Martes, 26 de enero de 2021

Religión en Libertad

O creyente o idólatra: «Si el hombre no adora a Dios adorará a los ídolos», no hay punto medio

Papa Francisco.
En la fiesta de la Epifanía del Señor, Francisco animó a hacer lo mismo que hicieron entonces los Reyes Magos.

ReL

El 6 de enero la Iglesia celebra la Epifanía del Señor, y en el rezo del Ángelus el Papa Francisco recordó el sentido etimológico y teológico de ese término. Epifanía es "la manifestación del Señor a todas las gentes: en efecto, la salvación realizada por Cristo no conoce confines, es para todos. La Epifanía no es otro misterio, es siempre el mismo misterio de la Natividad, pero visto en su dimensión de luz: luz que ilumina a cada hombre, luz que hay que acoger en la fe y luz que hay que llevar a los demás en la caridad, en el testimonio, en el anuncio del Evangelio".

¿Y cómo se lleva a los demás esa luz? No "a través de los poderosos medios de los imperios de este mundo, que siempre están buscando dominarlo", sino "a través del anuncio del Evangelio. El anuncio, la palabra y el testimonio. Y con el mismo 'método' elegido por Dios para venir entre nosotros: la encarnación, es decir, hacerse prójimo del otro, encontrarlo, asumir su realidad y llevar el testimonio de nuestra fe, cada uno".

Misa de la Epifanía en San Pedro.

Antes del Ángelus, el Papa había celebrado la misa de la Epifanía en la basílica de San Pedro, con aforo limitado. Su homilía versó sobre el hecho histórico que da origen a la solemnidad: la adoración de los Reyes Magos.

"Adorar al Señor no es fácil, no es un hecho inmediato: exige una cierta madurez espiritual, y es el punto de llegada de un camino interior, a veces largo", dijo Francisco: "La actitud de adorar a Dios no es espontánea en nosotros. Sí, el ser humano necesita adorar, pero corre el riesgo de equivocar el objetivo. En efecto, si no adora a Dios adorará a los ídolos -no existe un punto intermedio, o Dios o los ídolos; o diciéndolo con una frase de un escritor francés: 'Quien no adora a Dios, adora al diablo'-, y en vez de creyente se volverá idólatra".

Como ha hecho en otras ocasiones, el pontífice resaltó la importancia de la adoración en la vida espiritual, dedicándole "más tiempo" y "aprendiendo a contemplar al Señor cada vez mejor": "Se ha perdido un poco el sentido de la oración de adoración, debemos recuperarlo, ya sea comunitariamente como también en la propia vida espiritual. 

Su reflexión se centró en torno a tres ideas relacionadas con la adoración: “Levantar la vista”, “ponerse en camino” y “ver”: "Estas tres expresiones nos ayudarán a entender qué significa ser adoradores del Señor".

"Levantar la vista... es una invitación a dejar de lado el cansancio y las quejas... a liberarse de la dictadura del propio yo... y no hacer de los problemas y las dificultades el centro de nuestra existencia", sino permanecer confiados en el Señor y en "gratitud filial": "Cuando esto sucede, el corazón se abre a la adoración. Por el contrario, cuando fijamos la atención exclusivamente en los problemas, rechazando alzar los ojos a Dios, el miedo invade el corazón y lo desorienta, dando lugar a la rabia, al desconcierto, a la angustia y a la depresión. En estas condiciones es difícil adorar al Señor. Si esto ocurre, es necesario tener la valentía de romper el círculo de nuestras conclusiones obvias, con la conciencia de que la realidad es más grande que nuestros pensamientos".

"Ponerse en camino" implica dejarse transformar por ese camino, porque "el viaje implica siempre una trasformación, un cambio. Después del viaje ya no somos como antes... No se llega a adorar al Señor sin pasar antes a través de la maduración interior que nos da el ponernos en camino... Desde este punto de vista, los fracasos, las crisis y los errores pueden ser experiencias instructivas, no es raro que sirvan para hacernos caer en la cuenta de que sólo el Señor es digno de ser adorado, porque solamente Él satisface el deseo de vida y eternidad presente en lo íntimo de cada persona". El camino incluye también "la conciencia de ser pecadores", porque aceptarlo "con fe y con arrepentimiento, con contrición, te ayudará a crecer".

Por último, "ver" es ver lo que vieron los Reyes Magos, "un soberano... más allá de la apariencia": "Arrodillándose ante el Niño nacido en Belén, expresaron una adoración que era sobre todo interior: abrir los cofres que llevaban como regalo fue signo del ofrecimiento de sus corazones". Porque "para adorar al Señor es necesario 'ver' más allá del velo de lo visible, que frecuentemente se revela engañoso". A diferencia de Herodes y los mundanos, cuya mirada de "mundanidad sólo da valor a las cosas sensacionales", los Reyes Magos ven con "realismo teologal", el cual "percibe con objetividad la realidad de las cosas, llegando finalmente a la comprensión de que Dios se aparta de cualquier ostentación...

Este modo de “ver” que trasciende lo visible, hace que nosotros adoremos al Señor, a menudo escondido en las situaciones sencillas, en las personas humildes y marginales. Se trata pues de una mirada que, sin dejarse deslumbrar por los fuegos artificiales del exhibicionismo, busca en cada ocasión lo que no es fugaz, busca al Señor".

Por todo ello, la homilía concluyó pidiendo al Señor que nos haga "verdaderos adoradores suyos, capaces de manifestar con la vida su designio de amor".

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