Jueves, 02 de julio de 2020

Religión en Libertad

Pueblos, naciones, patrias


por Stefano Fontana

Opinión

El XI Informe sobre la Doctrina social de la Iglesia en el mundo afronta el tema emergente del llamado “despertar de las naciones”, y es la continuación del resultado de los Informes precedentes de estos últimos años. Efectivamente, es evidente la relación de temas como las migraciones, o el futuro de Europa, que han sido abordados en estos años, con el actual de los pueblos, las naciones y las patrias.

El flujo migratorio pone en dificultad el mantenimiento de las identidades nacionales, apunta a construir una sociedad multicultural y multirreligiosa y, a menudo, las reacciones negativas al respecto derivan precisamente del hecho de sentirse “amenazados” en la propia alma cultural. El proceso de unificación europea atraviesa hoy grandes dificultades porque no ha protegido y valorizado las identidades de los pueblos, imponiendo una homogeneización que mucho consideran una amenaza. Este XI Informe es, por tanto, el punto de llegada de los anteriores, además de abordar un problema concreto y muy sentido.

 

El XI Informe. Pueblos, naciones, patrias puede pedirse al precio de 14,00 € sin gastos de envío escribiendo a info@vanthuanobservatory.org

Se puede decir que el origen del problema lo encontramos en la relación entre nación y Estado. Desde que se constituyó el Estado moderno, absoluto y burocrático, las distintas naciones, a fin de evitar ser aplastadas bajo su omnipotencia, intentaron crear uno a su medida, un propio Estado. Por tanto, según el modelo inaugurado en Westfalia en 1648, hay una creciente identificación entre nación y Estado.

Dicha identificación ha llevado a formas de nacionalismo, es decir, de opresión de las minorías nacionales internas y de lucha contra los otros Estados, que a su vez representaban a otras naciones de manera exclusiva. Según la expresión de Hobbes, si bien el nacimiento de un Estado hace cesar las luchas internas puesto que establece un poder absoluto al cual todos los ciudadanos se han sometido de manera voluntaria e irrevocable, renunciando a la libertad para tener la paz, ello no hace que cesen las luchas entre los Estados que, en sus relaciones recíprocas, son como individuos empeñados en una lucha de todos contra todos. Entonces, podemos decir que el nacimiento del Estado moderno ha causado la identificación entre nación y Estado, y que esto ha llevado al nacionalismo y a la guerra entre los Estados/nación.

El primer punto que hay que aclarar es, por tanto, la naturaleza del Estado respecto a las naciones. La cuestión no es tener Estados débiles o “mínimos”, sino evitar que sean estos Estados los que planifiquen desde arriba y desde el centro la vida de los pueblos y de las naciones, superponiéndose a ellos y convirtiéndose en el aglutinante absoluto de su coexistencia.

En ciertos casos, como señala la Caritas in veritate, el Estado aún no está adecuadamente constituido y esto no es un bien para las naciones, o para las naciones que viven en ese territorio. Sin embargo, consolidar el Estado no significa hacer de él una mega-máquina en el sentido de Max Weber.

El Estado es un instrumento que, socialmente hablando, “viene después” de otras dimensiones naturales de la vida comunitaria, como la familia, las naciones y los cuerpos intermedios y que, jurídicamente hablando, está al servicio de dichas realidades que le preceden según los principios del derecho natural. Al contrario, el Estado absoluto y burocrático acaba por olvidarse del derecho natural y considerar sólo el derecho positivo según la perspectiva del positivismo jurídico. De este modo, el Estado acaba teniendo la pretensión de tener siempre razón, también cuando descuida u oprime las realidades naturales que lo preceden.

Si el Estado nace, como afirma el pensamiento moderno, de un contrato, esto significa que se constituye prescindiendo de un orden y un derecho naturales y no está, por tanto, obligado hacia las realidades comunitarias naturales que le preceden, incluidas las naciones. Ratificar, en cambio, la dignidad de las naciones significa referirse a un orden natural en el que los instrumentos, como es de hecho el Estado, son funcionales respecto a los fines de los que dependen.

Antes del nacimiento del Estado moderno, en decir, en la época medieval, el Estado en el significado actual del término no existía, pero sí existían las naciones, que estaban conectadas entre ellas por una unidad articulada a distintos niveles. La multiplicidad creativa y la dimensión universal se mantenían siempre sin oprimirse. Faltaba el Estado, pero no faltaba la comunidad política, ni ese se identificaba con esta.

Estamos ante una intersección muy importante en la relación entre las naciones y el Estado: no hay que identificar comunidad política con Estado moderno, puesto que la comunidad política precede al Estado y puede estructurarse políticamente fuera de la forma estatal que nació de Hobbes o Rousseau.

Los principios del bien común y de la subsidiariedad, correctamente entendidos, son, aquí, una ayuda fundamental. Sin el bien común no hay unidad, porque la unidad la proporciona el objetivo. Sin embargo, no es el Estado el que indica el bien común, que reside en las finalidades naturales de la comunidad política en sí y en sus componentes naturales. La subsidiariedad proporciona los criterios para articular política y jurídicamente, con inventiva y creatividad objetivamente fundadas, esta articulación unitaria.

Sin embargo, desde el punto de vista histórico se plantea un problema de notable alcance. Los Estados modernos tienen siglos de historia a sus espaldas y su artificialidad ya está sedimentada. Las reivindicaciones nacionales pueden dificultar un tejido político establecido, crear luchas civiles, desestabilizar y crear conflictos. También se pueden poner en marcha procesos que se concatenan, puesto que las peticiones de autonomía, o incluso de independencia política por parte de cada individuo o cada nación, pueden convertirse en ocasión de conflictos geopolíticos llenos de consecuencias dolorosas.

El actual sistema político viene desde arriba, para derrotar la perspectiva hay que ser cautos: en la práctica, no toda reivindicación de autonomía e independencia nacional merece ser apoyada incondicionalmente. Porque, en cualquier caso, también la voluntad de independencia política esconde en sí una conciencia estatalista y centralista igual a aquella de la que se quiere salir. Hoy, muchos Estados tienen en su interior varias naciones y pueblos: basta pensar en Rusia o en China.

La multiplicación de peticiones de independencia podría hacer temer la descomposición, que se impediría mediante un endurecimiento del centralismo. Estos procesos podrían estar apoyados por potencias extranjeras con el fin de poner en dificultad al adversario: se trata de cuestiones sobre las que hay que detallar bien, por un lado, los conceptos de nación y de Estado y, por el otro, hay que dotarse de un gran realismo y de una prudencia práctica.

Actualmente, en nuestro planeta hay naciones que tienen un Estado propio; hay Estados que tienen en su interior diversas naciones y pueblos; y hay otros cuya identidad nacional es vulnerada por las migraciones; hay naciones que hacen acuerdos entre ellas a caballo de diversas fronteras estatales; hay Estados que dan vida a acuerdos económicos y políticos supranacionales, como es el caso de la Unión Europea.

Cuando se verifica este último proceso es necesario estar muy atento para evitar que se lleve a cabo una nivelación de las naciones y de los pueblos, y que no se pidan renuncias fundamentales sobre la propia identidad cultural a los países que entran en la Unión. Esto conlleva, no sólo evitar el nacimiento de un Superestado absoluto y burocrático que esté por encima de los Estados que se unen, sino también evitar el nacimiento de una ideología política universalista impuesta por las nuevas élites supranacionales. Ambas cosas serían muy negativas para las identidades nacionales, que hay que salvaguardar, respetar y que no hay que proteger como folclore o arqueología, sino que hay que dejar vivir, más que hacer vivir.

En este contexto general, hay que recuperar y volver a motivar el concepto de patria. La patria no es sólo el Estado al que se pertenece y del cual se es ciudadano. Podía ser así, como hemos dicho antes, cuando el Estado moderno englobó en sí la nación, tal vez creándola artificialmente como sucedió con Italia.

La patria es la realidad comunitaria, dotada de una cultura propia y de una historia de símbolos y significados propios, en la que las personas y las familias encuentran su horizonte de significado, de pertenencia, de finalidad natural. La patria es el lugar, físico y simbólico al mismo tiempo, de las raíces. Hay que conocer y amar la patria, no hay que despreciarla o vilipendiarla.

Hay hoy un globalismo cultural que desprecia las patrias, o busca capturarlas en el propio sistema de fruición turística desencarnada. Se difunde una cultura mundialista estandarizada, con una lengua constituida por no más de 200 palabras ya codificadas, y con una serie de principios operativos convencionales y formalizados.

Cuando se habla de patria, es natural hacer referencia a la historia a lo largo de la cual se ha consolidado la pertenencia nacional. Sin embargo, es necesario hacer referencia no sólo a la  historia, sino también a la naturaleza. Los principios y valores nacionales no son válidos sólo porque han sido heredados de la historia, sino porque son conformes a la naturaleza del hombre, de la familia y de la comunidad, puesto que expresan de manera original el orden de la vida social tal como exige la naturaleza humana. La historia transmite también los usos y las costumbres irracionales e innaturales que hay que depurar de las culturas de las naciones. El hombre es, sin duda, cultura; pero la cultura auténtica respeta su naturaleza.

La patria tiene que ver, en consecuencia, con la verdad, y aquí se inserta el discurso de la relación de la religión católica con las culturas. El cristianismo se mueve en dos polos: la unidad del género humano basada en su ser hijo de un único Padre y la realidad específica de cada pueblo. Ambos planos están incluidos tanto en la creación como en la redención: el hombre es creado así y es salvado así. El cristianismo y, por ende, la Iglesia funda tanto la unidad del género humano como su pertenencia en un pueblo. De hecho, ambas pertenencias nacen, como enseñó Juan Pablo II, de la pregunta que el hombre se plantea sobre el sentido último de su existencia y, por tanto, sobre Dios.

No todas las religiones responden a esta tarea del mismo modo. La religión católica reivindica para sí un papel único, porque es única en su modo de relacionar la revelación con la razón y, por consiguiente, la cultura con la base natural. Esto requiere que la Iglesia católica no deje que su acción, su enseñanza y su lenguaje queden aplastadas por las instituciones, ya sean las supraestatales o las estatales, sino que, más bien, debe iluminarlas a todas con su Doctrina social, que tiene el poder de poner cada cosa en su justo nivel, salvaguardando la totalidad.

[Este texto es la Síntesis introductiva del Decimoprimer Informe sobre la Doctrina social de la Iglesia en el Mundo. Pueblos, naciones, patrias del Observatorio Internacional Cardenal Van Thuân sobre la Doctrina Social de la Iglesia.]

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