Nicea: una encrucijada decisiva y temible
La disputa fue fundamentalmente teológica y definió la importancia de la Tradición y el Magisterio en la interpretación de las Escrituras.
El Concilio de Nicea, en un fresco del Salón Sixtino del Vaticano (c. 1588) obra de Cesare Nebbia et al.
Al contemplar el conflicto arriano del siglo IV, que dio lugar al Concilio de Nicea, nos parece distinguir dos grupos de obispos que entran en una seria confrontación. Pero no se distingue muy bien el motivo exacto de la polémica. Para algunos contemporáneos, como el emperador Constantino, la disputa no era necesaria porque se trataba de asuntos secundarios respecto a los dogmas fundamentales de la fe cristiana. Según esta visión, el conflicto debía achacarse a cuestiones disciplinarias o sociopolíticas. Es decir, se trataría en realidad de una desavenencia que no era fundamentalmente teológica. También ha habido entre algunos historiadores la tendencia a infravalorar el aspecto dogmático de la polémica, buscando causas más terrenales.
A lo largo del pasado año, con ocasión del 1700º aniversario del Concilio de Nicea, se han publicado diversos libros y artículos, se han realizado congresos, debates y conferencias. Entre todos estos acontecimientos destaca, a mi modo de ver, la publicación del libro Nicea 325 de Samuel Fernández. Nos encontramos aquí con una obra excelente, digna de todo elogio. El profesor Fernández ha manejado toda la bibliografía existente, ha estudiado detenidamente todos los documentos referidos a este concilio, pero eso no es lo más importante de la obra. Lo verdaderamente admirable es que ha conseguido organizar todos esos datos en un discurso esclarecedor, iluminador. Hasta donde alcanzan mis conocimientos, no había visto sobre este tema nada semejante.
Samuel Fernández (Santiago de Chile, 1963) es profesor titular de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile.
Ya conocíamos el trabajo ejemplar realizado por Samuel Fernández, sobre todo por la publicación de la edición crítica, con traducción del tratado Sobre los principios, de Orígenes de Alejandría. Un esfuerzo hercúleo para dar a conocer el pensamiento de uno de los más importantes Padres de la Iglesia; sobre todo para reconstruir el texto griego, en la medida de lo posible. Ahora nos sorprende de nuevo con un estudio que abre caminos para la correcta interpretación de un conflicto decisivo y temible en la historia de la Iglesia. Por momentos la narración se convierte en un verdadero thriller, donde la intriga, el suspense y también el pánico atrapan al lector y le sumergen en una historia inquietante. En definitiva, un ejemplo brillantísimo de lo que debe ser una investigación histórica.
El autor estudia los documentos contemporáneos, los testimonios y las narraciones de los historiadores eclesiásticos con un detenimiento y agudeza asombrosos. Sus esfuerzos se concentran para demostrar que la disputa fue fundamentalmente teológica, que en torno a Arrio figuraban varios obispos, que entre esos obispos el más significativo era Eusebio de Cesarea. Todos estos aspectos estaban ya apuntados en otras publicaciones, pero aquí se intentan demostrar de modo más contundente. Y sobre todo, estos datos innumerables y caóticos se relacionan entre sí, se organizan de forma inteligible, se armonizan en un relato coherente y veraz.
La impresión general que nos produce el acontecimiento de Nicea es que las tradicionales disputas entre los filósofos griegos resultan conversaciones de sobremesa o charlas de té comparadas con la acritud y la agudeza filosófica y teológica con la que combatieron los principales protagonistas: Alejandro de Alejandría, Arrio y Eusebio de Cesarea. Esto me lleva a creer que los que afirman la separación tajante entre filosofía y teología desconocen la realidad de una y otra. No hace falta insistir, por otra parte, en que para reconstruir de un modo comprensible este proceso se debe suponer un conocimiento profundo de la lengua griega; aunque también se utilizan textos en latín y en siríaco.
La controversia giraba en torno a la coeternidad del Hijo y el Padre, lo que no era un asunto menor, como suponía el emperador Constantino. De hecho estaba en juego nada menos que la naturaleza trinitaria del Dios cristiano. Además del monoteísmo judío, los obispos debían afrontar el monoteísmo forjado por los filósofos griegos en el platonismo medio y en el neoplatonismo, que hacían inverosímil un principio trinitario del universo. Este era, en mi opinión, el principal obstáculo.
De lo sucedido en Nicea se pueden extraer, pienso yo, algunas importantes conclusiones:
- La lectura y análisis de las Sagradas Escrituras no es suficiente para establecer la interpretación correcta de un texto sagrado. Es decir, se necesita el auxilio de la Tradición y el Magisterio de la Iglesia. Los dos bandos en conflicto se apoyaban en textos de la Escritura. Esto me parece una prueba evidente de la errónea deriva de la Sola Scriptura de Martín Lutero.
- La Filosofía es un auxilio importante de la Teología, pero no puede erigirse en la argumentación esencial. Porque lo esencial es la Palabra de Dios, transmitida en dichos y hechos en la Escritura y en la Tradición de la Iglesia. Por tanto, para hablar sobre Dios es imprescindible saber lo que Dios ha dicho sobre sí mismo, no lo que nuestros argumentos alcancen a concluir. Sin embargo, en Nicea se tuvo muy en cuenta la larga reflexión que habían hecho los filósofos griegos sobre Dios; en parte como un obstáculo y en parte como una ayuda inestimable.