Lunes, 23 de septiembre de 2019

Religión en Libertad

La fiscal Lilian Acosta Cuesta habla del cambio radical en su vida

Volcada en su trabajo, se alejó de la fe: una enfermedad que ve como «bendición» la devolvió a Dios

Lilian Acosta Cuesta destacó en la persecución judicial de la corrupción en Colombia.
Lilian Acosta Cuesta destacó en la persecución judicial de la corrupción en Colombia.

ReL

Un grave accidente cerebrovascular fue el instrumento del que se valió Dios en 2004 para la conversión de la fiscal colombiana Lilian Acosta Cuesta, según explica ella misma a Ana Beatriz Becerra en Portaluz.

Hasta ese momento su vida transcurría por los caminos de un éxito profesional. Había adquirido gran notoriedad en 1993 cuando, como fiscal en la Unidad de Investigaciones Especiales, dirigió la investigación contra concejales de Bogotá por diversos delitos de corrupción. 

Lilian fue educada en la fe, y la mejor enseñanza, recuerda, fue haber visto a su madre “todos los días a las 6 de la tarde rezando el rosario”, así como la asistencia dominical a misa de toda la familia. “Yo soy de una época en la que éramos muy obedientes a nuestros padres, el respeto por los padres era absoluto”, explica a Portaluz. Pero su integración posterior en el ambiente universitario y nuevas amistades la llevaron a alejarse de la formación recibida: “En esa época de mi vida era más divertido salir con los compañeros y tomar vino que pensar en Dios, esa es la verdad”.

La pasión de Lilian 

Tras graduarse como abogada se incorporó al poder judicial en Colombia, trabajando primero en la Corte Suprema de Justicia, hasta ser elegida fiscal.  Su pasión era trabajar. “Los noviazgos eran normales, de una persona joven de esa edad... Nunca me casé por una razón sencilla: había que elegir entre un hogar y un trabajo bien hecho. En ese momento las dos cosas eran incompatibles, yo me quedé con la segunda. No sé si hice bien o mal, pero así se dieron las cosas”.
 
Junto a su ascenso profesional se abría a conocer nuevos caminos espirituales vinculándose a un movimiento de la Nueva Era llamado Insight, cuyos seminarios de formación aceptaban la reencarnación y otros conceptos que diluían la fe en que había sido formada: “Pensé que me iban a hablar del Jesús que yo conocía, que le había oído a mis padres, resultó que no.  Jesús era otro profeta más, igual que Mahoma o Buda”, explica.

“Señor, no me vayas a dejar así”

Este orden de su vida que había construido comenzaría a desmoronarse durante el amanecer de 11 de septiembre de 2004. Despertó sintiendo una intensa taquicardia y al intentar incorporarse los mareos y una imposibilidad de mover todo su lado izquierdo le dejaron anclada en el lecho, aterrada. Esa misma noche, ingresada de urgencia en cuidados intensivos, rezó con intensidad: “Le clamaba a Dios desde mi corazón: «Señor no me vayas a dejar así»”.

El neurólogo Juan Carlos Molano, del centro hospitalario Fundación Santa Fe de Bogotá, fue rotundo con el hermano de Lilian para indicar que ella había padecido un grave accidente cerebrovascular y que las siguientes 72 horas permitirían conocer las consecuencias, que se traducirían en una parálisis del lado izquierdo del cuerpo que le obligaba a usar silla de ruedas. Pero ahora Lilian se aferró a la fe: “El ánimo se mantuvo arriba como se mantiene ahora, ese fue el primer gran regalo de Dios”.

La Virgen de Fátima visita su casa

Fue así, prosigue narrando, que se abandonó en Dios: “Esta enfermedad es la mayor bendición porque Dios me hizo este gran regalo”, admite hoy.

Y hubo, además, una intervención mediadora de Nuestra Señora del Rosario de Fátima. Su imagen llegó a su hogar -lo que ella interpretó como un signo de Dios- por sugerencia del movimiento Caballeros de la Virgen. La pedagogía de preparar el altar, comprar las flores para adornarlo y el rezo cotidiano del rosario, que se volvería su oración predilecta, trajeron paz y esperanza a Lilian.

Con este capital de gracia la “sanación interior comienza a producir también la recuperación física”, testimonia Lilian. Y al finalizar la entrevista de Portaluz, afirma "con alegría, como en la antífona del salmo": “El Señor me rescató”.

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