Iba a comentar esta semana la tarascada contra la visita del Papa a España de los sindicaleros bermejos del régimen bermellón, en amigable compaña de masones, ateos manifiestos y grupúsculos del despendole politizados y exhibicionistas, todos ellos cebados hasta reventar en el pesebre oficial que costeamos todos los exprimidos contribuyentes de este desdichado país. Pero dado que algún globero se me ha anticipado, aunque yo lo hubiera dicho de otro modo, dicho queda. Por lo demás la visita pontificia ha transcurrido con absoluta normalidad, y tanto en Santiago como en Barcelona, decenas de miles de fieles, -aparte los millones que hayan podido seguirlo por televisión-, han expresado directamente su afecto y cercanía a Benedicto XVI, que ha dicho verdades como puños, sin agresividad pero sin complejos ni temor, que tiempo tendremos, unos y otros, de rumiarlo con sosiego y extraer toda la sustancia de los mensajes papales. El papa Ratzinger sigue firme en su línea inquebrantable, lo quieran o no entender los mastines empeñados en destruir la Iglesia. Nada ha deslucido esta esplendorosa visita, a pesar de la fuga del ínclito ZP, especialista en desplantes y meteduras de pata, totalmente impropias de un jefe de Gobierno. Pero ¿qué se le puede pedir a un majadero de tal calibre, que no sabe siquiera vestir el cargo que ostenta?
 
Hecha, pues, la aclaración anterior, hablaré de un tema que llevo varias semanas posponiendo, porque sin ser de apremiante actualidad, que tanto nos condiciona a los periodistas por la gracia de Dios, sí es, en cambio, de gran oportunidad. Me refiero al libro El desafío del amor, editado por Libros Libres y publicitado en estas páginas de ReL. Es un libro que, le dije a Alex Rosal, el editor, me hubiera gustado escribir a mí, aunque difícilmente hubiera podido superar la elegancia, el buen estilo y las constantes y adecuadas referencias bíblicas que emplean sus dos autores, dos americanos que se apellidan igual, Kendrick, lo que me hace sospechar que tal vez sean hermanos de sangre, aunque nada se dice de ello, pero sin duda lo son en la fe y en su benemérito propósito de ayudar a los matrimonios a ser felices y buenos cristianos en su vida conyugal.
 
A mí me ha gustado de manera especial porque me ha recordado tantas y tantas vivencias de mi propio matrimonio, durante los cincuenta años, cuatro meses y veintidós días que duró hasta que Dios decidió llevarse consigo a mi santa esposa, que lo fue, aunque la Iglesia no la beatifique o canonice, que eso de tener en cuenta las virtudes de los seglares, sobre todo de las madres de familia, verdaderas sacerdotisas de la Iglesia doméstica, en especial si tienen que pastorear una familia más que numerosa, no se lleva mucho en nuestros días. Los laicos contamos poco en la estima del cuerpo eclesiástico, aunque seamos siempre la fiel infantería.
 
Aplicando los buenos consejos y pertinentes sugerencias de este excelente libro, muchos años antes de que se publicara, mi matrimonio fue siempre serenamente feliz, incluso apasionado en no pocos momentos. En los últimos años, Goyi, mi mujer, solía decirme: “me casé contigo porque te quería, obviamente, pero cuanto más tiempo pasa, más te quiero”. Raramente estuvimos alguna vez de morros, pero de modo muy efímero, generalmente por cuestiones menores; sin embargo, nunca dejamos de darnos un beso al día, como poco. Muchas noches, muchas, que Goyi se acostaba antes que yo, subía a la habitación y si no estaba dormida del todo, me arrodillaba a la vera de la cama y la llenaba el rostro de amagos de besos, besos más insinuados que consumados. Mi mujer entreabría los ojos, me miraba, se sonreía y volvía cerrarlos como sugiriendo: son todavía pocos. A mí el corazón se me inflaba igual que un globo, tal que si quiera echar a volar.
 
No cuento estas pequeñas intimidades par exhibirme, para presumir de lo que en realidad a nadie importa, sino para confirmar que la fórmula o fórmulas que propone el libro funciona, o puede funcionar si estamos dispuestos a que funcione. En este mundo de ahora hay mucho desamor, mucho egoísmo personal, mucha insensatez, mucho matrimonio destruido por frivolidad, muchas personas que sufren un gran déficit de cariño, quizás simplemente de un beso diario. Tengo una vecina, licenciada en Económicas, excelente mujer, buena ama de casa, pero que no se siente realizada, acaso poco valorada por su marido, un tipo majo, muy preparado, estupendamente colocado en una multinacional de telecos, del que nada sé que se pueda avergonzar, con tres niñas que son como tres soles, y, sin embargo, sospecho, que no son todo lo felices que pudieran ser. Una vieja amiga, aunque no amiga vieja, a la que conozco hace sesenta años, casada con un militar técnico de alto empleo, por supuesto ya retirado, que siendo ambos personas respetables y de principios, la encuentro siempre quejosa y decepcionada. No pienso que tal vez no tenga motivos para ello, pero me digo, observando estos ejemplos que he citado como muestra, y otros más que podría añadir, que mucha gente, mucha, no sabe estimar ni aprovechar los pequeños tesoros que la vida le ofrece, la felicidad que tiene al alcance de la mano, la dicha recíproca que puede lograrse con la persona, mujer u hombre, que Dios le ha dado de compañía.

En fin, que la gente no sé como se las arregla para malograr lo mucho que el Buen Padre nos regala. Por eso recomiendo a cuantos quieran escucharme, que entren, por favor, en este libro. Les hará bien y le ayudará a encontrar el camino de la felicidad posible en estos páramos con la pareja que tienen. Todo lo demás no son más que fantasías, quimeras, quebraderos de cabeza y mayores frustraciones. Además, quién repara el daño que se hace a los hijos, o es que ellos no tienen derecho a gozar de unos padres cariñosos y razonables.