Lunes, 23 de noviembre de 2020

Religión en Libertad

Mirar al cielo ante la pandemia: San Miguel Arcángel, Roma y la peste


por Miguel Cuartero Samperi

Opinión

Uno de los monumentos más característicos y famosos de Roma es conocido con el nombre de Castel Sant'Angelo, un castillo colosal que se eleva soberbio a pocos pasos de la Basílica de San Pietro asomándose sobre el río Tíber. El nombre actual del edificio es relativamente reciente, de hecho durante siglos el monumento tomó el nombre de su creador: se conocía como Mole Adriana o Mausoleo Adriano.

Arriba: el Castel Sant'Angelo, situado justo enfrente de la Basílica de San Pedro. Foto: Sergio d'Afflitto (Wikipedia). Abajo: cuadro de Gaspar van Wittel (1690).

Nacido como monumento funerario, el edificio fue construido por el emperador Adriano en el siglo II d.C. para albergar su tumba y las de su familia. En el siglo V, después de perder su función de sepulcro, se utilizó como fortaleza para la defensa de la ciudad de Roma y comenzó a llamarse castellum.

En la Edad Media, el castillo fue disputado por varias familias de la nobleza romana (Castellum Crescentii fue el nombre dado por la familia Crescenzi que poseyó el castillo durante aproximadamente un siglo); finalmente, se convirtió en el bastión de la familia romana de los Orsini, hasta principios del siglo XV, cuando el castillo se convirtió en propiedad de la Santa Sede gracias a Oddone Colonna, elegido Papa en 1417 con el nombre de Martín V (primer Papa Colonna). En el Renacimiento, con el Papa Alejandro VI (Borgia), el edificio fue renovado radicalmente y se convirtió en un símbolo del poder papal en Roma.

El monumento tomó su nombre actual en 590 cuando la figura del Arcángel Miguel quedó vinculada indeleblemente al destino de la Ciudad Eterna, plagada por una terrible epidemia. En noviembre de 589, debido a las fuertes lluvias que azotaron toda la península con tormentas e inundaciones, el río Tíber se desbordó de manera extraordinaria, inundando gran parte de la ciudad y causando enormes daños. La desastrosa inundación hizo que se elevara el nivel del suelo en el área de Velabro (entre el Tíber y el Foro Romano, entre el Capitolio y el Monte Palatino) y colapsó parte del puente Agrippa (antiguo puente de madera, hoy substituido por el Ponte Sisto). Los daños causados por la inundación fueron enormes. Al año siguiente, después de la inundación, la plaga de la peste se extendió por la ciudad (según la leyenda, debido a los cadáveres de animales esparcidos a causa de la inundación en campo).

A la vez que Roma era invadida por la peste, la terrible pestis inguinaria se extendió desde Egipto por todo el Imperio Bizantino, una plaga que  azotó el Occidente durante más de doscientos años. La plaga de la peste causó numerosas muertes, la población fue diezmada. La situación era tan horrible que por temor al contagio muchos cadáveres quedaban tirados en las calles, lo que provocó un aumento de la propagación de la peste. En ese mismo año, el 7 de febrero, la pandemia causó una víctima ilustre: el Papa Pelagio II. A Pelagio le sucedió el Papa Gregorio I conocido como el Grande (o Magno), venerado como santo y doctor de la Iglesia. Gregorio fue elegido el 3 de septiembre de 590.

Interpretando la plaga de la peste a la luz de la fe, como un castigo divino y un llamado a la conversión, el Papa Gregorio Magno pidió a los romanos que volvieran su mirada al cielo e imploraran la ayuda de Dios. El Papa Gregorio instó a los fieles a elevar oraciones y súplicas y les pidió a todos que se arrepintieran de sus pecados: "Mira a tu alrededor: aquí está la espada de la ira de Dios blandida sobre todo el pueblo. La muerte súbita nos arrebata del mundo, casi sin darnos un minuto de tiempo. En este mismo momento, oh, cuántos son tomados por el mal, aquí a nuestro alrededor, sin siquiera ser capaces de pensar en la penitencia. ¿Qué diremos sobre los terribles eventos que estamos presenciando si no es que predicen la ira futura de Dios? Entonces meditad queridos hermanos, con extrema atención sobre aquél día, corregid vuestras vidas, cambiad vuestras costumbres, derrotad las tentaciones del mal con todas vuestras fuerzas, castigad con lágrimas los pecados que habéis cometido" (Homilía sobre los Evangelios).

El Papa organizó una solemne procesión "septiforme" (dividida en siete procesiones) por las calles de la ciudad; a partir de siete iglesias romanas, la procesión llegaba a la basílica vaticana. Gregorio qiuiso que la procesión fuera encabezada por el icono de la Virgen custodiado en la Basílica romana de Santa María la Mayor, pintado por el evangelista San Lucas: la Salus Populi Romani (en español: salvación del pueblo romano).

Según la tradición, mientras el Papa Gregorio cruzaba, al frente de la procesión, el puente que unía el área del Vaticano con el resto de la ciudad (entonces llamado Ponte Elio o Puente de Adriano, hoy Ponte Sant'Angelo), tuvo una visión del Arcángel Miguel que, encima de la Mole Adriana, envainaba su espada. La visión (que según algunas fuentes fue compartida por todos los fieles presentes) fue interpretada como un signo celestial que anunciaba el fin de la epidemia, lo que realmente sucedió.

Antes de la aparición de San Miguel, algunos ángeles descendieron del cielo y se colocaron alrededor de la imagen de la Virgen María entonando la oración: "Regina Cœli, laetare, Alleluia - Quia quem meruisti trae, Alleluia - Resurrexit sicut dixit, Alleluia!" El Papa Gregorio, poniéndose de rodillas y elevando la mirada al cielo, gritó: “Ora pro nobis Deum, alleluia” ("¡Ruega a Dios por nosotros, aleluya!”). La procesión terminó con cantos de acción de gracias, entre la alegría y el júbilo de los fieles. Según la tradición, desde ese momento, la peste dejó de atormentar a la ciudad. La visión se interpretó de inmediato como una señal de Dios, una intervención del cielo para salvar la Ciudad Eterna del terrible flagelo de la peste.

En memoria de ese maravilloso prodigio, la Mole Adriana tomó el nombre de Castel Sant'Angelo. Unos años más tarde se erigió, en la parte superior del edificio, una capilla y una estatua del Arcángel Miguel con la espada (primero en mármol blanco, luego la actual estatua en bronce). Incluso hoy dentro del museo hay una piedra dónde, según la tradición, aparecen las huellas del Arcángel.

Oración a San Miguel Arcángel

Esta oración fue escrita en 1884 por el Papa León XIII después de la terrible visión de unos demonios que se concentraban sobre la ciudad de Roma para la perdición de las almas. Así lo testificó su secretario, monseñor Rinaldo Angeli: "Había visto innumerables demonios, riendo y triunfantes, reuniéndose sobre Roma, como una bandada de cuervos, e invirtiendo a la ciudad con su presencia maldita. El Papa había tenido la intuición de que era necesario rezar sinceramente a San Miguel para que los rechazara". Antes de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, al final de cada Misa, el celebrante y los fieles se arrodillaban para recitar una oración a la Virgen y esta oración al Príncipe de los Ángeles. Durante el Concilio Vaticano II se decretó la supresión de estas oraciones después de la Misa.

“San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla. Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes, y tú, Oh Príncipe de la milicia celestial, arroja al infierno con el divino poder a satanás, y a todos los espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

En 1994, hablando sobre la famosa oración a San Miguel de León XIII, el Papa San Juan Pablo II afirmó: "Incluso si esta oración ya no se recita al final de cada misa, nosotros podemos recordar esta llamada a la lucha espiritual y recitarla para obtener ayuda en la batalla contra las fuerzas de la oscuridad y en contra del enemigo malo”.

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