El pasado 7 de marzo, dos trabajadores murieron durante el incendio de un edificio de apartamentos en construcción en el centro de Denver (Colorado). Roberto Flores, de 29 años, y Dustin Peterson, de 27, no pudieron escapar a un fuego de gran virulencia que llenó de humo todas sus plantas, sin que los bomberos pudiesen evitar la extensión del siniestro, cuyas causas aún se desconocen.



Hubo otro tercer obrero que se encontraba en el edificio y que pudo morir junto con sus compañeros, pero sucedió un hecho que él no duda en contar como inexplicable. Así se lo explicó en exclusiva a la edición española del portal de la diócesis de Denver, Denver Catholic:

Elías Venegas, el hombre de 53 años que fue visto y fotografiado intentando escapar desde el tercer piso de un edificio envuelto en llamas en Denver el pasado miércoles, 7 de marzo, asegura que no estaba solo: Dios estuvo ahí. No tiene huesos fracturados ni lesiones serias internas o externas. Simplemente está “un poco adolorido”.

Siento que Dios estaba ahí y que actuó. Me estaba protegiendo”, dijo Venegas en una entrevista exclusiva con el Denver Catholic en español. “Así es como Dios se manifiesta”.


Elías Venegas es un hombre de fe que predica a un Dios vivo y, como él mismo explica, ha comprobado que lo es.

Siendo el trabajador que más lejos se encontraba de la salida, considera un milagro el hecho de haber salido ileso. Estaba en el techo del edificio de cinco pisos cuando este se incendió.

“Terminé de comer [en el techo del edificio] y le dije a un compañero que tenía que hablarle a mi esposa,” recuenta el sobreviviente. “Caminé hacia el otro lado del techo para hablar y cuando venía de regreso, vi el humo que subía por un lado del edificio, así que le grité a mis dos compañeros para que corrieran”.

Aunque recuerda los siguientes segundos confusamente, está seguro que bajó detrás de sus colegas hasta el tercer piso, donde las autoridades creen que el incendio se generó, donde se encontró con una ola espesa de humo negro, proveniente de lo que parecían ser las escaleras, y perdió de vista a sus compañeros que habían bajado.

“Decidí no bajar. Algo me decía que no me fuera por ahí,” relata Venegas.

En cambio, corrió hacia la primera apertura que vio: una puerta diseñada para un balcón y atravesada con tablones de seguridad, y consiguió salir a la parte exterior del edificio para intentar bajar.

“Quería brincar a la puerta del segundo piso pero las manos se me cansaron. Tenía todo el peso en las manos y [el edificio] estaba de más caliente,” recuerda. “Miré al suelo y dije: ¿cómo voy a brincar? Está muy alto”.

Fue en ese momento que fue fotografiado por un testigo, mientras se encontraba suspendido, justo antes de soltarse.

“Nada más sentí que me solté. Y cuando me solté, sentí un aire suave, como si alguien me hubiera soplado en la cara. De ahí no recuerdo nada más. No recuerdo estar cayendo ni haber caído. Solo recuerdo que había personas alrededor preguntándome si estaba bien. Me levanté mareado, pero no sentía dolor, solo estaba confundido. Lo único que pensaba era en llamarle a mi esposa”, cuenta Venegas.



Sus compañeros que también se encontraban en el techo no lo vieron salir y creyeron que no había logrado escapar, así que cuando lo encontraron en la acera, lo recibieron con gran alegría.

Venegas fue ingresado al hospital después del incidente y volvió el día siguiente para obtener análisis médicos, pero los doctores no le encontraron ninguna lesión seria.

“Solo estoy un poco adolorido”, dice con una sonrisa. “Todos estaban sorprendidos, hasta los doctores, de que no tuviera huesos fracturados o lesiones serias. La enfermera, el oficial de seguridad y mi supervisor me dijeron que había sido un milagro que nada me hubiera pasado desde esa altura”.

Venegas, quien es catequista en la iglesia San Pío X en Aurora y voluntario en otras organizaciones arquidiocesanas con su esposa, Raquel, como en la Escuela de Evangelización San Pablo, está sobre todo agradecido con Dios por estar vivo.


Feligreses de la iglesia de San Pío X de Aurora, cerca de Denver, en la Marcha por la Vida de este año. Al frente de ellos, el párroco, Jorge Agüera, sacerdote español nacido en Burgos, ordenado en Cuenca en 1997. Completó su formación en la Facultad de Teología de San Dámaso, en Madrid, y luego en Roma. Es miembro de la congregación de los Corazones de Jesús y de María, y ejerce su apostolado en Estados Unidos, primero en Virginia y ahora en Colorado, desde 2004.

“Dios todavía no me quería allá [en el Cielo] porque aún no termino mi misión aquí en la tierra”, dice Venegas. “Me pone triste el pensar que dos trabajadores no pudieron escapar. Ellos y sus familias van a estar en mis oraciones”.

“Estoy muy agradecido por esta nueva oportunidad que Dios me ha dado”, reflexionó. “Uno siempre predica a un Dios vivo y yo lo pude comprobar. No es algo que pasó solo hace dos mil años. Yo lo comprobé y muchos otros lo han comprobado también”.

Artículo publicado originalmente en Denver Catholic.