Que el Papa venga a nuestra tierra no es cualquier cosa. No bastan la sana expectación, el afecto sincero o la réplica encendida a la bazofia que sueltan algunos políticos y medios de comunicación. Benedicto XVI llega en una encrucijada de nuestra historia como país, en un momento de fractura social y cultural, de desencanto y nihilismo crecientes. Llega para confirmar en la fe a una Iglesia que como él mismo dijo recientemente en Portugal, tiene que aprender de nuevo el modo de estar presente en una sociedad que ha sufrido una profunda mutación antropológica y cultural.

Como Sucesor de Pedro llegará a la Compostela eterna para entrar como un  peregrino más por la puerta santa, y postrarse a los pies del apóstol Santiago. El propio gesto condensa un significado inmenso y central: no inventamos el cristianismo, lo recibimos. Hay una cadena ininterrumpida de testigos que hace presente hoy, en los albores del siglo XXI, aquel primer encuentro de los discípulos con Jesús. El pescador de Galilea que llegó hasta el Finisterrae movido por el deseo de anunciar el Evangelio se da la mano con el Papa teólogo llegado de Baviera. ¿Quién podría haber pensado una historia así?

Así que el Papa entrará en España por la puerta de Santiago señalando con gestos y palabras la roca de la fe apostólica, la consistencia que no radica en el poder, la influencia o el prestigio institucional que en cada época haya recabado la Iglesia, sino en la fidelidad a Cristo sellada con la vida de tantas generaciones de cristianos. El propio Camino que simbólicamente recorrerá Benedicto XVI, dando cumplimiento a una vieja aspiración personal, es un icono de esta historia bellísima aunque también dramática: la fe que da forma a la vida, que genera comunidades, obras, arte y cultura, que se realiza en la caridad. La fe que también han sellado con su sangre miles de mártires, como sigue sucediendo hoy en diversas partes del mundo.

Un Papa que tanto ha pensado y hablado sobre Europa no podrá dejar de contemplar la extensión del viejo continente desde la meta de Compostela. Ya no se levanta el telón de acero que rasgaba su piel en 1982, cuando Juan Pablo II clamó por una Europa unida del Atlántico a los Urales, una Europa que el Papa eslavo soñaba de nuevo regada por la savia de la fe cristiana. El telón cayó pero la marginación de Dios parece un viento gélido que azota del este al oeste y viceversa. La Iglesia, por su parte, apura su propia purificación como le gusta subrayar a Benedicto XVI. Ha sufrido una dura poda pero también ha profundizado la conciencia de su misión en este contexto nuevo, y luce ya los brotes de una primavera apenas atisbada.  

Y Benedicto XVI, el Papa teólogo que acaba de recordar a Peterson y a Guardini, es el hombre que la Providencia ha dispuesto para guiar la barca en esta travesía. Anclado en  la mejor Tradición católica asume el desafío de una nueva misión, de un nuevo diálogo no menos provocador que el que hubieron de desarrollar los Padres de los primeros siglos de la era cristiana. Es preciso "mostrar al mundo nuevos mundos", es una hora que exige de los cristianos audacia profética, coraje y creatividad, inteligencia y pasión. Por eso no creo que la lección del Papa se quede en una mera evocación nostálgica de las raíces cristianas de Europa, sino que será un apremio a encarnar en el molde histórico de este siglo, la irreductible originalidad de la fe. Una invitación al riesgo del testimonio personal y comunitario.
 Por eso la etapa de Barcelona tiene un peculiar sabor a desafío (y algunos, aunque torpes y enrabietados, lo han husmeado bien). En medio de la ciudad secularizada se levantan las bellísimas agujas de la Sagrada Familia, cobijando un espacio para la vida, el espacio de la liturgia cristiana en el que se realiza el milagro de la irrupción del Misterio en la trama cotidiana del hombre terrenal. Dedicar este templo es también afirmar al aire libre que la fe vive y palpita en el tejido de la ciudad, como hogar encendido cuya puerta siempre se puede traspasar. Es mostrar que esta fe encarnada en la biografía cotidiana de millones de hombres y mujeres no queda presa en formas culturales de una época ni se frena por los errores de la historia. Es una corriente impetuosa que a veces puede parecer que circula bajo tierra, pero siempre busca aflorar a la luz del día, como ese torrente de piedra que se levanta hacia el cielo de Barcelona, cincelado por la maestría fantástica de un hombre cristiano, Antonio Gaudí.

Quizás esta Basílica asentada en medio de la retícula urbana, testigo de la soledad y el abandono pero también de la búsqueda incansable del hombre de la ciudad secularizada, sea un espejo de aquel atrio de los gentiles que soñó Benedicto XVI en su viaje a Praga. Quizás la palabra bella y precisa de este hombre, padre y hermano, alivie muchos dolores, abra muchas cerrazones, nos lance a la aventura de la misión. Y quizás no pocos, alejados del corazón de la Iglesia pero inquietos en su búsqueda humana, se reconozcan entonces amigos de nosotros, los que por gracia hemos encontrado el don de la fe y queremos compartir a corazón abierto nuestra esperanza. Ambos serían dos regalos en uno: una Iglesia más libre y más osada para llegar al nuevo Finisterrae, y una sociedad más reconciliada entre sus diversos afluentes, más unida en la búsqueda de la justicia y de la paz.

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