Religión en Libertad

Defendamos la cultura de la vida

Con la ayuda de Dios y el poder de la oración caerán los muros del engaño y de la mentira que impulsan el aborto.

Besar la vida que viene es el testimonio más amoroso de su existencia.Jakov Plese / Cathopic

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En las últimas semanas ha sido noticia que el Consejo de Estado, órgano consultivo del Gobierno, ha votado a favor de incluir el aborto como un derecho en la Constitución.

En España, con las sucesivas leyes que se han promulgado, se ha pasado de una despenalización parcial del aborto a considerarlo un derecho de la mujer, y ahora se pretende que sea un derecho reconocido en la Constitución. Se utiliza un lenguaje ambiguo -“interrupción del embarazo”, “derecho a decidir” o “derecho a la salud reproductiva y sexual”- que pretende disfrazar como un bien lo que es un mal objetivo: eliminar de forma deliberada a un ser humano en la fase inicial de su existencia, matarlo dentro del vientre de su madre.

La terrible realidad del aborto es una lacra de nuestra sociedad. La aceptación social del aborto es lo más grave que ha ocurrido en el siglo XX, como señalaba acertadamente el filósofo Julián Marías, incluso se ha llegado a creer que es un progreso y no una regresión a las formas más oscuras de la historia, como la tortura o la esclavitud. Se priva al no nacido del primero de los derechos humanos: el derecho a la vida, base y fundamento de todos los demás.

Ante esta gran tragedia, la Iglesia se ha quedado prácticamente sola defendiendo la sagrada dignidad de la vida humana, que debe ser recibida como un don, y el inalienable derecho a la vida, en medio de una sociedad hedonista y materialista; defendiendo la vida en cualquier fase de su existencia, apoyando y acogiendo a los más vulnerables con múltiples iniciativas y buscando despertar la conciencia personal y social de una sociedad adormecida que no apoya la maternidad y abandona a la mujer en situación de vulnerabilidad, de modo que, ante un embarazo inesperado o complicado, solo le ofrece la salida del aborto.

Los católicos no podemos considerar como un derecho sobre el propio cuerpo la posibilidad de tomar decisiones sobre el niño que crece en el seno de su madre. Esa vida es un fin en sí misma; es una vida genéticamente distinta a la de la madre desde el momento de la concepción y no puede ser considerada un objeto o una parte del cuerpo de la madre.

Tenemos la obligación moral de defender la vida desde su concepción hasta su fin natural; de defender y promover políticas de apoyo a la maternidad, especialmente en los sectores más necesitados de la sociedad; y de acompañar a las mujeres y familias que atraviesan situaciones de dificultad ante un embarazo.

Como nos animaba San Juan Pablo II, defendamos la “cultura de la vida” frente a la “cultura de la muerte” sin desanimarnos ante la enorme desproporción entre los numerosos y potentes medios de quienes trabajan al servicio de la “cultura de la muerte” y los de quienes promueven una “cultura de la vida y del amor”. No cedamos ante la presión de la opinión pública ni de las nuevas leyes; continuemos defendiendo y apoyando, en nuestras parroquias y movimientos, con nuestra presencia en la sociedad y en la política, las iniciativas a favor de la vida. Tenemos que ser la voz de los que no tienen voz, de los que no pueden hablar porque no se les ha permitido nacer, de los que están siendo discriminados, descartados y privados de su derecho fundamental a la vida.

Hemos de perseverar confiando en la ayuda de Dios, para quien nada es imposible. Confiar en el poder de la oración, que puede cambiar los corazones y la mentalidad de la sociedad, para que vaya disminuyendo hasta desaparecer el apoyo al horrendo crimen del aborto. Desde nuestras familias y comunidades hemos de pedir a Dios que nos haga apóstoles valientes de la vida, para que triunfe el Evangelio de la Vida frente a la atrocidad del aborto. Jesús nos enseñó con su ejemplo que la oración y el ayuno son las armas principales y más eficaces contra las fuerzas del mal; así conseguiremos que caigan los muros del engaño y de la mentira, y que triunfe la Vida.

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