Lunes, 22 de abril de 2019

Religión en Libertad

Las dimensiones de un crimen


por Enrique Álvarez

Opinión

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Hace mucho tiempo que perdí la capacidad de creer que sea posible, al menos en el mundo de hoy, convencer a nadie de nada mediante el raciocinio y la discusión. Ello está demostrado, sobre todo, en asuntos que toquen la actualidad política o sus aledaños (cada día más vastos). Y es que la gente ya no tiene ideas que confrontar o que discutir, la gente sólo tiene creencias a las que adherirse más o menos apasionada o irracionalmente. De manera que, al referirme aquí al escándalo de los abusos sexuales de la clerecía, renuncio de entrada a exponer mis opiniones para un debate con quienes, por principio, no están de acuerdo con ellas. Pero quizá sea posible que algunas de estas personas que se tomen la molestia de leerme se enteren al menos de lo que piensa alguien como yo, que juzga claramente tergiversado el caudal informativo que nos arrojan a diario los medios sobre la delincuencia sexual eclesiástica.

Tergiversación monstruosa, porque he comprobado hasta la saciedad, tras numerosas discusiones con prójimos de toda índole, que la idea que han logrado imponer dichos medios entre la gente escasamente informada, que es la inmensa mayoría de la gente, puede plasmarse en los siguientes puntos:

Primero: los abusos sexuales de los curas son cosa actual, son hechos que han ocurrido desde siempre pero que siguen ocurriendo a día de hoy en todas partes. Segundo: son hechos masivos, es decir, que afectan a un porcentaje altísimo de religiosos, que podría aproximarse al cuarenta por ciento. Tercero: son hechos propiciados por el encubrimiento culpable, incluso la complicidad, de los obispos o superiores, que sienten toda la empatía con los delincuentes y ninguna piedad en cambio por sus víctimas. Y cuarto: la pederastia del clero es consecuencia necesaria del voto de castidad, de la represión sexual impuesta por la Iglesia a sus ministros.

Se trata de cuatro grandes falacias, cuatro mentiras fácilmente refutables con hechos y cifras. Primera: porque la práctica totalidad de los abusos de los que hablamos son del siglo pasado, de hace más de veinte o treinta años. Segunda: porque la realidad es que los clérigos abusadores fueron casos aislados, una minoría dentro de la gran masa de religiosos católicos de todo el mundo; sólo que esa realidad es amplificada y multiplicada incansablemente por los medios de comunicación, que hacen un seguimiento reiterativo y exhaustivísimo de cada caso individual. Tercera: porque los superiores no siempre pueden denunciar ni condenar a los implicados sin faltar gravemente a la justicia, porque no siempre hay pruebas convincentes y porque está muy constatado que las denuncias falsas existen, en especial sobre hechos antiguos. Y cuarta, porque la pederastia se da en todas las profesiones y capas sociales y, más aún, porque la pederastia, como fenómeno extremo de la degeneración sexual, afecta a personas que han seguido un largo camino previo de libertinaje, lo que no es precisamente el caso de los curas y frailes.

La idea de fondo, la idea que se instala, pues, como creencia entre la gente no muy bien informada es que hay un clima malsano en el catolicismo, y lo hay desde su origen, un clima de asquerosa hipocresía en el cual se imponen prohibiciones o limitaciones sexuales de toda índole al tiempo que se protege e incluso se propicia la práctica del desahogo sexual con niños, como si se tratara de un viejo truco para mantener operativo el sistema, este cotarro que es la Iglesia, cimentado en el celibato obligatorio. Abundan las personas buenas e inteligentes que “están” en esta creencia, que se tragan esta basura, como se tragan también otra aún más grosera: que el mundo está lleno personas, de millones de hombres, que llevan una vida marcada y desgraciada por el hecho de que en su infancia o adolescencia un cura abusara de ellos. Hombres que sospechosamente han tardado treinta o cuarenta años en decidirse a contarlo. Nadie ha negado nunca que el daño hecho a un niño por un adulto pederasta es de enorme gravedad moral, máxime si quien lo inflige es un sacerdote, pero hablar de muchedumbres de jóvenes devastados por la lujuria malsana de los frailes y por la falta de atención y apoyo de sus autoridades, hablar de multitudes de vidas rotas, casi como si de un cuasi holocausto se tratara, una especia de genocidio espiritual del que culpar a los curas, no es más que el deseo, que cada vez se disfraza peor pero que a nadie parece importar mucho, de hundir para siempre a la Iglesia o de forzarla a una renovación que sólo podría pasar por la supresión total del don del sacerdocio.

Y esto que aquí digo no es más que el intento de fijar los términos del problema, de establecer sus dimensiones reales, no las atrozmente exageradas y manipuladas por los medios de información de masas. No es, lo subrayo, un intento de negar el problema. El problema existe, ha existido a lo largo de la segunda mitad del siglo veinte, y ahora lo que existen sus consecuencias desastrosas, sobre las que hay que hacer profunda reflexión dentro de la misma Iglesia. ¿Por qué pasó lo que pasó? Un reflexión profunda que sólo puede hacerse desde los propios postulados de la Iglesia: que ese daño, que esa lujuria criminal de algunos religiosos, y que esa ceguera o cobardía imperdonable de algunos obispos, tal vez no sea sino el reflejo de un mal más profundo, de unos pecados no visibles ni periodísticos pero mucho más radicales y desastrosos. Y de esos quizá se podría hablar con mucha humildad y sin tanto enconamiento ni vergüenza.

Publicado en El Diario Montañés el 3 de marzo de 2019.

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