Como siempre ocurre, la aparición del error es ocasión para que la verdad brille con más fuerza, para pensar más a fondo las cosas. El revuelo levantado en Estados Unidos sobre si el acceso a la comunión de los gobernantes que promueven el aborto ha sido también ocasión para tomar conciencia de lo que realmente significa la presencia real de Cristo en la hostia consagrada.

Me ha llamado la atención lo que escribe en el Catholic Herald Ken Craycraft (profesor en el Mount St. Mary’s Seminary and School of Theology, el seminario de la Archidiócesis de Cincinnati) sobre la dimensión política de la Eucaristía a partir de las dos ciudades agustinianas. Se entiende que no hablamos aquí de política partidista, ni siquiera de política en el sentido de ordenación de la vida en común (algo que no hay que olvidar para no caer en pietismos y espiritualismos desencarnados), sino de cuál es nuestro deber primero, obedecer a Dios o a los hombres.

Y de paso una bomba en la línea de flotación de quienes lanzas acusaciones contra quienes supuestamente “politizan” la Eucaristía.

Escribe Craycraft:

“La "Declaración de Principios" que unos sesenta demócratas de la Cámara de Representantes de Estados Unidos publicaron el pasado 18 de junio, criticando a los obispos norteamericanos por ser, bueno, pastores de su rebaño, es un modelo de prevaricación hipócrita.

La Declaración afirma que sus firmantes están comprometidos con "la dignidad de la vida" y que "trabajan cada día para promover el respeto a la vida y la dignidad de todo ser humano". Puede que sí, puede que no. Lo que sí es cierto es que cada uno de los firmantes niega la dignidad de algunas vidas humanas, concretamente las que están en el útero. No sólo. También niegan que sean de hecho vidas humanas.

Como mínimo, esto complica su afirmación según la cual trabajan en el contexto de la enseñanza católica. Si somos totalmente francos, ese hecho por sí solo desmiente la afirmación.

La Declaración también afirma que sus firmantes "creen que la Iglesia es el 'pueblo de Dios', llamado a ser una fuerza moral" en el mundo. Sin embargo, en otras partes afirman que sus conciencias personales están por encima de las enseñanzas de la Iglesia y todo el propósito de la Declaración es negar la autoridad moral de la Iglesia en asuntos referidos a la vida humana.

Esencialmente, la Declaración es un ejemplo de ese tipo de queja que critica a los obispos por «politizar» la Eucaristía. Bueno, parafraseando a Flannery O'Connor: Si la Eucaristía no es política, al diablo con ella [se cuenta la siguiente anécdota de la escritora Flannery O’Connor: en una conversación escuchó como alguien defendía que es propio de una mentalidad más abierta pensar que el Santísimo Sacramento del Altar es un gran símbolo, maravilloso y poderoso. Su respuesta fue: "Si sólo es un símbolo, al diablo con ella" NdT].

Aquellos cuyas vidas no están ordenadas por, alrededor de y hacia la Eucaristía, son aquellos cuyas vidas están definidas por otro amor que no es el amor a Cristo allí presente. Sus vidas se ordenan por la Ciudad Terrena, manifestada en este caso por la identidad política partidista o por la conciencia individual, radicalmente soberana. Esto se aplica a todo el espectro político estadounidense, a los que niegan la dignidad humana del no nacido, del inmigrante y del condenado a muerte.

La Eucaristía es fundamental e inextricablemente política. No puede ser separada de sus afirmaciones o implicaciones políticas. Crea una polis: la Ciudad de Dios. De hecho, es la afirmación política última que relativiza todas las demás políticas y subordina todas las demás afirmaciones de lealtad política a ella misma. Así pues, la Eucaristía plantea exigencias máximas a quienes pretenden estar ordenados por ella. El amor a la Eucaristía define al "pueblo de Dios" y lo diferencia de los que se definen por otros amores.

Los firmantes son católicos - consecuencia inevitable e inalienable de su bautismo-, pero la propia Declaración demuestra que su política no es la de los ciudadanos de la Ciudad de Dios que peregrinan en la tierra. Es la de la Ciudad Terrena, aunque estos católicos reclamen los beneficios de la ciudadanía celestial mientras persiguen los fines de un poder terrenal.

Al trabajar contra la afirmación moral más fundamental de la polis celestial (que no es sólo el aborto), estos políticos escandalizan a la Iglesia y rechazan la realidad política fundamental de la Eucaristía. Otros políticos escandalizan de otras maneras -quizás incluso de maneras similares- y emiten sus propias negaciones elocuentes de la realidad política de la Eucaristía. Pero ahora no estoy hablando de ellos.

He visto que la gente "cita" a Joe Biden diciendo que cree que el aborto es moralmente incorrecto, pero que no lo impondrá en las políticas públicas. Esa no es la posición que defiende, al menos desde la campaña electoral de 2020. Más bien ha dicho que "es un derecho de la mujer y punto".

Pero incluso si ha expresado alguna versión del eslogan "personalmente estoy en contra, pero…" en algún momento, aún así estaría rechazando la enseñanza de la Iglesia. El aborto tiene que ver con la justicia fundamental, no con la elección personal. Más aún: el aborto tiene que ver con una justicia fundamental que está en el corazón de lo que significa pertenecer a la Ciudad de Dios. Plantear el asunto en términos de oposición personal es rechazar la Ciudad de Dios por la Ciudad Terrena, porque la Ciudad de Dios no se centra en la elección personal, sino en el amor común a Dios.

La Iglesia cree que este amor común se define y se reúne en torno a la Eucaristía.

Más allá de las intenciones de los obispos estadounidenses al redactar una "declaración sobre el significado de la Eucaristía en la vida de la Iglesia", el debate que ha suscitado la noticia de que están discutiendo sobre este asunto no es solo sobre políticos que rechazan una doctrina (o doctrinas) particular de la Iglesia. Es sobre políticos que rechazan a la Iglesia y tergiversan la enseñanza de la Iglesia mientras hacen campaña activamente a favor de políticas que repugnan directamente a la doctrina católica.

La advertencia a los obispos de que no "politicen la Eucaristía" es, en realidad, un llamamiento para que despoliticen la Eucaristía: para que nieguen que ésta tenga un efecto sobre nuestra vida moral. Y esto no pueden hacerlo. Despolitizar la Eucaristía sería negar la realidad fundamental de que la Eucaristía es la que reclama en última instancia la lealtad política de un católico.”