Viernes, 22 de noviembre de 2019

Religión en Libertad

Una cultura de la vida


por Rémi Brague

Opinión

Del presidente Chirac, a quien Francia acaba de enterrar, los medios han retenido una frase: «¡La casa se quema!». Y esto es probablemente cierto para todo el planeta. Y es cierto, sin duda alguna, para la «casa común» europea. En los distintos aspectos de la crisis que está atravesando, no hay necesidad de repetir lo que es obvio. Excepto quizás por el hecho de que los síntomas más espectaculares pueden disimular realidades más profundas.

Desde la izquierda, todo el mundo señala el «populismo», desde la derecha, la «invasión de migrantes», e incluso la «islamización». Son menos numerosos los que recuerdan que es el divorcio entre unas élites sordas y la «gente pequeña» y abandonada lo que provoca, como reacción, la explotación del descontento del bon populo por parte de los demagogos; ni tampoco que es el hundimiento demográfico del viejo continente lo que atrae en compensación a la juventud magrebí y africana; o, por último, que es el vacío espiritual y moral engendrado por el olvido o el rechazo del cristianismo y de su base bíblica lo que da juego a los predicadores islamistas.

Y todavía son menos numerosos los que se cuestionan las causas últimas de estas evoluciones a largo plazo, y que intentan impedir que produzcan sus efectos destructores. Estos pensadores y hombres de acción existen. En Europa, están dispersos en todos los países y muy a menudo son ignorados, voluntariamente o no, por la palabra pública. Sus argumentos, aunque sólidamente fundados en la razón, son descartados por los más potentes con un gesto de la mano. Por todo ello se creen aislados, una minoría dejada atrás por el movimiento irresistible de la historia. 

La reunión internacional que la federación One of Us organiza en Santiago de Compostela el próximo 19 de octubre tiene el objetivo de reunirlos y de hacer que se conozcan. Recordemos que One of Us nació, ya hace cinco años, lanzando una iniciativa de ciudadanos a escala europea. Esta pedía el respeto por los embriones humanos que se iban a abandonar, supuestamente a la «ciencia», pero más bien a una tecnología sometida a las órdenes del mercado. La iniciativa había recogido casi dos millones de firmas. Despreciando las reglas comunitarias que exigen que se tengan en consideración las peticiones masivas, las instancias de Bruselas no la tuvieron en cuenta. Esto demostró la indigencia de los políticos, pero también la insuficiencia de toda acción situada exclusivamente a ese nivel.

Ahora, y tras dos reuniones, primero una en Valencia y luego otra en París, One of Us debe poner en pie una plataforma cultural europea.

El adjetivo «europeo» no es estrechamente limitativo. Lo que procede de Europa, como una ciencia rigurosa, una tecnología de alto rendimiento, una democracia que no siempre es solo una palabra, y por otro lado cierta secularización, una eliminación de las referencias morales... todo ello ha invadido el planeta entero, en lo bueno y en lo malo. Hay cosas «europeas» por todas partes. De ahí que pese una mayor responsabilidad para los europeos, aunque la influencia económica y política tienda a decrecer ante los gigantes, estadounidense hoy, asiáticos y africanos en el futuro. Cuidar la «boca por la que muere el pez» es un deber colectivo que nos atañe principalmente.

«Cultural» es una palabra importante. Se trata de situarse decididamente en un nivel pre-político. De hecho, la política se encarga cada vez más de dar forma a las peticiones que transmite la cultura. Es legítima cuando se trata de plasmar en leyes la voluntad popular bien informada y reflexionada con madurez. Pero derrapa cuando los grupos de presión, apoyados por un bombardeo mediático, hacen creer que los deseos de ínfimas minorías deben ser satisfechos a cualquier precio, incluso cuando implican que unos seres humanos que todavía no tienen posibilidad de defenderse puedan comprarse y venderse a demanda.

La cultura, en cambio, los ayuda a ver desde cierta perspectiva, con cierto color, tanto el mundo que nos rodea como a nosotros mismos, los que vivimos en él. De este modo guía nuestra acción, incluso en el ámbito político. Cuando se trata de una auténtica cultura de vida, nos ayuda a tomar conciencia de la belleza del mundo, de la dignidad de lo que somos, y de la belleza de la tarea que debemos cumplir. ¿Es la «cultura» actual una verdadera cultura? Podemos dudar de ello.

Por lo tanto, es importante realizar un análisis crítico, sin lloriquear por lo que se ha perdido, y sin precipitarse hacia promesas que, de todas formas, no podremos cumplir. No queremos ni arrepentirnos de un pasado que no fue tan rosa como lo pinta una nostalgia reaccionaria, ni esperar que las manipulaciones arriesgadas de la naturaleza, dentro y fuera de nosotros, nos traigan «futuros encantadores».

Lo que nos amenaza es una cultura (si merece ese nombre) que lo quiere reducir todo a lo que se puede comprar o vender. No es solo la fuerza de trabajo del hombre lo que se está convirtiendo en una mercancía, es su propio cuerpo, que no merecería más respeto que una máquina. Así pues, un niño no sería más que una comodidad que se podría encargar a un útero de alquiler y que se puede devolver en caso de defecto insalvable. En cuanto a aquellos que fueran incapaces de producir o de comprar, acabarían en la basura.

Ante esta «cultura» que nos quieren imponer, nos preguntaremos qué cultura (una verdadera) queremos en realidad, y cómo trabajar para que acontezca. Esa será la primera tarea del Observatorio de los valores.

De la misma manera, nuestra «plataforma» se parecerá a aquellas que se instalan en el mar para buscar petróleo. Como estas, intentará perforar lo más profundo posible, hundiéndose hacia los estratos menos visibles, pero más fundamentales, de nuestra cultura. Como estas, quiere extraer lo que, una vez refinado, podrá ayudarnos a seguir avanzando: no solo a lograr que nuestros motores funcionen, sino también a darnos la fuerza y las ganas de avanzar hacia una mayor humanidad.

Publicado en ABC.

Rémi Brague es profesor de Filosofía Moral en la Universidad de la Sorbona de París.

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