A propósito de la fiesta de María, Madre de Dios, con la que damos inicio al año 2018, es interesante hacer un alto y volver a estudiar la figura de aquella mujer de Nazaret que cambió por completo la historia. Tanto que en todo el mundo se le recuerda a través de templos, catedrales y basílicas que llevan su nombre. Notre Dame de París, como ícono de la arquitectura gótica, es quizá la mejor muestra de ello. Y no para desplazar a Cristo, sino para hacerlo más accesible, porque María lo humanizó; es decir, fue –y, en realidad, continua siendo- un puente entre Jesús y los retos del mundo. Y tan no le quita atención a Cristo, que en la basílica de Guadalupe, la imagen no se encuentra (como muchos creen) en el centro, sino al lado. Lo central, si nos fijamos bien, es una cruz. Y junto a ella, se ubica la tilma.
 
Ahora bien, a María se le han atribuido diversos títulos que nos ayudan a comprender su significado dentro de la fe cristiana; sin embargo, a mí me gusta también llamarla “madre de la historia”, porque su presencia no se ha limitado a los primeros siglos, sino que ha dejado huella patente justamente en los momentos más difíciles dentro de la línea del tiempo de la humanidad. Por ejemplo, Guadalupe (1531) en México o Fátima (1917) en Portugal. En el primer caso, se estaba dando todo un choque de civilizaciones que ella logró resolver de forma magistral, integrando lo mejor de cada cultura y en el segundo comenzaban los claros indicios de lo que sería la II Guerra Mundial, acompañando el dolor de millones y, por supuesto, abogando por la paz.
 
Negar el papel de María en la fortaleza y sentido de unidad que generó –y continua generando- en muchas sociedades oprimidas, como sucedió en Polonia ante el atropello soviético en el siglo XX, es desconocer, no solo la teología, sino la sociología más elemental. A veces, algunos sectores, ante las muestras de la piedad popular, reducen a María a una vana esperanza que requieren, según ellos, los débiles, aquellos que no se sienten capaces de enfrentar la vida; sin embargo, y admitiendo, como en su momento también lo hizo Fr. Yves Congar O.P. (19041995), que el culto mariano ha llegado a distorsionarse cuando falta formación, es un hecho que María no es el símbolo de una espiritualidad débil, evasiva, supersticiosa, sino verdaderamente fundamentada en la fe y en la razón, porque si uno se detiene a analizar las actitudes de María frente el acontecimiento histórico de la fama y muerte de su hijo, nos daremos cuenta que hay todo un programa de vida incluido, capaz de motivarnos a todos. De modo que la piedad popular, debidamente formada, es algo valioso, porque expresa un cariño sincero a la Madre de Dios y en mundo demasiado frío, tampoco viene mal un poco de emotividad.
 
Ella es la madre de la historia, porque desde el nacimiento de Jesús su nombre ha estado presente de una u otra forma, inspirando lo que en cada momento se ha necesitado para mantener el rumbo. Es, por decirlo de alguna manera, la maestra que vuelve sobre la lección una y otra vez hasta que queda comprendida, asimilada. Ahora bien, ¿cuál es la síntesis o esencia de su mensaje? Remitirnos a Dios. Sí, recordemos lo que dijo, refiriéndose a Jesús, en las bodas de Caná: “Hagan lo que él les diga” (Jn 2, 5). Pero, ¿por qué hacer lo que Dios dice? Lo podemos ver así. Cuando vamos al médico y nos receta, si bien pensamos por nosotros mismos y existe la posibilidad de buscar una segunda o tercera opinión, tarde o temprano, tendremos que confiar en la medicina, porque en ella se engloba el conocimiento aplicado al cuerpo. Lo mismo en cuestiones de fe, de humanidad, porque nos ayuda a saber cómo vivir. Y al aplicarlo, todo mejora, no por arte de magia, sino como consecuencia de aprovechar una palabra sabia, llena de experiencia y visión a largo plazo.
 
María, la Madre de Dios y, por ende, de la historia, porque él ha sido la causa primera de todo lo que existe, nos lleva a comprometernos con la realidad social y darnos cuenta que la mariología (rama de la teología católica que estudia a la Virgen María) tiene toda una estructura intelectual y espiritual, de vínculo, que nos será de mucha ayuda tanto en la oración como en las acciones concretas. Como ella, generar cultura y rediseñar la historia.