Linares terreno abonado para la A.C.

 

Muchas veces, en años ya un poco lejanos, se decía: Linares ya no es Linares, que es un segundo Madrid. Las minas habían traído a Linares una realidad moderna que le ponía a la cabeza de la provincia: como había moneda extranjera, por el capital inglés de la minería, en Linares se instala el primer Banco de España, fuera de Madrid; los marqueses de Linares, unos inmigrantes a Andalucía, tienen visión empresarial y a la vez humana, y crean el primer  ‘monte de piedad’ para evitar usuras; el tranvía era una realidad escasa en otros lugares (‘Pero Jaén no tiene tranvía’, decían ufanos los linarenses afirmando su superior nivel frente a la capital), pero  a causa de las minas y los mineros, Linares sí tenía tranvía entonces. Era un conjunto de cosas que hacían de Linares un emporio, un lugar distinto en muchas variaciones; también por la población inglesa el protestantismo tenía arraigo en la ciudad.

Todo ese conjunto de cosas hace que Linares sea terreno favorable a la siembra. Y Linares tiene también el privilegio, por todos esos factores de población muy viva y eficiente, de que allí sea donde se funde el primer centro de A.C. fuera de Madrid.

El Beato Lolo es fruto de esa pujante Acción Católica juvenil de Linares. Y  ¡bien que él lo reconoce y le rinde tributo!

Estas semanas publicamos tres artículos escritos por Lozano Garrido en el semanario de la A.C. Nacional, ‘Signo’, al cumplirse los 25 años de la fundación del centro de Linares. En esta línea está el publicado hace unas semanas ‘Un día en Tíscar y ‘Bodas de plata del aspirantado, publicado la semana pasada.

Altavoz Oarista

La O. A. R. (Obra Atlético Recreativa) de hace veintidós años

Manuel Lozano Garrido
Semanario Signo nº 642; 3 mayo 1952

Allá por el año 1930, Linares era una de tantas ciudades españolas azotadas por un vendaval materialista que amenazaba dar al traste con su secular tradición cristiana. Como remedio a tan inminente calamidad se creó la Acción Católica Juvenil. El ambiente era sistemáticamente pagano, de una orientación diabólica a la caza de la conciencia individual y social. Se imponía, pues, al par que una proyección decididamente apostólica, la creación de un clima sano capaz de dar solidez a las conquistas e iniciar otras nuevas.

Afortunadamente, el domicilio social, por su amplitud, se prestaba a ello. Pero entre las dificultades no era la menor la ausencia de un capital que, aún consciente de un probable riesgo, financiara la empresa. Y Dios, que había tocado en generosidad al presidente fundador, no demoró la aceptación. Hubo, pues, capital, pero  -fijaos bien-  era como un espaldarazo divino a una gavilla de férreas voluntades con hambre de lejanía.

Se desmontó el jardín, de vastas dimensiones, y sobre él, apisonado y enarenado, todo un escenario al día acogió a un cuadro de artistas improvisados, pero, por sus sacrificios, maestros desde la primera representación. Como prueba de su esfuerzo os diré que llegaron a representar una comedia semanal distinta, casi siempre en tres actos, con los correspondientes cambios de unas decoraciones suntuosas. De entre ellas destacó por su fastuosidad y excelente puesta a punto un “Divino impaciente” (de J.M. Pemán) inolvidable. Desde el más consumado artista hasta el último acomodador, pasando por carpinteros y músicos, todos eran jóvenes asociados.

La temporada inicial se liquidó con un déficit muy sensible, puesto que la asistencia, como un premio para la familia del muchacho que cumplía, era gratuita. Pero el objetivo se lograba; puesto que el público, entregado a aquella simpatía gozosa de los muchachos, llenaba el local. Y tras la ruda siembra vino la primavera de una obra grata a Dios. El donativo de una modesta máquina de cine, la solicitud del público por contribuir a la empresa y la superación, casi físicamente imposible, de los jóvenes, con dos cuadros de mayores y otros tantos de aspirantes, coinciden con un florecimiento apostólico que enroló a buena parte de la juventud linarense. Sólo pensando en las infinitas posibilidades de una generación calada de Cristo cabe explicar aquel dinamismo arrollador, aquella acción perfecta que contagió a la ciudad y que aún sobreabundó para impresionar la comarca y cuajar una Asamblea fecunda. Jornadas de estudio, dirigentes, Aspirantado, selectos, vida eucarística, catequesis y obreros... se nutrieron de aquel esfuerzo gigantesco. Y, a la postre, las restantes temporadas, en las que llegaron a darse tres funciones semanales (una de ellas para los"peques" que asistían a las catequesis), compensaron económicamente, pese al desembolso que suponía el alquiler de un modernísimo proyector sonoro y las correspondientes películas.

Cuando el estío finalizaba se desmontaba el conglomerado teatral y, almacenado, daba paso a una polifacética labor deportiva, en la que no estaban ausentes ni el fútbol, ni el frontón, ni el atletismo, con su secuela de triunfos y prosélitos.

A la vuelta de los años, cuando va siendo posible la historicidad de un juicio desapasionado, ¿qué frutos se han cosechado de aquella siembra? Entre otros, la radical transformación religiosa de un pueblo, la superabundancia de elementos directivos, alguno de los cuales aún permanecen; la creación de una cantera que perpetúa el Centro; el refrendo popular a las campanas que la Acción Católica inicia y, cuando menos, un rescoldo de simpatía que posibilita nuevos intentos de captación.

No hay más categoría de superhombres que los que forja la gracia en quienes se le entregan. Lo que hicieron los fundadores de los Centros lo pueden los muchachos actuales. Pero para ello hay que poner el máximo de entusiasmo. Lo demás se nos dará por añadidura.

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