Uno de los argumentos más frecuentemente esgrimidos por los pseudo historiadores y politiquetes, particularmente los españoles, sobre la evangelización y colonización que de los territorios y sus pobladores americanos hicieron colonos hispanos y colonos anglosajones, es el del distinto grado de formación, de organización, de productividad y de desarrollo que unos y otros dejaron en los territorios que gobernaron, para concluir, ni que decir tiene, que mientras los anglosajones se dedicaron a crear estructuras e infrastructuras que hicieron posible el ascenso de los Estados Unidos a la condición de primer potencia mundial, los españoles sólo devastaron los territorios y explotaron a sus pobladores dejando pobreza, incultura y desolación.

             El argumento no se sostiene en sí mismo, y contiene múltiples errores y mentiras que sólo son posibles si partimos de la historiografía propagandista fomentada por los historiadores anglosajones y pro-norteamericanos, frente a la historiografía autodestructiva y falsificadora practicada por historiadores, -y sobre todo por políticos-, no por españoles menos antiespañoles: un arte, la de enmerdar la propia historia, que en pocos países se cultiva como en el nuestro.

             Lo primero que se ha de decir al respecto es que tanto la colonización inglesa en los Estados Unidos como la española en todo América (también, curiosamente, en buena parte de los territorios norteamericanos pues hasta dos tercios de éstos fueron en algún momento de su historia jurisdiccionalmente españoles) terminó hace ya… ¡¡¡más de dos siglos!!! Por lo que intentar sustentar en dichas colonizaciones la situación actual sólo suena a “excusa de mal pagador”, carente de todo espíritu de autocrítica y de toda lógica y coherencia histórica.

             Los que con semejantes argumentos intentan justificar la nula capacidad de su país para conseguir el desarrollo que corresponde al buen hacer económico y al esfuerzo, al trabajo y al sacrificio, deberían mirar el ejemplo alemán, un país que en el año 1945, apenas hace setenta años, no es que estuviera destrozado, es que había vuelto a la edad de piedra, nunca mejor descrito, pues eso y sólo eso, piedras, es lo que podía verse en sus ciudades (pinche aquí para verlo), después de la terrorífica política de destrucción a la que fueron sometidas las mismas por los vencedores aliados, nunca suficientemente explicada ni bien justificada.

             Sin llegar a semejante grado de nihilismo y devastación, procesos parecidos de destrucción ocurrieron también en Japón, Austria o Italia, países los tres que, derrotados en la Segunda Guerra Mundial, en menos de setenta años, como ya se ha dicho, han vuelto a encaramarse, gracias a su buen hacer económico y a su trabajo, al escogido grupo de las grandes potencias económicas del mundo, en las que la pobreza está prácticamente desterrada y la renta per capita se halla entre las más altas del planeta.

             Sin necesidad de situarnos en un estadío tan catastrófico como aquél del que parten los países que perdieron la Segunda Guerra Mundial sino de otro mucho menos trágico, podrían fijarse los que semejantes argumentos sostienen en el grado de riqueza alcanzado por países tan alejados de los polos centrales de desarrollo como Corea del Sur, Taiwan, Hong Kong y Singapur, tradicionalmente conocidos como los “dragones del Pacífico”, que se han autodesarrollado en menos de cincuenta años, o la misma China, que lleva décadas de crecimiento a ritmos que superan los dos dígitos porcentuales y se convertirá en pocos años en la principal potencia económica del mundo.

             Sin desdeñar para nada el guante que nos arrojan cuantos sostienen que la colonización anglosajona fue más gentil con el territorio y con la población que la española, lo segundo que se ha de decir es que para cuando en 1776 termina la colonización norteamericana llevada a cabo por colonos ingleses, en Estados Unidos existen nueve universidades, en las que, por cierto, no entra un solo indio, no sólo por una cuestión pura y esencialmente racista (recordemos que las primeras leyes antirracistas no se implementan en los Estados Unidos… ¡¡¡hasta 1964!!! en que se aprueba la Ley de Derechos Civiles), sino por otra aún más importante a la que me referiré en las siguientes líneas. Mientras que en la parte española del territorio americano, las universidades son casi treinta, y lo que es aún más importante a los efectos que nos ocupan, mayoritariamente frecuentadas por indios.

             Y lo tercero que se ha de decir, y lo más importante también, es que mientras la política española en América fue la de la formación, colonización y asimilación del elemento indígena con el elemento colonizador, la política de los colonos anglosajones no sólo no fue esa, lo que ya habría sido bastante grave, es que bien al contrario… ¡¡¡fue la del más puro y sistemático exterminio!!! Todo ello en un proceso que, aunque nunca ha sido descrito así, de acuerdo a los principios de la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio de 1948 y el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional de 1998 cabría definir, sin sonrojarse, como de auténtico genocidio: el genocidio indígena norteamericano. Un genocidio llevado a cabo, por cierto y en honor a la verdad, más por los colonos de origen anglosajón que quedan en América tras la independencia de las trece colonias a partir de 1776, que por los propios colonizadores ingleses originarios que llegan a las tierras americanas desde la metrópolis y las pueblan y las gobiernan: es decir, más por los anglosajones “criollos”, que por los anglosajones "primigenios", más por los específicamente “norteamericanos” que por los ingleses.

             Buena prueba de lo cual que al día de hoy en los países en los que se produjo una colonización hispana se dé en torno a un 10% de poblaciones puras, ora blanca, ora indígena, mientras que hasta un 70% de la población es mestiza; en tanto que en los Estados Unidos de Norteamérica el porcentaje de indios puros no alcanza ni siquiera el 1% (0,8% según algunas fuentes) y el mestizaje sea, demográficamente hablando, insignificante.

             Es más, es que por si lo dicho no fuera suficiente, acontece que esos indios que luego serán exterminados por los neocolonizadores norteamericanos habían convivido previamente, y muy bien, con los primeros colonizadores europeos que tuvieron ocasión de conocer, que no son otros que, precisamente, los españoles, pues como se ha dicho ya, hasta dos tercios del territorio hoy estadounidense fue en algún momento de su historia jurisdiccionalmente español. A los efectos, ¿se ha parado nadie a pensar por qué los indios del famoso oeste norteamericano a los que los colonos anglosajones combaten y finalmente exterminan, tenían caballos y por cierto, los manejaban tan bien, sino porque ya habían sido enseñados en tales artes por los misioneros españoles? ¿Acaso se conoce que los indios que los colonos anglosajones norteamericanos se encuentran en su camino hacia el oeste en base a la doctrina intitulada “del destino manifiesto” por la que se “autoautorizan” a colonizar todo el territorio norteamericano desde el Atlántico hasta el Pacífico, hablaban muchos de ellos español y eran católicos, y que tal era el caso concretamente del indio Jerónimo porque, como ya se ha dicho, esos territorios del oeste, más de dos millones de kilómetros cuadrados, ya habían entrado en contacto con los colonos españoles y particularmente, con los misioneros jesuitas, dominicos y franciscanos?

             Un amable lector de este blog, Francisco Martínez Vallés, me cuenta esta anécdota que paso a referir a Vds.:

             “Recuerdo, de niño, ver la película Fort Apache. En una escena, Henry Fonda va a hablar con el jefe indio y se lleva al sargento Ramírez, que hablaba apache, para que haga de intérprete. El apache hablaba lo típico: “unga lunga jayaba mirunga...”. Un buen día, años después, vi la película en versión original. Mira este vídeo a partir del minuto 1:08. https://www.youtube.com/watch?v=5d3a_gKeeZk”. Es decir, que lo que el sargento Ramírez y el indio apache hablaban no era apache, era… ¡¡¡español!!!

             Dicho todo lo cual, harían bien los numerosos hispanoamericanos que se afanan en justificar el retraso económico y sociológico de sus países en argumentos históricos tan poco sólidos y tan interesados y autocomplacientes como los que utilizan, en practicar un poquito más de autocrítica y en preguntarse cómo es posible que en más dos siglos ya de independencia y de regir sus propios destinos, el continente a duras penas haya sido capaz de producir regímenes corruptos y lo que es casi peor (si cabe), sistemas económicos de nula productividad económica y de gran injusticia social. Como harían bien en dejar de atribuir esos errores a ningún tipo de colonización demasiado antigua ya como para que opere algún tipo de influencia, pero menos aún a la colonización española en detrimento de la norteamericana, cuando si alguna colonización han sufrido esos países hispanoamericanos en estos dos siglos de “independencia”… ¡¡¡no ha sido otra que, precisamente, la norteamericana!!!

             Que hagan Vds. mucho bien y que no reciban menos, queridos amigos. Como siempre.