Lunes, 15 de agosto de 2022

Religión en Libertad

Sarah Ashman siempre consideró la fe como una etiqueta, pero hoy es su esperanza

Judía cultural, después musulmana, buscaba el amor en un cibercafé… y encontró un dos por uno

Sarah Ashman.
Hija de padres judios y musulmanes, Sarah siempre consideró la fe como una simple etiqueta sin compromisos personales. Un día, su compromiso de vida le exigía abrirse a la fe y ella "probó" suerte.

P.J.G.

Sarah Ashman es la viva imagen de una vida interreligiosa. Hija de una madre judía estadounidense y de un padre musulmán y egipcio, tuvo una infancia alejada, en un principio, de toda práctica religiosa.

Pese a que los padres de Sarah no eran tampoco especialmente religiosa, parecía que su madre tenía todas las de ganar cuando su marido le aseguró que los hijos que tuviesen podrían ser educados en el judaísmo. Sin embargo, sucedió lo contrario.

Sarah detalla a la revista católica Content Evangelist, "un viaje a Egipto lo cambió todo".

"Recuerdo quedarme con mi tía mientras mis padres iban a la mezquita. Mi madre se `convirtió´ -comillas incluidas- al islam, por lo que técnicamente, al ser mis padres musulmanes, yo también lo era", explica.

"Islam de cafetería"... pero con presiones

Cuando regresaron a su hogar en Connecticut (Estados Unidos), observó cómo sus padres practicaban un islam atenuado al que ella se refiere como "islam de cafetería" (es decir, en el que eliges las normas que te apetece practicar, como eliges lo que te apetece en un bar).

"No comíamos cerdo, pero mi padre no rezaba cinco veces al día y no se abstenía de beber alcohol. Sin embargo, fui presionada para ser más árabe y aprendí el idioma, aunque no tenía ninguna fe", explica. 

A los trece años, sus padres se separaron y unos años más tarde se divorciaron. Desde entonces no vería a su padre hasta pasados doce años.

Poco después, su madre conoció a  otro hombre, "cálido y cariñoso", al que Sarah llamaba "papá". Gracias a él se limaron asperezas, pues al ser judío encajó mejor con su madre, aunque ninguno de los dos tenía una práctica religiosa llamativa. 

"No los describiría como especialmente religiosos. Son culturalmente judíos. Crecí entendiendo la religión como una etiqueta. No tuve una relación con Dios, pero siempre admití que existía, así que de alguna manera supongo que siempre estuve abierta a la fe", detalla.

Un cibercafé que lo cambió todo

En 2001, durante sus últimos cursos escolares antes de empezar la Universidad, Sarah comenzó a frecuentar un cibercafé donde poder chatear con amigos y conocidos. Y conoció a Jim Ashman, un joven católico universitario de Michigan.

"En un principio, el hecho de que nos conociésemos en una sala de chat fue para mí algo muy vergonzoso", menciona.

Durante los siguientes tres años, Jim y Sarah siguieron hablando online hasta que en 2004, se llamaron por teléfono.

"Parecieron horas. Pensamos en vernos en un futuro, pero no hicimos planes concretos", recuerda Sarah. Sin embargo, en enero de 2005 acordaron conocerse personalmente, comenzaron a hablar con más frecuencia y Jim propuso a Sarah estudiar en su Universidad la Estatal de Michigan. En agosto de 2006 ella se mudó y poco después de un año se prometieron.

En contra de la Iglesia, pero casada por amor

Sarah explica que desde su infancia, Jim fue un ferviente católico que vio apagarse su conforme pasaban los cursos en la universidad. Su práctica era irregular y cada vez menor, no hablaban mucho sobre la fe y una vez prometidos, nunca pensó que la religión pudiese afectar negativamente a sus planes.

Sin embargo, mientras preparaban la boda, comenzó a ser un problema. "Quería una boda moderna al aire libre, escribir mis propios votos y como la religión no era una parte central de nuestra relación, no vi por qué tendría que formar parte de nuestra boda", explica. 

Pero Jim si quería, y a Sarah no le costó ceder. Al fin y al cabo, desde su infancia había probado nuevas religiones y ritos sin darle más importancia: "Porque le quiero y al ser tan importante para Jim, decidí  que al menos probaría".

La decisión de casarse cambió la mentalidad de Sarah, que siempre había tenido una mala imagen de la Iglesia por su propia cultura y por los prejuicios asumidos de los medios de comunicación.

Misteriosamente atraída por la Misa

Pronto vio como crecían las ganas de acompañar a su prometido a Misa cada semana y que se sentía mejor cada vez que salía de la iglesia los domingos.

El proceso también revivió la fe de Jim. "Creo que el hecho de que tuviera  que defender su deseo de casarse por la Iglesia hizo que se reafirmase su fe", comenta.

En 2008, Sarah comenzó el curso de iniciación cristiana para adultos, en un principio, por simple curiosidad. Como ella misma explica, "es común que las personas comiencen y detengan su formación [en este curso] y algunos lo conciben como una clase para personas buscadoras y que tienen preguntas… ¡Y yo las tenía!".

Un año después, se casaron cuando todavía ella se encontraba en plena formación. Por ello, que Sarah continuase acudiendo al programa tenía un valor especial,  ya que desde aquel momento no lo hacía por su esposo, sino porque ella misma empezó a caerse del caballo y la curiosidad dio paso a la fe.

Sarah y Jim Ashman.

Tras la conversión de Sarah y el redescubrimiento de la fe por parte de Jim, ambos pudieron casarse y ver sus vidas "bendecidas" por compartir la fe. 

"Él es mi Salvador"

"Jim fue la mano que me llevó hasta la puerta de la iglesia, pero no me empujó. Estaba convencida de que perseguir la fe era algo que debía hacer por mí misma", menciona.

La asimilación de los contenidos de la fe católica no fue difícil para Sarah, pero tampoco fue un proceso rápido ni concreto. "No hubo un día definitivo en que la muerte de Jesús por mis pecados tuviese sentido. Fue un proceso muy lento hasta darme cuenta de que Él es mi salvador".

Su mayor problema fue el "salto de fe". "Siempre había mirado con curiosidad y algo de envidia a la gente con una fe firme. Pero me di cuenta de que llegar a ese punto implicaba renunciar al control de mi vida y entregarme a Dios", relata.

Y acabó dando el salto. Hoy, valora su oración como muestra de su relación con Dios, y lo considera el leitmotiv de su día a día.

"Él es mi esperanza. ¿Cómo puedes conocerle y no querer caminar junto a Él? Mi conversión es parte del plan de Dios para mí y mi esposo y su familia jugaron un papel fundamental. Nuestro matrimonio está bendecido porque ambos tenemos la misma fe, y al mismo tiempo, no creo que fuese ni elección mía ni de mi esposo. En última instancia, fue elección de Dios. Él me eligió a mí", concluye. 

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