enemigos. Se trata, en muchos casos, más de obsesiones propias que de amenazas concretas, pero esa especie de paranoia fomentada desde el poder, tiene una finalidad muy definida: estimular el sentimiento patriótico de los súbditos domésticos y tenerles “entretenidos” con los supuestos peligros externos para que no reparen mucho en el despotismo que padecen. Pequeñas argucias de tiranuelos de escasos vuelos. Pero entre tanto España se ve envuelta en un conflicto sin salida pacífica previsible, gestionado por unos gobernantes enanos, con menos grandeza aún que el déspota del sur.