El pasado 9 de marzo, el arzobispo de San Francisco, Salvatore Cordileone, se trasladó a una de las prisiones más célebres del mundo, San Quintín, para administrar el sacramento de la confirmación a cuatro presos. Entre ellos, un convicto de dos asesinatos: Kent Wimberly, de 52 años, sentenciado en 1979 a cadena perpetua por matar, cuando tenía 17, a los padres de su mejor amigo.

En el largo proceso de su conversión ha tenido un papel relevante otro recluso, John Grein, de 54 años, entre rejas con la misma condena y también por asesinato. Y los dos, a preguntas del Catholic San Francisco, responden al unísono por las razones de su cambio: "La Eucaristía".

"Siempre sentí que la comunión era mucho más que un gesto puramente simbólico", confiesa Wimberly, quien creció en una familia protestante de San Diego donde se leía habitualmente la Biblia y se iba al templo los domingos. Y Grein, educado como católico pero que luego en prisión se hizo protestante y trabajó como pastor, antes de volver a la Iglesia en 2004, corrobora esos motivos también en su caso: "La Eucaristía no representa el cuerpo y la sangre de Cristo. Es el cuerpo y la sangre de Cristo".

¿Cómo llegó Kent a este paso, después de pasar treinta y cinco años en la cárcel?

Todo comenzó en 2005, cuando ya había pasado mas de un cuarto de siglo desde el día en que cometió su crimen. Quería a toda costa la libertad provisional, así que se apuntó a un retiro de Kairos, una asociación protestante que imparte cursillos de cristianismo a presos de todo el país y también fuera de Estados Unidos con un lema: cambiar corazones para transformar vidas.

En aquel momento se consideraba un budista zen, y por tanto no creía en un Dios trascendente. Durante las charlas, sin embargo, Le pidió a Dios que, si era "real", se lo revelase. Y en ese momento, sentado y con los ojos cerrados, sintió una luz cada vez mayor y más brillante que le invadía: "Tanto, que literalmente pensé que iba a morir. Fue como una pincelada del cielo. Aquel día me encontré con Cristo".

Por su formación fundamentalista, eso para él se tradujo sobre todo en el estudio de la Biblia: completó sus cursos de Sagradas Escrituras y luego instruyó en ellas a otros internos.

Un día recibió la invitación de asistir a la capilla católica. Era su primera misa, pero algo pasó: "Sentí como que era allí donde debía estar". Y cuando el año pasado fue trasladado a San Quintín, comenzó a frecuentar la compañía del capellán jesuita, George Williams, quien le permitió participar en las actividades del grupo católico aun sabiendo que él no lo era ni tenía intención clara de serlo.

Con el tiempo ese contacto le llevó a leer varios catecismos de la biblioteca de la prisión, hasta decidir emprender esa vía. "Siempre me había identificado como protestante", explica, "pero cuando terminé de leer el catecismo me pregunté a mí mismo: exactamente, ¿de qué estoy protestando?". Comprendió que era un "protestante que practicaba el catolicismo", así que decidió transformar el obrar en ser. Poco después conoció a John Grein, el que se convirtió en su guía para el camino de la conversión, que desembocó hace dos semanas en su confirmación por monseñor Cordileone.

Kent reconoce que, dentro y fuera de los muros de San Quintín, muchos dudan de estas conversiones, considerándolas interesadas y oportunistas. "Algunos, tanto funcionarios como reclusos, se ríen de nosotros por haber encontrado a Jesús allí. Han conocido en su vida demasiados estafadores y farsantes", lamenta. Pero lo cierto es que, si bien la administración penitenciaria californiana informó favorablemente a su libertad provisional el año pasado, el gobernador del estado la rechazó, aunque a lo largo de este año puede revisar su decisión.

Es el momento que espera Kent para incorporarse a una comunidad católica y participar activamente en ella como parte de la vida renovada en Cristo que quiere llevar 35 años después de participar en un doble asesinato.