Uno de los aspectos más odiosos y difícilmente comprensibles del conflicto en Ucrania, que se arrastra ya desde hace muchos meses, es la intolerancia de las partes, que desembocó en las últimas semanas en episodios de violencia e intimidación en relación con los fieles y los mismos ministros del culto.

El vicario del metropolita ortodoxo de Kiev, el obispo Onufry Berezovskij, expresó su indignación en los días pasados por las acciones incalificables realizadas por las tropas del gobierno ucraniano en Donbass, en la provincia de Donetsk, en el distrito de Amvrosiev y en otras zonas particularmente "calientes" del País.

El mismo Onufry, que dirige la sede metropolitana desde hace varios meses, a causa de la enfermedad y de la muerte del metropolita Vladimir Sabodan, trató ya desde las primeras revueltas del Maidán de evitar que las diferencias confesionales pudiesen convertirse en armas del conflicto. 

Hoy su denuncia suena como una derrota de las jerarquías eclesiásticas, obligadas a tomar posición entre las partes en lucha.

También las jerarquías greco-católicas, de hecho, han comenzado a levantar la voz en defensa de sus propios derechos pisoteados.


Considerando la particular fragmentación del contexto religioso ucraniano, la relativa distancia de las Iglesias de las fases más agudas de los sucesos en acto, parecía una especie de milagro.

El esfuerzo en mantener el equilibrio y el respeto recíproco, si bien en las dificultades para componer las insanables desconfianzas, fue hasta ahora difundido y convergente por parte de todos los miembros del clero y de los guías espirituales de la nación.

El fondo religioso del conflicto ucraniano es de hecho extremadamente resistente, porque justamente en eso se desarrolló la identidad misma de las varias facciones del pueblo ucraniano.

Los habitantes de Ucrania no se distinguen de hecho ni por etnias -que es la común de los pueblos de la "Gran Rusia" de Moscú, Kiev y Minsk- ni tampoco mucho por la lengua, que en sus modulaciones espacia la cercanía con el polaco con el ruso y los dialectos turco-caucásico, pero es en realidad la misma para todos.


Justamente las motivaciones lingüísticas, en favor del ruso o del ucraniano, que fueron usadas como ocasiones formales de varias revueltas locales, escondían en verdad la única razón de las divisiones, la diferencia religiosa.

Los ucranianos se dividen en:

-ortodoxos pro-rusos,
-ortodoxos ucranianos nacionalistas,
-católicos "uniatas" (católicos de liturgia bizantina) 
-y católicos latinos.

El conflicto religioso se desarrolló siempre entre estas denominaciones de la única religión cristiana, siendo por otro lado un pueblo bastante refractario a otras confesiones, comprendido el protestantismo; los hebreos, que en siglo pasado formaban una comunidad bastante significativa, fueron alejados de hecho, formando la base originaria del nuevo Estado de Israel después de la Segunda Guerra mundial, así que ni siquiera el antisemitismo logra complicar esta lucha interna del cristianismo.


Los episodios de intolerancia de estos días, por el resto, recuerdan muy de cerca y se unen a aquellos de hace 20 años, cuando se derrumbó la URSS en 1991 y provocó inmediatamente "el rendimiento de cuentas" entre los cristianos: la Iglesia ortodoxa de dividió en varias partes y los greco-católicos salieron de la clandestinidad, retomando -a veces por la fuerza- templos que Stalin les había confiscado y entregado a los ortodoxos.

A veces hubo incluso momentos de gran tensión entre los mismos católicos  de rito latino y de rito bizantino.

Las parroquias y las iglesias, las pocas que quedaron de los tiempos soviéticos y las muchas apenas reconstruidas, eran reclamadas por unos y otros.

La propaganda de una u otra parte, las conveniencias materiales o espirituales, y hoy lamentablemente también las facciones hacen pender la balanza en direcciones distintas cada día, en el engranaje enloquecido de la identidad, que también la política ucraniana sostiene.


Sobre todas las motivaciones ideológicas, históricas y teológicas, se entiende la gran pretensión del Patriarcado de Moscú, que desde el derrumbe del imperio soviético reafirma la teoría de la "integridad del territorio canónico", o sea del poder de jurisdicción de Moscú sobre todos los fieles ortodoxos de las ex-repúblicas soviéticas, de la cual Ucrania es obviamente la principal.

La cuestión en realidad empezó hace siglos, cuando Moscú proclamó la autocefalia patriarcal a fines del siglo XVI... al tiempo que muchas diócesis ucranianas de rito bizantino se adherían a la unión con el Papa de Roma.

Las dos interpretaciones del cristianismo ruso y ucraniano, la ruso-céntrica y la romano-céntrica, han generado continuos conflictos jamás resueltos, hoy agravados por la variante autonomista nacional, producida por la reacción a la opresión imperialista soviética.


No es casualidad que Moscú acusó inmediatamente a los greco-católicos de haber sido los fomentadores de la revuelta del Maidán, y usando el apelativo infamante de "banderovtsy", seguidores de Stepan Bandera, el político de doble cara en el conflicto entre soviéticos y nazis, que era un greco-católico.

El Vaticano, acusado por Moscú de no saber controlar a los "uniatas", está en evidente dificultad, no sabiendo qué razón apoyar, la confesional o la ecuménica.

Si no se resuelve el rompecabezas por la vía militar y política, quedará igualmente abierta la cuestión del "territorio canónico", del "mundo ruso" como lo llama el mismo Putin: es la última guerra de religión de los cristianos europeos, antes de desaparecer del todo del "viejo mundo" y ceder a la indiferencia cínica de los occidentales, hombres ya sin raíces. En las tierras rusas se combatiría aún por el Evangelio, por ver quien debe representarlo al mundo (y no sólo en Ucrania).