El miedo tiene mala prensa en general y en el cristianismo, en particular.

Sin embargo, una de las frases más repetidas en los Evangelios es "no temáis". Esto significa que abunda el miedo en el mundo.

Disculpen que hable de mí. Soy un miedoso. Tengo todos los miedos que existen. El miedo tiene mucho que ver con la angustia y, un poco, con la depresión. Uno es un ansioso y un depresivo crónico. Pero, ¿qué hubiera sido de mí sin el miedo? El miedo me ha llevado a Dios, me lleva a Dios cada día. Hace que me agarre bien fuerte a la mano de Jesús y entonces, si Él quiere, me tranquiliza. Porque la falta de miedo, la fortaleza, es un regalo, uno más del buen Dios. Es un regalo clarísimo porque el miedo también tiene que ver con la fe, con la confianza en Dios, o mejor, con la falta de ella. Y la fe, la confianza, son dones de primera división.

San Juan habla de que quien teme no ha alcanzado el amor. San Juan era un temperamental que, a veces, olvidaba que no debe caer fuego del cielo sobre los gentiles. El amor, la caridad, es el gran don. Nadie, repito: nadie, llega a él si no se lo regala Dios. Nadie. No es cuestión de esfuerzo.

Sin mis miedos, solo Dios sabe en qué abismos hubiese caído. ¡Bendito miedo! Además, el miedo fue santificado por Jesús en Getsemaní: el miedo es redentor. Tanto como los clavos o la corona de espinas. Para mí, lo más amargo de la Pasión fue la agonía en el Huerto. Miedo monstruoso, miedo infernal, miedo sangriento. ¡Bendito miedo!

En el Cielo no se puede tener miedo, de modo que hagan como yo, aprovechen sus miedos y ofrézcanlos al buen Dios. Pidan que se los quite... O no, que los deje ahí. Son una sólida cadena para no abandonar nunca a Jesús.

Paz y Bien.