Francisco en sus 24 horas finales: voluntad de estar presente pese al agotamiento extremo
Este 21 de abril se cumple un año del fallecimiento en el Vaticano del Papa argentino.
El domingo 20 logró asomarse al balcón central de la Basílica de San Pedro para impartir la bendición Urbi et Orbi.
Francisco quiso escuchar a Massimiliano Strappetti, el enfermero que lo acompañaba cada día. Era 20 de abril, domingo de Pascua, y aunque nadie podía afirmarlo con certeza, ese sería el último día en que el mundo lo vería con vida.
Semanas antes, el primer Papa argentino había pasado 38 días ingresado en el hospital Gemelli, el centro médico al que acuden tradicionalmente los pontífices. Una infección respiratoria complicada por una neumonía bilateral lo había llevado al límite en tres ocasiones. El 23 de marzo recibió el alta y regresó a su habitación en Santa Marta, todavía muy debilitado.
"Como puedo"
Su aspecto era frágil y su energía escasa, pero aun así intentaba cumplir con lo que su cuerpo le permitía. La fisioterapia diaria le ayudaba a recuperar algo de fuerza y su voz comenzaba a sonar menos apagada.
Aun así, durante la Semana Santa no pudo realizar el tradicional gesto del lavatorio de los pies; en su lugar, acudió a la cárcel de Regina Coeli para acompañar a los internos, mientras un colaborador realizaba el rito. Cuando un periodista le preguntó cómo vivía la Pascua, respondió con sinceridad: "Como puedo".
El domingo 20, tras las palabras de ánimo de Strappetti, logró asomarse al balcón central de la Basílica de San Pedro para impartir la bendición Urbi et Orbi. La misa la presidió el cardenal Angelo Comastri, quien también leyó el mensaje pascual del Papa, centrado en pedir un alto el fuego y la liberación de rehenes en Gaza. Francisco solo pudo pronunciar unas pocas palabras por sí mismo: "Queridos hermanos y hermanas, feliz Pascua".
Después de la bendición, pidió a su enfermero recorrer la plaza en el Papamóvil. Lo hizo sentado en una silla de ruedas, mientras las cámaras evitaban mostrar de frente su rostro exhausto. Durante media hora saludó a los fieles que habían acudido a la celebración. Al terminar, le dijo a Strappetti: "Gracias por traerme de vuelta a la plaza". Sería su último contacto público.
Esa noche regresó a Santa Marta, cenó ligeramente y se retiró a descansar, asegurando que se sentía "cansado pero feliz". Pero a las cinco de la madrugada del lunes 21, su salud se desplomó. Llamó a su enfermero y, desde ese momento, solo unas pocas personas permanecieron a su lado: sus tres secretarios y varias religiosas vicencianas.
A las 6:45 entró en coma. Según informó después el Vaticano, no sufrió; todo ocurrió con rapidez. Una apoplejía cerebral desencadenó un fallo cardiocirculatorio irreversible. Murió a las 7:35 de la mañana del 21 de abril de 2025, con 88 años. Había sido elegido Papa doce años antes, cuando pensaba que su tiempo para ocupar el trono de Pedro ya había pasado.
No fue hasta las 20:00 de ese mismo día cuando el Camarlengo certificó oficialmente su fallecimiento y se selló su residencia en Santa Marta, siguiendo el protocolo. Su deseo final se cumplió: ser enterrado en la Basílica de Santa María la Mayor, en Roma, donde hoy una lápida sencilla recuerda su nombre.