Jueves, 25 de abril de 2019

Religión en Libertad

Como monos en una jaula


por Juan Manuel de Prada

Opinión

Resulta, en verdad, lastimoso, ver a los chavales españoles convertidos en mamarrachos gregarios de modas extranjeras, con sus disfraces macabros de Giligüín. Cada año son más; y sus celebraciones son más bullangueras, como de monos encerrados en una jaula que se disputan una garrafa de licor. Que este es el destino que aguarda a los pueblos que se quedan sin teología.

En las mojigangas y mascaradas propias de nuestra tradición siempre la gente se disfrazó de diablo, lo mismo en las danzas de la muerte medievales que en las carnestolendas barrocas. En mi tierra, incluso, tenemos las fiestas de zangarrones, que son mascaradas invernales de carácter burlesco, donde las figuras diabólicas salen a la calle con un cinturón de cencerros, repartiendo zurriagazos, y acaban siempre trasquiladas. Y es que todas nuestras fiestas populares bebían de una teología muy saludable, que nos enseña que el demonio, con toda su apariencia espantable y sus ínfulas soberbias, es una criatura risible. Pues, queriendo ser tan poderoso como Dios, puede ser vencido por cualquier hombre, incluso por un niño (y, cuanto más niño sea el hombre, con más facilidad podrá vencerlo), sin más arma que su libre albedrío.

Y, junto a estas mojigangas y mascaradas de irreprochable teología, teníamos la solemnidad de Todos los Santos y la conmemoración de los Fieles Difuntos, que nos enseñaban que quienes nos precedieron en la andadura de la vida terrenal forman piña con quienes todavía seguimos por este barrio, los unos intercediendo por nosotros, los otros demandando nuestras oraciones y sufragios. Y esta comunión indestructible entre los vivos y los muertos, esta sociedad de ayudas mutuas añadía hondura y espesor a nuestra vida terrenal, la nutría de bellezas y fortalezas íntimas que la hacían más gozosa, aun en medio del sufrimiento. Pues no hay nada más hermoso (no hay forma de solidaridad más plena) que la comunión de las almas, que nos permite contemplar nuestra vida como un hilo que forma parte de un tapiz donde los bríos que recibimos de quienes disfrutan del banquete eterno los transmitimos a quienes esperan participar pronto de él. Y de esta teología cabal brota, a modo de corolario, una vida comunitaria de vínculos fuertes y lealtades indestructibles, que expulsa los demonios interiores.

Frente a esta teología cabal, donde los diablos se llevan un varapalo, donde los vivos y los muertos nos confortamos mutuamente, la mamarrachada de Giligüín confunde a los diablos con los muertos y los mezcla en enjambre aturdidor, confabulados en la misión de martirizar a los vivos (o por lo menos de darles la murga y hacerles bromazos). Esta visión demente en la que las almas de los muertos se convierten en demonios es hija, en realidad, del individualismo liberal, que quiere a los hombres convertidos en mónadas extraviadas en el vacío sideral, aisladas de las gracias celestes, incomunicadas de quienes penan y purgan sus faltas. E, inevitablemente, de esta visión demente sólo puede surgir una disociedad horrenda sin fe ni esperanza ni caridad, una disociedad fundada en los recelos y en las desconfianzas, donde no puede haber otra unidad que la bullanga de los monos en una jaula, disputándose la garrafa de licor que el tirano les arroja de vez en cuando, para que anestesien el dolor de estar solos. Que eso es lo que celebran esos chavales convertidos en mamarrachos gregarios de modas extranjeras, con sus disfraces macabros de Giligüín: su soledad de pobres diablos sin alma ni tradición, extraviados como mónadas en medio del vacío sideral y en manos de tiranos que los pueden apaciguar o enviscar, según convenga.

Publicado en ABC.

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