Religión en Libertad

Relativismo y ley natural

El primero es una dictadura, advirtió el cardenal Ratzinger poco antes de convertirse en Benedicto XVI. La segunda... una garantía.

Hay cosas que pueden decidirse mediante voto, pero ¿también el aborto o la eutanasia?Element5 Digital / Unsplash

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Durante la misa Pro Eligendo Romano Pontifice celebrada en 2005, antes de ser elegido Papa, el cardenal Joseph Ratzinger señaló que el relativismo se convierte en una "dictadura" al no reconocer nada como definitivo y dejar como última medida solo el ego y la voluntad propia. Es para todos evidente que la cultura contemporánea niega la existencia de verdades absolutas y pretende imponer la idea de que todo es relativo al yo y sus deseos.

Como consecuencia del rechazo generalizado a la existencia de verdades absolutas, la mayor parte de los parlamentos occidentales se han arrogado de un tiempo a esta parte el derecho de decidir por mayoría si se deben respetar o no derechos fundamentales inherentes a la personalidad humana. Las leyes de aborto y eutanasia, por ejemplo, violan flagrantemente estos derechos.

Por eso, cuando días atrás un medio de prensa informó que en mi país, Uruguay, se estaba por reglamentar la ley de eutanasia, colgué la noticia en Facebook adjuntando el siguiente comentario: “Digna ley de un gobierno y de un parlamento indignos. Digna ley de una 'democracia' indigna”.

A los pocos minutos, alguien me respondió que “ninguna democracia es indigna” porque “si es democracia jamás puede ser indigna”. Y me recordó que “la democracia, desde la polis griega, es el gobierno de las mayorías”, y que “son estas las que definen”.

Concedo que -al menos en teoría- puede haber democracias dignas. Y concedo que hay una enorme cantidad de temas opinables que es lícito decidir por mayoría. Por ejemplo, si el tránsito debe circular por la derecha o por la izquierda; o si se van subir más o menos los impuestos (aspirar a que los bajen sería extremadamente ingenuo).

Ahora bien, la democracia no es un dogma: hay algunas cosas que jamás se podrán decidir por mayoría. Sin embargo, son muchos los parlamentos del mundo que en las últimas décadas han venido aprobando leyes positivas abiertamente contrarias a la ley natural en las que, en muchos casos, se fundan sus constituciones. Son muchos los parlamentos que se han arrogado la potestad de decidir por mayoría sobre derechos que el Estado sólo puede reconocer y proteger, pero jamás aprobar o derogar, porque son inalienables e irrenunciables.

Por eso no dudo al afirmar que dichos parlamentos son indignos: porque una mayoría parlamentaria tiene tanto derecho a decidir sobre la vida y sobre la muerte de seres humanos como derecho tiene a decidir cuándo es de día y cuándo es de noche. Las mayorías no pueden disponer de la vida de seres humanos inocentes. Hacerlo está mal y seguirá estando mal aunque lo aprueben mil parlamentos.

Es interesante comprobar, por otra parte, cómo algunos de los que justifican la legalización del aborto o la eutanasia -porque no les afecta- jamás estarían dispuestos a justificar que una mayoría parlamentaria, democráticamente electa, aprobase leyes que permitan al Estado expropiarles sus bienes. ¿Por qué? Porque eso sí afecta sus intereses. Y es lógico: el derecho a la propiedad privada también es un derecho inherente a la personalidad humana que el Estado no puede derogar. Sin embargo, el derecho a la vida es anterior al derecho a la propiedad: un cadáver no puede ser dueño de nada.

Quizá convenga recordar aquí las palabras del gran Marco Tulio Cicerón

  • “Si los mandatos de los pueblos, los decretos de los imperantes, las sentencias de los jueces fundasen el derecho, de derecho serían el robo, el adulterio, el falso testimonio si en su apoyo tuviesen los votos o aprobación de la multitud. Si en los juicios y mandatos de los ignorantes existe tanta autoridad que los sufragios cambian la naturaleza de las cosas, ¿por qué no decretan que lo malo y pernicioso sea declarado en adelante como bueno y saludable? ¿Y por qué la ley de que lo injusto puede hacer lo justo no podrá hacer del mal un bien? Y es que para distinguir una ley buena de otra mala tenemos una regla solamente: la naturaleza… Hacer depender esta noción de la opinión general y no de la naturaleza es verdadera locura”.

El concepto de ley natural es, por tanto, precristiano. No obstante, desde sus comienzos, el cristianismo lo adoptó como propio, porque es conforme a la razón y compatible con la fe católica. De hecho, Santo Tomás de Aquino afirma en la Suma Teológica que la ley natural es "la participación de la criatura racional en la ley eterna" (I-II, q. 91, a. 2).

En suma, si bien todo hombre puede conocer la ley natural por la razón, respetarla equivale a cumplir la voluntad de Dios. En el caso particular de los católicos, las palabras de San Pedro y los apóstoles “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hech 5, 29) siguen vigentes. Y aplican a todo bautizado: obispos, sacerdotes, religiosos y laicos.

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