Empecemos por salvar el buen nombre de los protestantes, los cuales se consideran cristianos reformados   y a muchos no les gusta un pelo que les llamen protestantes. En efecto, el término protestante viene de las  95 tesis de Lutero que no fueron sino una protesta contra la práctica eclesial del comercio con las indulgencias.

De aquel lío y marea que se formó, se acabó derivando en una verdadera escisión de la Iglesia católica, aunque en un principio Lutero sólo quería protestar. Al ponerle la Iglesia contra la espada  y la pared, criticando su desarrollo doctrinal, y conminándole a retractarse del mismo, Lutero llegó a la conclusión de que lo más honesto era separarse, pues era lo que creía y dijo la famosa frase 

Yo no me puedo retractar ni me retractare de nada, pues ir en contra de la conciencia no es ni seguro ni correcto. Dios me ayude”.



Así explicaba que si le daban a elegir entre retractarse y seguir en la Iglesia, o ser considerado hereje, no podía hacer otra cosa en conciencia, por lo que no le quedaba otro remedio.

Podemos estar de acuerdo o no con sus planteamientos, criticar su vida, sus obras e incluso su elección. Pero hay que reconocer que Lutero tuvo la valentía de ser coherente con lo que pensaba en conciencia, hasta el punto de arriesgarse a la condenación y censura de la Iglesia católica, con tal de defender sus tesis.

Hoy en día se pueden decir muchas cosas del protestantismo- y algo que desconoce el público católico es que dentro de lo protestante hay de todo, desde lo más progre a lo más carca, pasando por multitud de posiciones intermedias.

Esto significa que no todos los protestantes son unos cabras locas, unos pentecostales exaltados o unos telepredicadores pasados de rosca. Los hay carcas y aburridos hasta la médula, los hay progres y medioambientalistas, los hay ortodoxos, los hay liberales, un poco a gusto de todos.

Como quiera que sea, lo cierto que en cada división histórica se puede ver la falta de humildad que consiste en poner la opinión propia por encima de la de la Iglesia, lo cual a mí personalmente me parece sumamente pretencioso.


Pero el tema no es el de la Reforma protestante, aunque más de un lector se quedará ahí. El caso es que últimamente no puedo evitar constatar que en nuestra Iglesia católica hay mucho “protestante” que se pasa el día quejándose de lo que dice el Papa, que no comulga con su obispo, y que en el fondo cree que la Iglesia está equivocada en sus posiciones doctrinales y sobre todo en las morales.

Esta gente, que me parece sumamente respetable, pretende cambiar  la Iglesia desde dentro, y por supuesto no sería de recibo invitarles a abandonarla y hacerse protestantes.

Pero lo peligroso no es opinar distinto, para mí lo grave es que a veces detecto una falta de coherencia en estas posturas, pues llevándolas a su extremo, conllevarían que mucha gente no sería ya católica, como Lutero, poniéndose fuera de la comunión de la Iglesia con sus ideas, y lo que es más grave aún, incluso de corazón.

Qué tema tan difícil. Se puede ver desde un punto de vista práctico en países como los Estados Unidos donde una gran mayoría de católicos dice no estar de acuerdo con la moral predicada por  la iglesia. También se ve en el clero, lo que es más grave, pues tienen el oficio de pastorear. Se ve incluso en algún obispo díscolo de esos a los que les sale urticaria por cada declaración de Benedito XVI, reafirmando lo que hizo y dijo Juan Pablo II.

Lo malo es que uno se pone a hablar de esto, y se da cuenta de que no es nadie para juzgar al hermano, y mucho menos para andar excluyendo y diciendo quién puede pertenecer al club y quién no. Mientras quede claro que todo el mundo es pecador, creo que hay sitio en la barca para todos.

Además en nuestra Iglesia actual hay un cáncer muy grande, el de no reconocernos como hermanos, que ya viene de época de los apóstoles:

—Maestro —dijo Juan—, vimos a uno que expulsaba demonios en tu nombre y se lo impedimos porque no es de los nuestros. 
 —No se lo impidan —replicó Jesús—. Nadie que haga un milagro en mi nombre puede a la vez hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor de nosotros.
” (Marcos 9,38-40)

¿Qué es entonces lo que me fastidia? Pues que al final falta mucha coherencia, y eso no puede ser bueno. La piedra de tropiezo es siempre la misma: lo que opina la Iglesia vs. lo que opino yo.


Y como los católicos que se precien de serlo no van a salirse de la Iglesia, pues la gente se inventa maneras de ser “protestante de medio pelo” desde dentro de la Iglesia, y es eso lo que critico. Porque el ser pecador y luchar por una coherencia, o vivir con dolor la contradicción del pecado (hago el mal que no quiero viendo el bien que quiero), nos toca a todos y gracias a Dios la Iglesia no es una asamblea de perfectos, sino más bien remedio de pecadores.

En la Iglesia Católica se puede ser protestante de dos maneras. Una no aceptando doctrinas y magisterio porque se es demasiado progre. Otra no aceptando doctrinas y magisterio, porque se es demasiado carca. En ambos casos la humildad necesaria que debe conllevar  formar parte de una iglesia santa y pecadora, puede brillar por su ausencia, pues interesan más tradiciones humanas y se pone la opinión propia por encima del discernimiento de la comunidad.

Sobre todo creo que si uno no ve y no comprende algo, y le consta que la Iglesia no aprueba su sentir y ver, debiera tener la valentía de pensar lo que piensa en conciencia, a la vez que la prudencia de actuar como dice la Iglesia, aunque sólo sea por si acaso está equivocado.

Es la máxima de la vida religiosa, el que obedece no se equivoca…aunque el superior sea un loco, un insoportable o un pecador (lo cual suele ser demasiado frecuentemente el caso).

Creo que tenemos que madurar y aceptar el escándalo de nuestro pecado y nuestra fragilidad, y confiar en que Dios en su misericordia ya contó con ello al elegir a Pedro y los apóstoles, y a día de hoy sigue contando con ello.

Sólo desde la conciencia de que hay mucha “mierda” e imperfección, podemos ser libres para obedecer, sabiendo que pese a todo, Dios ha querido manifestarse a través de nuestra humanidad.

En conclusión, se puede y se debe opinar distinto, investigar, explorar límites…pero noblesse oblige, con lealtad y una conciencia clara de lo sobrenatural. Lo demás es protestantismo de medio pelo, y para eso me quedo con un protestante de verdad, que al menos es más coherente.