Sábado, 24 de octubre de 2020

Religión en Libertad

Tras 25 años de cárcel, cuando lo liberaron, descubrió que tenía cáncer

En un arranque de ira y celos mató a dos personas... pero después Dios lo llenó de una fuerza mansa

El arzobispo Sample en una visita a la Penitenciaría de Oregón - Hal Elkins sostiene el misal
El arzobispo Sample en una visita a la Penitenciaría de Oregón - Hal Elkins sostiene el misal

P.J.Ginés/ReL

La vida de Hal Elkins, a ojos del mundo, quedó marcada por sus 5 minutos de violencia homicida. Pero después, él se volcó en servir a Dios y a sus hermanos, en prisión. Él, a quien la ira llevó a matar, se convirtió en una persona tranquila.

Cuando salió de prisión después de 25 años, descubrió que tenía un grave cáncer. No se enfadó con Dios, no se enfadó con nadie. Se preparó para morir bien y encontrarse con Dios. "Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad", prometió Jesús. Hal Elkins, que fue iracundo, llegó a ser manso. Su heredad no fue en esta tierra, aunque su ejemplo quizá conquiste corazones aquí, quizá especialmente entre aquellos que se enfadan con Dios, impacientes ante los ritmos divinos.

Un ataque de ira homicida

Hal Elkins se casó muy joven, siendo militar en la Marina de EEUU, y su matrimonio fracasó. Era ingeniero nuclear, formado en el ejército. Había entrado en la Marina ya en la Guerra de Vietnam. En 1993 tenía 39 años, bebía mucho y la ira se apoderaba de él.

Ese año, movido por los celos, se puso una pistola en el bolsillo, entró en un restaurante de Salem y disparó contra su novia y contra el hombre que estaba con ella. Ella murió. Él quedó gravemente herido. El jurado lo declaró culpable y el juez le sentenció a 33 años de cárcel en la Penitenciaría del Estado de Oregón. Saldría 25 años después, en 2018.

El Catholic Sentinel explica que en la cárcel desarrolló una fe firme, y ayudó a transmitirla a muchos otros. Él decía que en prisión su vida de fe pasó de cero a cien. Para el arzobispo Alexander Sample, que lo veía en sus visitas a la cárcel, y que se alegró cuando lo visitó ya en libertad, la historia de Elkins es una historia de redención, es decir, de liberación y vida nueva en Dios.

Un sacristán y un hermano mayor

Más que "cumplir condena", Hal "cumplía con Dios", explica el diácono Allen Vandecoevering, que lleva muchos años sirviendo en esa prisión.

"Decía que estar en prisión lo acercó más y más a Jesús. Llevaba una vida casi monástica en su celda", explica Laura Kazlas, una voluntaria católica en el servicio de pastoral penitenciaria.

En prisión, era el responsable de preparar el altar y ayudar en misa, pero también era él quien preparaba a los hombres. Explicaba a Laura Kazlas quién era nuevo, quién necesitaba una Biblia, un rosario, alguien con quien hablar...

Se aseguraba de que en cada misa hubiera alguna canción en español, como gesto hacia los presos de esa lengua.

"Cuidaba a los hombres como hubiera hecho casi un sacerdote o diácono", explica Kazlas. "Era muy generoso en atender al bienestar de ellos". Solía ser el que daba la bienvenida a los presos nuevos. Era un hombre grande, de más de metro ochenta, que inspiraba confianza. Kazlas dice que muchos lo veían como un buen "hermano mayor".

Noches católicas y donativos generosos

En la penitenciaría se organizaban regularmente "noches católicas", que eran encuentros de oración y fraternidad. Solían incluir misa, un vídeo, algo de charla y una oración final, que pronunciaba Elkins. En esta oración solía recordar al santo del día, y pedía a Dios por las necesidades de los presentes, también de los voluntarios.

"Mostraba a los hombres en qué consiste ser cristiano", explica John Hoffmeister, otro voluntario católico. "Hal era el laico que yo conozco que más sabía de cristianismo y catolicismo", añade. Pero no presumía de saber. En las charlas siempre dejaba a los otros presos responder a las preguntas o comentar y sólo al final daba su aportación.

Trabajaba en el taller de piel de la prisión y cobraba un sueldo por ello. Pagaba un diezmo estable a la parroquia de Saint Joseph en Salem (a la que no podía acudir) y también al servicio de pastoral de la prisión. Pagó para que hubiera un crucifijo grande para las misas en la cárcel, si bien dejó que fueran otros presos quienes lo eligieran.

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Hal Elkins al salir de prisión en 2018, dispuesto a seguir sirviendo a Dios

Libertad... y sombra de muerte

En 2018 por fin fue puesto en libertad. Fue rápido a ver al obispo a la abadía Mount Angel, a quien conocía de muchas misas en prisión. "Allí estaba Hal saludándome con una sonrisa de oreja a oreja", recuerda el arzobispo Sample. "Estaba muy contento de verme fuera de la prisión, un hombre libre, gozoso... uno de esos momentos en que tu corazón rebosa de amor".

Tras 25 años de prisión, la vida parecía empezar de nuevo y mejor. Elkins empezó a trabajar en una empresa de gel anti-incendios. Iba a misa varias veces entre semana, si lo permitía el trabajo. Acudía a sesiones de formación en la fe. Pero enseguida le avisaron: tenía un grave cáncer de hígado.

"Estaba disfrutando la vida al máximo y cuando descubrió que tenía una enfermedad terminal su fe no se tambaleó", asegura el diácono Vandecoevering. "Quería mucho vivir, pero se rindió a la voluntad de Dios con belleza y gracia", señala.

Prepararse para Dios

"La fe es lo que lo movía", explica su hermana Jeri, con la que había hablado cada viernes durante sus años de prisión. De hecho, la misma Jeri se hizo católica en 2009 en parte por el ejemplo y la devoción de su hermano preso. Ahora eran miembros de la misma parroquia.

"Cada vez que yo tenía una pregunta de fe, se la preguntaba. Él era mi fuente y mi roca", dice su hermana. Le molesta mucho que 5 minutos de ira marcasen para siempre a su hermano, quien acabó siendo un maestro de paz, mansedumbre y paciencia.

Una semana antes de morir, Elkins dijo a la voluntaria Laura Kazlas: "estoy listo para encontrarme con Jesús". Y a su hermana también le dijo algo. "Me dijo que cuando llegue al cielo va a preparar el altar cada domingo para Dios", recuerda emocionada. Su amigo diácono le dio la comunión en sus momentos finales.

En prisión preparó el altar muchas veces para el obispo y otros sacerdotes. "Es una historia maravillosa de redención", declara el arzobispo Sample. "Una persona puede hundirse por el mal camino en la vida, y después tener un cambio profundo de corazón y una conversión y llegar a ser una persona muy santa".

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