«En verdad os digo que cuantas veces hicisteis eso a uno de mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis». «Y el que por mí recibiere a un niño como éste, a mí me recibe», nos dice Jesús.

Amar a los demás es amar a Dios. El prójimo es Dios presente en mi vida. Vivir la caridad es vivir la fraternidad que es consecuencia de nuestra filiación divina: todos somos hijos de Dios. Y la filiación divina es el fundamento de nuestra alegría. Estarás alegre en la medida en que ames.

Cristo nos dio un mandamiento nuevo: «Un precepto nuevo os doy: que os améis los unos a los otros como yo os he amado, que os améis mutuamente. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis caridad unos para con otros» (Jn. 13, 34-35). Mandamiento nuevo porque hay que amar como Él nos ama. Nuestro amor no tiene que envejecer. No puede tener achaques.

«Ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas, y así cumpliréis la Ley de Cristo»  (Gal. 6,2). Con delicadeza. Con amabilidad. Con humildad. Con constancia.

 

La caridad se ha de manifestar en el trato con los demás en la vida ordinaria: familia, colegas, amigos. Con mucha comprensión y paciencia. Venciendo nuestro mal genio y siendo generosos.

 

En tu ambiente ha de reinar un clima de nobleza y colaboración. Cuidando tu lengua y practicando la corrección fraterna que es una manifestación de caridad cristiana y de delicadeza humana.

 

A todos amamos en Cristo: «No excluimos a nadie, no apartamos ningún alma de nuestro amor a Jesucristo. Por eso habéis de cultivar una amistad firme, leal, sincera —es decir, cristiana—, con todos vuestros compañeros de profesión; más aún, con todos los hombres, cualesquiera que sean sus circunstancias personales» (J. Escrivá, Cartas, Roma 9-I1951)

Juan García Inza
juan.garciainza@gmail.com