Santo Tomás Moro (1477-1535), San Juan Fisher (1469-1535), San Edmundo Campion (1540-1581), San Nicolás Owen (1550-1606)... la nómina de los mártires causados por la persecución religiosa en Inglaterra tras la reforma anglicana de Enrique VIII (1509-1547), y con especial virulencia en el reinado de Isabel I (1558-1603), impresiona por su barbarie y, al mismo tiempo, edifica por su testimonio de fe.

El jesuita cazado y colgado

A aquella época, en concreto a los últimos años del siglo XVI, pertenece también un personaje legendario: el jesuita John Gerard (1564ñ1637). Legendario, no porque falte un ápice de historicidad a sus documentadas hazañas, sino por la audacia de las hazañas mismas. Ha pasado a la historia con el sobrenombre de "el jesuita cazado/colgado" o "el sacerdote colgado", porque así tituló él la obra que sus superiores le forzaron a escribir: Autobiografía de un sacerdote colgado [Autobiography of a hunted priest], que acaba de reeditar Ignatius Press. El apodo ("hunted": cazado, torturado, colgado en su caso) le venía al pelo, pues en la tristemente célebre cámara de torturas de la tenebrosa Torre de Londres le aplicaron a fondo ese castigo, que descoyuntaba las muñecas y los hombros, acalambraba las piernas y ponía todo el cuerpo en tensión y dolor extremos.

Cuando llegó ese momento (le cazaron el 23 de abril de 1594), el padre Gerard no abrió la boca más que para pronunciar el nombre de Jesús. Sus captores no lograron arrancarle información alguna sobre otro compañero de orden a quien buscaban, el padre Henry Garnet (1555-1606). Y si se emplearon a fondo con Gerard, es porque le tenían ganas. Llevaban años buscándolo y siempre se les escapaba.

Un libro plagado de aventuras y detalles de cómo se perseguía la fe en la Inglaterra del siglo XVI.

Nacido en Derbyshire, segundogénito de Sir Thomas Gerard of Bryn, pasó en su juventud dos años de cárcel por católico. Luego estudió en Oxford y París, ingresó en los jesuitas, y regresó a su país natal en 1588, cuando, como él mismo narró después, "en todas partes se organizaban cacerías de católicos, se registraba sus casas y se les vigilaba para capturarles". San Pío V había excomulgado a la feroz reina Isabel en 1570 con la bula Regnans in excelsis, eximiendo a los católicos del deber de obedecerla, y éstos eran vistos como traidores. Los jesuitas en particular tenían prohibida la entrada en Inglaterra desde 1585.

El agujero del cura

Gerard era, pues, un proscrito en su propio país desde el momento en el que lo pisó de nuevo. Durante seis años estuvo atendiendo a los cristianos perseguidos administrándoles los sacramentos de forma clandestina. De aquellos tiempos datan los refugios secretos de las casas, mansiones y castillos británicos, pasadizos y rincones ("el agujero del cura") donde se escondían si en medio de una celebración o catequesis aparecían los esbirros de la reina. El cura colgado llegó a pasar cuatro días en uno de ellos sin más alimento que un bizcocho, hasta que pasó el peligro y pudo salir.

Él mismo cuenta en su libro cómo era una de estas estampidas: "El padre Roberto Southwell estaba al comienzo de la misa, los demás estábamos en oración. De repente oí el alboroto en la puerta principal. También oí a los sirvientes que impedían el acceso. El padre Southwell también oyó el griterío. De inmediato adivinó lo que estaba sucediendo. Rápidamente se sacó los ornamentos y desmontó el altar. Mientras lo hacía, nosotros tomamos todas nuestras cosas. No dejamos nada que pudiera delatar la presencia de un sacerdote. Algunos salieron y dieron vuelta los colchones de las camas para engañar a los que fueran a inspeccionarlas. Afuera, los rufianes gritaban y chillaban, pero los sirvientes sostenían la puerta. Dijeron que la dueña de casa estaba en el piso superior, pero que vendría a conversar. Este forcejeo entre sirvientes y asaltantes nos dio tiempo para acarrear todo y meternos en el estrecho escondite secreto... Los cazadores buscaron en toda la casa. Dieron vuelta todo lo imaginable. Cada cosa fue examinada rigurosamente, los guardarropas, los baúles y también las camas... El escondite estaba bajo la tierra y el agua cubría totalmente el suelo. Yo estuve con los pies en el agua todo el tiempo".

La fuga de un lugar inexpugnable

Tras más de un lustro convertido en uno de los enemigos públicos más buscados, el padre Gerard fue cazado y torturado con brutalidad especial, aunque su firme determinación y su silencio le libraron de algún tormento adicional que los jerifaltes de la Torre de Londres juzgaron inútil.

Pasó tres años en la cárcel. Durante un mes hizo de memoria los ejercicios espirituales de su padre San Ignacio y los predicó en varias ocasiones a otros prisioneros. Construyó un rosario con piel de naranja. Utilizaba su jugo para escribir cartas que sólo se hacían visibles al calentarlas. Sobornaba a los guardianes para que hicieran la vista gorda cuando decía misa...

Y el 3 de octubre de 1597, para acrecentar su leyenda, escapó de la Torre de Londres con la ayuda de unos amigos. Él estaba en la torre más protegida, Salt, separada sólo por un jardín de la torre Cradle donde Gerard había conseguido permiso para visitar a John Arden, que llevaba diez años encarrado por su fe. El jesuita colgado idea una fuga: desde la ventana de Arden es posible acceder al techo de la torre y desde allí deslizarse con unas cuerdas hasta el embarcadero. Así lo planea, y tras dos intentos fallidos consiguen alcanzar el muelle, donde en una noche oscura les esperan en un bote los hermanos jesuitas Richard Fullwood y John Lillie y el futuro San Nicolás Owen. Minutos después alcanzan un lugar donde cinco caballos aguardan al quinteto ignaciano. El sonido de sus cascos entre la niebla por los húmedos adoquines de Londres marca una huida que descompone a Su Majestad.

Una descripción sugerente en labios protestantes

Gerard estuvo aún ocho años en Inglaterra ejerciendo en secreto su ministerio, hasta que le destinaron a Europa para que, con esa experiencia, formase a nuevos misioneros. Pasó el resto de su vida en el Colegio Inglés de Roma, y hacia el final de sus días sus superiores le pidieron que redactase sus memorias. Lo hizo en latín, en la Autobiografía... citada, traducida al inglés en 1871.

De su influencia da cuenta la descripción que de él hizo a finales del siglo XIX el protestante Augustus Jessopp: "Su influencia era un punto menos que maravillosa. Los caballeros rurales le encontraban en la calle y le invitaban a sus casas, las señoras de alta cuna se hacían dirigir por él tanto en los asuntos temporales como espirituales. Profesores y alumnos corrían serios peligros para entrevistarse con él, y el número de sus conversos era legión. Era un hombre de alta alcurnia, imponente estatura, constitución vigorosa, dominador de tres o cuatro idiomas, con una rara maestría al hablar y una gracia y cortesía innatas en sus maneras. Estaba hecho para brillar en cualquier sociedad y dirigirla. Su resistencia al dolor era sobrehumana. Podía estar escondido días y noches seguidas en un agujero en el que no podía ponerse de pie, ni dormir, ni cambiar de posición, y salir bromeando sobre las úlceras que le habían salido en las piernas. Dicen que jamás olvidó un nombre ni un rostro ni un suceso. En su autobiografía, escrita veinte años después de los hechos, los más recientes investigadores no han encontrado un sólo dato que no sea absolutamente correcto. Desde el punto de vista literario, es una maravilla".

Un aventurero con sotana, un hombre de leyenda que había forjado la voluntad en su aristocrático hogar, en las exigencias de la formación del de Loyola y apretando los dientes mientras grilletes y cadenas hacían su trabajo en su carne y en sus huesos: John Gerard, S.I., el sacerdote cazado, el jesuita colgado, héroe en un tiempo en el que ser católico obligaba a serlo, audaz entre santos que sufrieron lo mismo que él. Representantes auténticos de la Merry England que murió al separarse de Roma.