Miércoles, 17 de julio de 2024

Religión en Libertad

Profecías

Virgen de Fátima.
Desde 1917, los hombres han desoído colectivamente la apremiante llamada a la conversión que hizo la Virgen de Fátima, y el mundo ha sido y está siendo castigado por ello.

por Angélica Barragán

Opinión

El 13 de mayo se cumple un año más de la primera de las seis apariciones de Nuestra Señora de Fátima a los tres pastorcitos, Lucia, Francisco y Jacinta, en el poblado de Cova da Iria (Portugal) en 1917. Este acontecimiento es sumamente conocido debido, entre otras cosas, al milagro del Sol danzante que fuera atestiguado por más de 50.000 personas y a importantes profecías tales como la finalización de la Primera Guerra Mundial, el vaticinio de la segunda y el peligro de que los “errores de Rusia” se extendiesen por todo el mundo si dicha nación no era consagrada a Su Inmaculado Corazón, de acuerdo con sus requerimientos, y el mundo no se arrepentía de sus muchos pecados. 

Tal como la Virgen lo anunciara, los errores del marxismo se extendieron rápidamente por la extensa tierra de los zares a través de la revolución bolchevique que, en 1917, en nombre del proletariado, lidereara Vladimir Lenin. Asimismo, la Primera Guerra Mundial terminaba el 11 de noviembre de 1918. Desafortunadamente, el mundo hizo oídos sordos al llamado de la Virgen a la conversión, por lo que dicho conflicto dio pie a la Segunda Guerra Mundial que, a partir de 1939, sumiría a varios países en el horror y la desesperanza. La victoria de los Aliados traería la paz en 1945.

No obstante, dicho triunfo le daría a la Unión Soviética, bajo el mando de Stalin, el dominio de varios países (Bloque del Este), con lo cual los errores de Rusia no sólo se afianzaron sino que se propagaron velozmente. Además, es importante recordar que a partir de finales de los años cincuenta se irían incorporado al llamado bloque comunista poderosos países de Asia (China y Corea del Norte) así como de África y de Hispanoamérica.

Debido a esto, terminada la Segunda Guerra Mundial el mundo vivió varias décadas de Guerra Fría, como se designó a la lucha ideológica entre los bloques capitalistas de Occidente, lidereados por los Estados Unidos, y el bloque comunista del Este, lidereado por la Unión Soviética.

Sin embargo, ésta comenzó su menoscaba a fines de la década de 1980, durante la administración de Mijail Gorbachov. En 1989 caía el muro de Berlín. Poco después, Alemania era reunificada y poco a poco fueron cayendo varios de los tiránicos regímenes comunistas los cuales dejaban, tras su violento paso, un saldo de más de 100 millones de muertos. En 1991, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) dejaba de existir.

El optimismo embargaba los aires y se llegó a creer que, por fin, la humanidad conseguiría la paz y la concordia tan anhelada.

Desafortunadamente, no fue así. Occidente, centrado en los errores económicos del comunismo, se había ido sumiendo, a su vez, en un feroz materialismo que sutilmente le fue arrebatando el alma. Así, los líderes que denunciaban el totalitarismo tiránico de los regímenes comunistas promovían en su suelo una libertad cuasi ilimitada del hombre que, desligada de la ley natural y de la razón, acabó por deformar a una gran parte de la sociedad que “voluntariamente” elegía ser esclava de sus pasiones y sus deseos.

Y así, entre aires de libertad y de prosperidad, Occidente desdeñaba, una vez más, la llamada a la conversión. Más aún, asumía, inconscientemente, los errores más perniciosos del marxismo, puesto que, como nos recuerda Fulton Sheen, “existe una relación más estrecha entre el comunismo y el capitalismo monopolista de lo que la mayoría de las mentes sospechan. La economía capitalista es atea; el comunismo hace de la economía Dios… El capitalismo niega que la economía esté sujeta a un orden moral superior. El comunismo dice que la economía es moralidad”. Y es que tanto capitalismo como socialismo despojan a la persona de todo sentido de trascendencia poniendo al hombre al servicio del estado en el comunismo, y al servicio de la economía en el capitalismo. 

Fulton Sheen, en su libro El comunismo y la conciencia occidental, afirma que para entender la referencia que hace la Virgen de Fátima a los errores de Rusia es necesario retroceder a 1858, año en el que se escribieron tres obras cruciales. La primera es El origen de las especies, de Charles Darwin, en la cual afirma que el hombre es pura materia, producto de la evolución, y no un ser creado a imagen y semejanza de Dios. La segunda obra es Sobre la libertad, de John Stuart Mill, en la cual niega que exista una autoridad superior a la cual el hombre esté obligado a obedecer. Y en la tercera, Una contribución a la crítica de la economía política, de Karl Marx, se afirma que el hombre y la historia están impulsados por la economía y la política, no por la religión y, ciertamente, por nada sobrenatural. 

Sin embargo, como señalara Sheen, Dios respondió a estos arrogantes errores con la aparición, en ese mismo año, de la Virgen de Lourdes a Santa Bernardita. Con su milagrosa aparición, afirmaba la existencia de Dios. Con su nombre, “Yo soy la Inmaculada Concepción”, como se presentase a Bernardita, reafirmaba tanto el dogma de su Inmaculada Concepción, como la realidad del pecado original y la naturaleza caída del hombre. Finalmente, con la llamada a la conversión, reiteraba la absoluta necesidad que tiene el hombre de Dios.

La Virgen de Fátima nos advirtió el peligro de que el hombre, seducido por las quiméricas promesas de una falsa religión que a la vez que niega a Dios exalta al hombre, se encaminase, como lo estamos viendo, al abismo. Como nos recuerda Donoso Cortés: “Al compás mismo con que se disminuye la fe, se disminuyen las verdades en el mundo; y la sociedad que vuelve la espalda a Dios ve ennegrecerse de súbito con aterradora oscuridad todos sus horizontes.” 

Ciertamente, nuestro horizonte está oscurecido por el pecado y la impiedad. Mas los cristianos hemos nacido para el combate y, a pesar de lo violenta y peligrosa que se antoje la batalla, sabemos que no estamos solos. La Virgen, que siempre cumple sus promesas, ha dicho: “Al final mi Inmaculado Corazón triunfará".

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