Miércoles, 08 de abril de 2020

Religión en Libertad

Javier Abad relata su difícil situación y el papel de la fe en su recuperación

Con 7 hijos y en silla de ruedas por un accidente: ¿Rebelarse? «Dios, acepto todo lo que me mandas»

Javier sufrió el accidente en 2018, es padre de siete hijos, algunos todavía muy pequeños. La oración es su fortaleza
Javier sufrió el accidente en 2018, es padre de siete hijos, algunos todavía muy pequeños. La oración es su fortaleza

J.L. / ReL

La vida puede cambiar en tan sólo un segundo y prácticamente sin percatarse. Los accidentes son una muestra de ello y Javier Abad puede dar gracias a Dios por estar vivo, aunque estuvo muy cerca de la muerte. Y aunque su día a día se parece poco al que vivía antes se muestra agradecido y se ha convertido en un ejemplo para muchos pacientes que conviven ahora con él.

Abad está casado, es padre de siete hijos y funcionario en la Comunidad de Madrid. Él mismo se confiesa en una entrevista para la web del Opus Dei, prelatura de la que forma parte como supernumerario, que siempre ha sido una persona familiar, al que le gusta ir al campo con sus hijos y subir los montes de la Sierra de Madrid, aunque esto último ya deberá enfocarlo de una manera diferente, que no es lo mismo que renunciar a ello.

Un día que lo cambió todo

Todo cambió el 18 de mayo de 2018 cuando un coche saltó la mediana y chocó frontalmente contra él. Lleva hospitalizado desde entonces, va camino de 2 años, y está intentando recuperarse para volver a andar.

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Javier, con su mujer y sus hijos, antes del accidente

Javier afirma que “recuerdo verme empotrado y con la furgoneta en mis piernas, luego me desmayé” y no recuerda más. Pasó más de un mes en la Unidad de Cuidados Intensivos. Su hija cuenta que “estuvimos casi un mes sin poder ver a nuestro padre porque no nos dejaban entrar en la UCI, y fue muy duro. Ahora cada día rezo por él para que se le consolide el hueso, pueda apoyar y que pueda volver a casa para estar con él”.

Por su parte, su mujer señala que tras el aviso les explicaron que Javier había sufrido un accidente muy grave. “En ese momento nos pusimos a rezar todos. Siempre he tenido fe y ahora precisamente no voy a dejar de tenerla”, explica.

La tentación de rebelarse contra Dios

Para él, al principio no fue fácil aceptar la realidad. De hecho, reconoce que una situación así “uno se pregunta: ¿por qué me ha pasado esto a mí?”.

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Te quieres rebelar contra Dios y le dices: ‘tengo muchos hijos que cuidar, por qué permites esto?’. Fue una pelea interior. Hasta que llegó un momento –que recuerdo perfectamente– en que le dije a Dios: ‘mira, acepto todo lo que me mandas’. A partir de entonces pude volver a rezar a Dios como lo hacía habitualmente”, afirma este madrileño padre de siete hijos

En estos 21 meses ha comprobado lo que supone la cercanía de la familia y el apoyo constante cercano de su mujer e hijos, también de su comunidad de fe. “Para mí ser supernumerario es lo más de lo más, es como una familia. Amigos de la Obra se han quedado a dormir conmigo cuando mis hijos o mi mujer no han podido. Te sientes arropado, nunca había estado tan contento de ser supernumerario como ahora”, añade Javier Abad.

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La rehabilitación de Javier está siendo muy larga y dolorosa, pero él ofrece sus dolores por otros pacientes e intenciones concretas

Durante su larga estancia en el hospital ha ayudado y animado a muchos enfermos. Es conocido y querido por el personal sanitario y compañeros de pabellón, que esperan las horas de la sobremesa para tener una tertulia en el pasillo del pabellón.

Ofrecer sus dolores

De este modo, asegura que tiene que ir al gimnasio a hacer rehabilitación cuatro o cinco horas diarias, y ha cambiado sus ordenadores por la mesa camilla. "Ahora tengo que santificarme en este trabajo. Tengo que dejar de mirarme el ombligo, lo que me duele, y pensar en los demás. Cuando me duele lo ofrezco por tal intención o por este paciente. Y si me va a doler que al menos valga para algo”.

Y cuenta una experiencia que ha vivido en este tiempo. Era otro paciente del hospital. “Me veía y me decía: Javier, tienes un secreto, siempre estas contento’. Y es que me veía comulgar a diario. Un día me dijo que le daba vergüenza, que quería confesarse pero que llevaba 50 años, desde que se casó, sin confesar”.

Tras escuchar esto, se puso a rezar por él y pidió a su familia que se unieran a esta oración. Siguiendo con esta experiencia, Javier recuerda que un día jugando a las cartas con este paciente, éste le dijo: “Si pasa ahora el sacerdote me confieso”. Y cogiendo su móvil escribió al capellán para que pasara por allí. Este paciente confesó finalmente medio siglo después.

Su mujer y él reiteran su agradecimiento a la Fundación Instituto San José, a los Hermanos de San Juan de Dios y a todo el personal que trabaja allí. Y es que en el hospital la cercanía del Señor le ha llevado a aceptar su situación: “yo veo una montaña que me está diciendo ¡súbeme!; y me pregunto: ¿podré volver a subir ese monte algún día?

“Ahora no pienso en lo que hacía antes. Me fijo en lo que mejoro día a día. Procuro que no me invada la tristeza. Dejo que Dios entre en mi corazón y me ayude a superar esto que me ha pasado”.

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