Domingo, 21 de julio de 2019

Religión en Libertad

Si no tengo caridad, de nada me sirve


por Antonio Espíldora

Opinión

En la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo celebramos con alegría el Día de la Caridad, la fiesta de toda la familia de Cáritas. Una fiesta en la que Cristo Eucaristía sale a nuestro encuentro, se hace presente en nuestras calles y plazas para buscarnos y dejarse encontrar. Esperemos que no encuentre solo nuestra frialdad y nuestra indiferencia o, en el mejor de los casos, nuestra curiosidad. Quizá el Señor, cuando nos vea al pasar, congregados para ver la procesión, nos pregunte —como hizo refiriéndose a Juan Bautista—: ¿qué salisteis a ver? (cf. Mt 11, 7-9); ¿una bella custodia?; ¿un acto cultural?; ¿un desfile más, como el de comparsas en Carnaval?

Quiera Dios que muchos podamos responder: hemos salido a verte a Ti, Rey de reyes, Señor de señores, mi Creador, mi Redentor, realmente presente en el pan eucarístico con todo tu cuerpo, alma y divinidad. Pero no podemos darlo por supuesto. Necesitamos actualizar continuamente, ejercitando la fe, la conciencia de las realidades sobrenaturales, frente a una sociedad que pretende imponernos una forma de vida cada vez más centrada en lo visible y palpable, cada vez más alejada de Dios, cada vez más secularizada.

Decir hoy en España que de la eucaristía brota la caridad es asumir un riesgo cierto de ser malinterpretado. La mayoría de los españoles no saben lo que significa eucaristía ni  mucho menos lo que significa caridad. Incluso en las traducciones litúrgicas se ha modificado la palabra caridad  por amor, por ejemplo, en la carta de San Pablo a los Corintios (1 Co 13). Afortunadamente, eso no ha sucedido todavía con el nombre de nuestra institución, y seguimos siendo Cáritas y no Amor. Sin embargo, sí hemos abandonado en Cáritas el uso habitual y recto de la palabra caridad. Probablemente con la buena intención de que el mundo no crea que en Cáritas hacemos simplemente beneficencia, pero perdiendo ocasión de explicar, llanamente, que caridad no es beneficencia. Probablemente con la buena intención de que no piensen que nos amparamos en la caridad para tolerar la injusticia, pero perdiendo la oportunidad de manifestar, alto y claro, que la caridad sostiene y perfecciona la justicia y la solidaridad. Ante la acusación de que la caridad es inferior a la justicia, a la solidaridad y al amor (un concepto confuso de amor, además), ¿no hemos respondido desde Cáritas —con nuestros silencios y nuestros lemas durante años—: tenéis razón, la caridad es inferior, pero es que nosotros en realidad trabajamos por la justicia, nos comprometemos por la solidaridad, nos entregamos al amor a la humanidad, nos movilizamos por el planeta…? ¿No nos hemos convertido, en cierto modo, en «acomplejados de la caridad»?

Y es que hay actitudes como la solidaridad, por ejemplo, que hacen referencia directa al hombre, en tanto que la caridad hace referencia directa a Dios. ¿No será quizá ese el verdadero motivo del rechazo del mundo a esta palabra? La caridad es el amor sobrenatural con el que Dios nos ama a nosotros y con el que nosotros podemos amar también tanto a Dios como al prójimo. Y cuando las personas de Cáritas actuamos, todos tienen derecho a saber que actuamos por amor a Cristo y movidos por el Espíritu Santo. Más aún: Dios tiene derecho a que no ocultemos la verdad y a que todo el mundo pueda conocer que es Él quien nos mueve. Por tanto, dejar de usar la palabra caridad en Cáritas supone una contradicción, una claudicación ante el mundo —que busca ocultar a Dios— e incluso una traición a Jesucristo, que es la Verdad.

Decía el Papa Benedicto XVI, en su encíclica Caritas in veritate, que un cristianismo de caridad sin verdad nos llevará a un mundo en el que «no habría un verdadero y propio lugar para Dios» (cf. Caritas in veritate, n. 4). ¿No es eso lo que está ocurriendo? La tan traída y tan llevada pluralidad religiosa en España es más bien un espejismo. Según el barómetro del CIS de marzo de 2019, el 69,1 % de los españoles se declaran hoy católicos —si es que sumamos el 47,9% de los que se autodenominan con el oxímoron católico no practicante—, el 2,5 % creyentes de otra religión y el 25,4 % agnóstico o ateo. En definitiva, las personas que han abandonado el catolicismo en ritmo tan acelerado en España durante los últimos diez o quince años no se han ido a otras religiones, sino directamente a la increencia. Hasta el punto de que hoy el número de no creyentes en Dios (25,4 %) supera ampliamente al de católicos autoconsiderados practicantes (21,1 %). Es decir, podríamos decir que hoy hay mucho menos lugar para Dios en la sociedad española que hace veinte años, incluso diez, cuando el número de no creyentes era poco significativo. Quizá esto no se deba a la falta de identidad católica en la actuación externa de Cáritas o de la propia Iglesia, a una falta de verdad en la caridad. O quizá sí.

Sea como fuere, algo no estamos haciendo bien los católicos. Podría ser que nuestra manera de actuar no sea la causa (directa y exclusiva) de lo que ocurre en la sociedad, pero al menos deberíamos reconocer —en Cáritas y en toda la Iglesia— que lo que venimos haciendo durante los últimos diez o veinte años no está produciendo frutos de verdad y de mayor presencia de Dios en la sociedad. ¿No nos habremos centrado solamente en las acciones exteriores, descuidando lo interior?

Volviendo a la primera carta a los Corintios, nos dice la palabra de Dios —a través de San Pablo— que ya podría dar todo mi dinero a los pobres… si no tengo caridad, de nada me sirve (cf. 1 Co 13). En Cáritas también damos dinero a los pobres, todo el que nos llega; que, gracias a Dios y a la generosidad de tantas personas, es mucho. Pero ¿somos conscientes de que si no tenemos caridad, si no amamos con el amor de Dios, movidos por el Espíritu Santo, de nada nos sirve? No es que sirva un poco o solamente para algunas cosas. No sirve de nada, dice la palabra de Dios. ¿Y nos atreveríamos a actualizar este texto de Corintios 13 para nuestros días? Quizá hoy podríamos sustituir los restantes ejemplos de San Pablo y decir: ya podría yo erradicar todas las desigualdades del mundo, eliminar todas las fronteras, salvar la Amazonía y el planeta entero; si no tengo caridad, de nada me sirve.

El mundo de hoy necesita el amor de Dios, la caridad. Y solo la Iglesia —Cáritas— se la puede dar. Esta es nuestra misión y nuestra responsabilidad. Desde nuestra propia identidad, desde la verdad, desde el encuentro personal con Jesucristo, podremos entregarnos a cada una de las personas que sufren tantas pobrezas y que necesitan no solo ayuda material, sino  acogida, escucha y —también ellos— encontrarse con Cristo.

Antonio Espíldora es director de Cáritas Diocesana de Toledo.

Publicado en el portal de la Archidiócesis de Toledo.

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