El pasado 28 de junio, celebrando los 65 años de la ordenación sacerdotal de Joseph Ratzinger, hoy Papa emérito Benedicto XVI, diversas editoriales le regalaron en distintos idiomas un libro que traduce 43 textos y homilías que él escribió acerca del sentido y valor del sacerdocio.

El libro se titula Enseñar y aprender el amor de Dios, y en español se puede adquirir en la Biblioteca de Autores Cristianos (bac-editorial.es). 

Incluye una introducción escrita por su sucesor al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal alemán Ludwig Müller. Müller no solo es alemán y Prefecto de esta congregación, como Ratzinger, sino que conoce muy bien el pensamiento teológico de Benedicto XVI y es el responsable de publicar y supervisar su "opera omnia". 

En su texto Müller se interroga por las causas de que haya una crisis en el sacerdocio y se pregunta cuál puede ser su solución, cómo renovar la función sacerdotal. Es un tema que ha tratado también en su reciente libro-entrevista Informe sobre la Esperanza (BAC). 

Aquí se detiene a analizar cómo en algunos aspectos la función del sacerdote católico se ha "protestantizado" y así se ha desdibujado y debilitado. 


 


Reproducimos a continuación, por su interés, un fragmento de esta introducción del cardenal alemán.


Sacerdocio católico y tentación protestante
por Gerhard L. Müller

El Concilio Vaticano II intentó reabrir un nuevo camino hacia la comprensión auténtica de la identidad del sacerdocio. ¿Pero por qué se llegó ahora, a posteriori del Concilio, a una crisis de identidad comparable históricamente sólo con las consecuencias de la Reforma protestante del siglo XVI?

Pienso en la crisis de la doctrina del sacerdocio que aconteció durante la Reforma protestante, una crisis a nivel dogmático, con lo cual el sacerdote fue reducido a un mero representante de la comunidad, mediante una eliminación de la diferencia esencial entre el sacerdocio ordenado y el sacerdocio común de todos los fieles. Y luego pienso en la crisis existencial y espiritual, acontecida en la segunda mitad del siglo XX, que explotó cronológicamente luego del Concilio Vaticano II – pero por cierto no a causa del Concilio – y cuyas consecuencias sufrimos todavía hoy.

Con gran perspicacia, Joseph Ratzinger pone en evidencia que allí donde falta el fundamento dogmático del sacerdocio católico no sólo se agota la fuente en la cual una vida puede abrevar en el seguimiento de Cristo, sino que falta también la motivación que lleva a una razonable comprensión, tanto de la renuncia al matrimonio por el reino de los cielos (cfr. Mt 19, 12) como del celibato cual signo escatológico del mundo de Dios que vendrá, signo de un vivir con la fuerza del Espíritu Santo, en alegría y certeza.

Si se oscurece la relación simbólica que pertenece a la naturaleza del sacramento, el celibato sacerdotal se convierte en los resabios de un pasado hostil a la corporalidad y es acentuado y combatido como la única causa de la penuria de los sacerdotes.

No menos importante es que desaparece también la evidencia, fundada en el magisterio y en la praxis de la Iglesia, que el sacramento del Orden debe ser administrado sólo a varones. Un oficio concebido en términos funcionales en la Iglesia se expone a la sospecha de legitimación de un dominio, que por el contrario debería ser fundamentado y limitado en sentido democrático. 

La crisis del sacerdocio en el mundo occidental, en las últimas décadas, es también el resultado de una desorientación radical de la identidad cristiana frente a una filosofía que transfiere al interior del mundo el sentido más profundo y el fin último de la historia y de toda existencia humana, privándolo así del horizonte trascendente y de la perspectiva escatológica.

Esperar todo de Dios y basar toda la vida en Dios, que en Cristo nos ha dado todo: ésta y sólo ésta puede ser la lógica de una elección de vida que, en la completa donación de sí, se pone en camino siguiendo a Jesús, participando en su misión de Salvador del mundo, misión que Él cumple en el sufrimiento y en la cruz, y que ha revelado ineludiblemente a través de su Resurrección de entre los muertos.

Pero en las raíces de esta crisis del sacerdocio deben señalarse también factores intra-eclesiales. Tal como muestra en sus primeras intervenciones, Joseph Ratzinger posee desde el comienzo una viva sensibilidad para percibir inmediatamente esos temblores con los que se anunciaba el terremoto: sobre todo en la apertura, por parte de numerosos ámbitos católicos, a la exégesis protestante en boga en los años '50 y '60 del siglo pasado.

Con frecuencia, por el lado católico, no hemos dado cuenta de las visiones prejuiciosas que subyacían en la exégesis surgida desde la Reforma. De este modo, en la Iglesia Católica (y Ortodoxa) se abatió la furia de la crítica al sacerdocio ministerial, porque se presumía que éste no tenía un fundamento bíblico.

El sacerdocio sacramental, totalmente referido al sacrificio eucarístico – tal como había sido afirmado en el Concilio de Trento –, a primera vista no parecía estar fundamentado bíblicamente, tanto desde el punto de vista terminológico como por aquello que se refiere a las prerrogativas particulares del sacerdote respecto a los laicos, especialmente en lo que se refiere al poder de consagrar.

La crítica radical al culto – y con ella la superación, a la que se apuntaba, de un sacerdocio que limitase la pretendida función de mediación – pareció que hacía perder terreno a una mediación sacerdotal en la Iglesia.

La Reforma atacó al sacerdocio sacramental, porque se sostenía que ponía en discusión la unicidad del sumo sacerdocio de Cristo (basada en la Carta a los Hebreos) y marginaba el sacerdocio universal de todos los fieles (según 1 Pe 2, 5). A esta crítica se unió por último la moderna idea de la autonomía del sujeto, con la praxis individualista que deriva de ella, la cual mira con sospecha cualquier ejercicio de la autoridad.

¿Qué visión teológica surgió de ello?

Por un lado se observaba que Jesús, desde un punto de vista sociológico-religioso, no era un sacerdote con funciones cultuales y, en consecuencia – para usar una fórmula anacrónica – era un laico.

Por otro lado, sobre la base del hecho que en el Nuevo Testamento no se adopta ninguna terminología sagrada para los servicios y los ministerios, sino más bien denominaciones consideradas profanas, pareció que se podía considerar demostrada como inadecuada la transformación – en la Iglesia de los orígenes, a partir del siglo III – de aquéllos que desarrollaban meras “funciones” en el interior de la comunidad en poseedores impropios de un nuevo sacerdocio cultual.

A su vez, Joseph Ratzinger somete a la crítica histórica marcada por la teología protestante a un examen crítico puntual y lo hace distinguiendo los prejuicios filosóficos y teológicos que subyacen en el uso del método histórico.

De ese modo, él logra mostrar que con las adquisiciones de la moderna exégesis bíblica y un análisis preciso del desarrollo histórico-dogmático se puede llegar en forma muy fundamentada a las afirmaciones dogmáticas producidas sobre todo en los Concilios de Florencia, de Trento y del Vaticano II. 



En Informe sobre la esperanza el cardenal Müller ya empezaba a explorar este tema del sacerdocio y como queda minado por la teologia protestante liberal

Lo que Jesús significa para la relación de todos los hombres y de toda la creación con Dios – en consecuencia, el reconocimiento de Cristo como Redentor y Mediador universal de salvación, desarrollado en la Carta a los Hebreos por medio de la categoría de “Sumo Sacerdote” (Archiereus) – no dependió nunca, como condición, de su pertenencia al sacerdocio levítico.

El fundamento del ser y de la misión de Jesús reside más que nada en el hecho que el procede del Padre, de esa casa y de ese templo en el cual habita y debe estar (cfr. Lc 2, 49).

Es la divinidad del Verbo que hace de Jesús, en la naturaleza humana que él ha asumido, el único y verdadero Maestro, Pastor, Sacerdote, Mediador y Redentor.

Él hace partícipes de su consagración y misión mediante la llamada a los Doce. De ellos surge el círculo de los apóstoles que fundan la misión de la Iglesia en la historia como dimensión esencial de la naturaleza eclesial. Ellos transmiten su poder a los líderes y pastores de la Iglesia universal y particular, quienes obran a nivel local y supra-local.

***

Más sobre esto en Enseñar y aprender el amor de Dios, por Joseph Ratzinger, (Benedicto XVI)