Cada mañana camina cinco kilómetros sin salir de casa; los largos pasillos del Palacio Arzobispal le ofrecen un magnífico y señorial circuito para ello. No cabe duda de que está en forma y así lo corroboran sus últimos chequeos médicos. Han pasado ya siete años desde su llegada a Sevilla y, con siete décadas recién cumplidas, Juan José Asenjo Pelegrina (Sigüenza, Guadalajara, 1945) afronta la incertidumbre del momento actual con buen ánimo, esperanza y -¿por qué no?- una pizca de esa hispalense retranca a la que definitivamente parece haberle cogido el truco.


-La contemplo con preocupación. El cuarto mandamiento de la Ley de Dios nos obliga a honrar a nuestro padre y nuestra madre, por tanto también a nuestra patria. Yo rezo por ella todos los días, pidiéndole al Señor que inspire a nuestros gobernantes para que tengan generosidad y altura de miras, más allá de los intereses particulares. Desearía que se buscara una solución razonable a esta crisis que llevamos viviendo desde el 20 de diciembre.

-Sí. He querido adivinar ese tipo de sentimientos negativos, que tendrían que estar muy alejados de las personas que tienen responsabilidades políticas. Deploro que a veces se dejen llevar por las vísceras más que por la racionalidad y el deseo sincero de servir al bien común.

-Puede serlo teóricamente, pero luego en la práctica a veces priman otro tipo de sentimientos. Habría que superar eso con el deseo sincero de servir al bien de España, mirando al futuro, a la superación de una crisis económica que todavía no está superada, y sobre todo a tanta gente que está sufriendo sus terribles consecuencias.

-He sido profesor de Historia de la Iglesia veintitrés años y sé que ha vivido toda clase de situaciones. Por eso contemplo esa posibilidad con serenidad. Como dice San Pablo, para los que aman a Dios, todo lo que sucede, sucede para bien. A veces, las situaciones confortables no son las mejores para la Iglesia. A veces, la persecución o la infravaloración espolean el fervor y nos sirven para purificarnos. De manera que veo esa posibilidad con preocupación desde el punto de vista social, político y económico, pero desde el punto de vista de la Iglesia, quién sabe, a lo mejor es una gracia de Dios.

-La Iglesia no es en estos momentos ningún poder fáctico, como otras instituciones que en otro tiempo pudieron ser relevantes y hoy representan bien poco. Esa consideración se debe a una especie de inercia o a falta de información sobre lo que la Iglesia significa en estos momentos. Ni un servidor ni la Conferencia Episcopal tenemos una influencia tan grande como para decir eso. Más bien pienso que no lo somos en absoluto.
Lo cierto es que todavía muchos insisten en las ofensas y las mofas a la Iglesia. Me gustaría que los políticos también defendieran la libertad religiosa, de manera que los creyentes no nos veamos tantas veces en los medios de comunicación, no voy a decir perseguidos porque no es el caso, pero sí ridiculizados.

-No. Observo en algunos grupos políticos una especie de iconoclastia; una tendencia a derribar todo lo existente, como si todo fuera malo. Yo pienso que hay muchas instituciones que han servido y siguen sirviendo muy eficazmente a España y no hay por qué derribarlas ni atentar contra ellas.

-No lo tengo tan claro. La Iglesia, entendida como conjunto, con las Cáritas, las parroquias, los religiosos y, en Andalucía, las hermandades, está dando todavía una respuesta sobresaliente a la situación de la que yo me siento orgulloso. Si no hubiera sido por la Iglesia muchos millares de personas en Andalucía no habrían comido cada día. Pero que nos lo reconozcan no es tan importante; lo importante es cumplir con nuestro deber. Y la Iglesia en Andalucía ha hecho honor a la obligación que le impuso Pablo VI de ser la samaritana de la humanidad.

-Tengo la impresión de que no han cambiado sustancialmente. Es verdad, por lo que dicen los técnicos, que estamos en camino de superar la crisis, pero eso es en lo que llaman la macroeconomía, los resultados de los grandes bancos y las grandes empresas, sin embargo ese bienestar todavía no está descendiendo a la microeconomía de las familias.

-Probablemente sí. Ese es uno de los caminos, otros no estamos en disposición de controlarlos. Pero para lo que de nosotros dependa, disposición no va a faltar. El Papa dice que la misericordia es uno de los contenidos centrales del Evangelio y la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. Como seguidores de Jesús tenemos que tomarnos muy en serio la cercanía a los pobres y a los que sufren. Y en ello estamos.

-Me ha producido un cierto hartazgo. Estar un año mareando la perdiz, diciendo, desdiciéndose, buscando... me ha parecido un espectáculo poco edificante. Yo les pediría a los hermanos mayores y al Consejo que en el futuro se solucionen estos problemas con mucha generosidad y desde luego con celeridad. No nos benefician, ni a ellos ni a la Iglesia, estar meses y meses con diatribas, como si el principal problema de los creyentes fuera precisamente ese.

-Yo siempre aconsejo a las hermandades que haya una candidatura de consenso, porque cuando hay más de una siempre termina habiendo heridas que son difícil de restañar. En el Consejo es distinto. Me parece lícito y muy bien que haya dos candidaturas, porque no creo que eso pueda tener las mismas consecuencias que en una hermandad. Conozco y estimo a los dos candidatos y yo voy a mantener una exquisita neutralidad.