Volvamos al tema de la unidad y la hermandad de nuestras comunidades y de la Iglesia en general. No cabe duda que el Espíritu Santo, el Consolador, el Paráclito nos hermana y nos une. A veces esta 

unidad se desarrolla de una forma que no es fácilmente comprensible, ya que es un misterio que nos rebasa en todos los sentidos. Nacemos como seres individuales, aunque anhelamos ser parte de algo superior a nosotros mismos. De igual forma, sentimos miedo a perder nuestra independencia y particularidades personales. Si primamos nuestra individualidad, nos volvemos solitarios y recelosos. Si primamos nuestro instinto gregario, perdemos nuestra personalidad y nos convertimos en seres manipulables, esclavizados y tristes. En ambas situaciones perdemos nuestro sentido como seres humanos. Dios quiere para nosotros una dimensión socio-espiritual diferente. Una dimensión que reúna libertad, interdependencia y que potencie ambas. Necesitamos la acción del Espíritu Santo para que nuestra naturaleza se perfeccione. Como siempre, en este tipo de misterios, la Gracia de Dios se hace imprescindible.

El Papa Francisco, en la Homilía que pronunció por la Vigilia de la Víspera de la Solemnidad de Pentecostés trató el tema: 

El Espíritu Santo, aparentemente, crea desorden en el Iglesia, porque produce diversidad de carismas, de dones; sin embargo, bajo su acción, todo esto es una gran riqueza, porque el Espíritu Santo es el Espíritu de unidad, que no significa uniformidad, sino reconducir todo a la armonía. En la Iglesia, la armonía la hace el Espíritu Santo. ”

 

La fraternidad cristiana se basa en compartir lo que somos con los demás, haciendo de lo que nos diferencia un factor de sinergia. La fraternidad cristiana parte de compartir un solo Padre, Dios Creador de todo lo que existe. Como hermanos compartimos la naturaleza que nos hace ser seres humanos. Compartimos las debilidades, miedos y deseos. Compartimos la imagen y semejanza que Dios puso en nosotros como señal de que somos criaturas suyas. Como cristianos compartimos el bautismo que nos hace pueblo de Dios y seguidores de Cristo. Pero compartimos también defectos, vicios y maldades, que son utilizadas por el gran separador, el diablo, para aislarnos y así destruir la semilla del Reino. La fraternidad cristiana es la hermandad que nace de la acción del Paráclito sobre nosotros.

 

Un Padre de la Iglesia tiene una expresión que me gusta mucho: el Espíritu Santo “ipse harmonia est”. Sólo Él puede suscitar la diversidad, la pluralidad, la multiplicidad y, al mismo tiempo, realizar la unidad. ”

 

Tal como indica el Santo Padre, el Espíritu Santo es armonía y unidad. Armonía que nos sintoniza de forma similar a aparatos de radio reproducen la “emisora” de la Gracia de Dios sin que cada uno de ellos pierda sus peculiaridades personales. El Espíritu Santo nos hermana al permitirnos ser uno sin dejar de aportar, cada uno de nosotros, aquello que sólo él puede donar a la fraternidad. El problema viene cuanto queremos destacar y crear separación.

 

En cambio, cuando somos nosotros los que pretendemos la diversidad y nos encerramos en nuestros particularismos, en nuestros exclusivismos, provocamos la división; y cuando somos nosotros los que queremos construir la unidad con nuestros planes humanos, terminamos por imponer la uniformidad, la homologación. Si, por el contrario, nos dejamos guiar por el Espíritu, la riqueza, la variedad, la diversidad nunca provocan conflicto, porque Él nos impulsa a vivir la variedad en la comunión de la Iglesia.

 

Como seres humanos y cristianos, sólo encontramos sentido a nuestra existencia hermanados en Cristo por la acción del Paráclito y a través de los dones del Espíritu. Cada cual con su carisma, ministerio, capacidad, talentos y genialidades.

 

Caminar juntos en la Iglesia, guiados por los Pastores, que tienen un especial carisma y ministerio, es signo de la acción del Espíritu Santo; la eclesialidad es una característica fundamental para los cristianos, para cada comunidad, para todo movimiento. La Iglesia es quien me trae a Cristo y me lleva a Cristo; los caminos paralelos son peligrosos. Cuando nos aventuramos a ir más allá (proagon) de la doctrina y de la Comunidad eclesial, y no permanecemos en ellas, no estamos unidos al Dios de Jesucristo (cf. 2Jn 9).

 

Tras estas reflexiones el Papa hace dos preguntas son esenciales:

 

Ahora nos toca reflexionar sobre cómo participamos en la hermandad que el Paráclito nos conduce. ¿Qué nos hace temer y alejarnos de otros hermanos?